Viajar
a Pie |
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Sólo lo esencial. Todo lo esencial.
El título vendría a responder a la manida pregunta de ¿qué hay que llevar? o ¿qué hay en tu mochila?. Ahora, el problema radica en identificar qué es esencial y qué no lo es.
Parte de la dificultad está en que la esencialidad es un concepto subjetivo, en parte: nadie es quién para decir que esa estampita de la vírgen de los cotobullos o el cromo de Pelé del mundial del 70 no son "esenciales"... físicamente, van a servir para poco pero, si tienen un valor psicológico, el prescindir de ellos puede hacer más mal que bien. A veces, lo físico y lo psicológico se mezclan, particularmente cuando se trata de elementos sensibles, de cuyo buen o mal funcionamiento puede depender nuestra misma vida: ese piolet que pesa 1 kg. pero que llevas usando 10 años y no te ha fallado ni una sola vez...
No me voy a meter con condicionantes psicológicos, son muy respetables y allá cada uno; pero hay mucho que hacer en el aspecto físico. Es muy común encontrar mochilas sobrecargadas de elementos no necesarios o elementos que, si bien pueden parecer correctos, no lo son en un planteamiento global. También hay mochilas que carecen de elementos esenciales. Y, lo que es peor, hay mochilas que padecen ambos problemas ¡a la vez!.
Buena parte de la causa de un sobrepeso en el macuto ha sido brevemente comentada en la introducción, al ser un tema recurrente y central a este espacio web: en el ámbito europeo, en general, la civilización va a estar siempre cerca, incluso en los sitios más remotos, con lo que difícilmente se plantea la necesidad de autonomía prolongada. Esto implica que poca gente se preocupe por reducir el peso que va a llevar porque nunca va a necesitar llevar mucho peso… ¿nunca? No del todo cierto. Más aún, está por ver qué actitudes tomarían muchos montañeros si se dieran cuenta de que el peso que llevan puede reducirse considerablemente.
Dicho con otras palabras, si tienes que transportar 30 kg., te planteas hacer algo al respecto porque, con esa carga, vas a disfrutar poco y padecer mucho (y estamos aquí para disfrutar, aún aceptando cierto nivel de esfuerzo físico y/o psicológico) y, además, tal carga te puede poner en situaciones difíciles de las que, más aún, te va a resultar más difícil salir, a causa de tu limitada movilidad. Ahora bien, si lo que llevas son 10 kg., bah, ni te planteas nada; eso es fácil de llevar. Pero ¿qué tal si, para la misma actividad, en lugar de 10 llevas 5? Te moverás más rápido, más ágil, llegarás más lejos y todo ello con menos esfuerzo. Trabajarás tu cuerpo igual machacándolo menos, tendrás más tiempo y mejor disposición mental para disfrutar de tu entorno y te será más fácil hacer frente a los problemas.
En España (Europa, en general), pocas veces se necesita llevar 30 kg. (ni siquiera los menos cuidadosos a la hora de empaquetar) salvo para actividades técnicas que requieran material específico e imprescindible, no negociable (como escalada o alpinismo) pero, entonces, se suele ver dicha actividad como el fin último y la marcha de aproximación, en la que se transporta la carga, como un mal necesario. Todo cambiaría si esa marcha fuera el fin último o, dicho de otra forma, la actividad en sí misma. No sería aceptable realizarla en condiciones precarias.
En definitiva, hay una cierta falta de necesidad de recortar peso y poca gente se mete a fondo a intentarlo.
Peor aún, hay montañeros que intentan recortar peso (muy loable) pero que, en lugar de hacer un buen análisis de necesidades, tiran por la calle de en medio y se limitan a prescindir de ciertos elementos: habitualmente, material de emergencia que no se suele echar de menos (a veces, ni usar) hasta que surge un problema y entonces… tenemos un problema.
Este tipo de actitudes no son el camino. Hay, no obstante, ingentes posibilidades de reducción de peso sin disminución de prestaciones. Ahí es donde hay que actuar. El criterio primero y fundamental debe ser estar bien preparado para lo que pueda surgir, manejando los datos más fiables posible (como, por ejemplo, previsiones meteorológicas) pero previendo el caso razonablemente peor y asumiendo que, si se produce, tendremos que poder salir con bien. Es decir, la funcionalidad es lo primero. Después, y sólo después, veremos cómo conseguir esta funcionalidad con el mínimo peso posible.