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Pacific Crest Trail, 2006: Washington

 

Sección extra: Manning Park - Harts Pass + Seattle

Día 146 + 1: Manning Park - Hopkins Lake (14.9 m. / 23.8 km.)

Una vez más, miro al cielo. Ahora, más que nunca, necesito buen tiempo. Voy a estar solo y sin el apoyo moral de alguien a quien quejarme en mi retorno a los Estados Unidos pero, además, voy a carecer de ese punto de motivación que te da el buscar el objetivo hacia el que has estado caminando durante más de 4000 kms. Mi motivación, ahora, va a ser bastante más gris y necesitaré tenerlo fácil para llevarlo con dignidad.

Me permito recordar el porqué de todo esto, para aquellos que hayan llegado aquí sin pasar por todo el tocho anterior (ya os voy a dar yo...): si alguna vez hacéis el PCT de Méjico a Canadá, recordad, al solicitar el visado para EE.UU., indicad que os lo den de múltiple entrada. Si os dan, como a mí (ignorante yo, por entonces, de estos detalles), uno para una sola entrada en el país... no podríais acabar en Canadá y luego volver legalmente a USA. Y así estoy yo.

Podría volver a casa desde Vancouver; no tengo aún billete de vuelta, con lo que eso no sería ningún problema. Pero sí tengo amigos que visitar en Seattle y un cierto compromiso emocional con esa ciudad donde siempre soñé con que acabaría mi viaje. Ahora: ¿cómo puedo volver a EE.UU.? En tiempos pasados, podría haber acudido al puesto fronterizo de rigor, explicado mi caso y esperado clemencia pero, hoy día, es bastante poco probable obtenerla, a pesar de que la frontera que necesito cruzar no es una en la que haya una gran tensión. En resumen, veo claro que mi única opción de volver al otro lado es... vía el PCT. Allí no hay puesto fronterizo, eso está en medio del monte y, además, el plan es casi absolutamente seguro, desde el punto de vista burocrático: mientras estoy en Canadá, soy legal; y, una vez en EE.UU., nadie me puede decir que no lo soy, a no ser que alguna autoridad me vea cruzando la invisible línea.

No puedo evitar pensar en lo ridículo de todo esto. Allí, en el monte, ni hay nadie que me vaya a ver ni hay ninguna línea que cruzar. Y a nadie le importa que lo haga. A ver si ahora alguna autoridad va a leerse esto y me va a meter un paquete con efecto retroactivo... bueno, debo decir que no hay ninguna intención delictiva en lo que voy a hacer. Caminaré por las montañas, como he estado haciendo durante meses, y caminaré silencioso y discreto, intentando ser parte del paisaje, como siempre he hecho.

Sigue algo nublado pero esto ya se va pareciendo más a lo que el pronóstico indicaba: las nubes son altas y finas y todo tiene la apariencia plácida que nos ha faltado en las dos últimas semanas.

Smiley se va a quedar todo el día aquí y una noche más, para descansar e ir recibiendo nuevos senderistas que vayan llegando y tener, así, un poco de interacción social. Me parece buen plan. Me acompaña en el desayuno, así como Shooter, que se va a venir conmigo durante parte del día, hasta la misma frontera, para grabar algo allí.

Me despido de Smiley, que ha sido un gran compañero de viaje. Le echaré de menos. Parto con Shooter y, nada más salir, ya empezamos con la agradable serie de encuentros en la tercera fase: uno tras otro, thru-hikers sonrientes recorren sus últimos kilómetros, casi todos ellos del grupo de Stehekin; Cheers y Caché, primero. Comfortably Numb, después. Las conversaciones son más agradables que nunca. Hace mejor tiempo y sólo hay razones para estar feliz.

Compruebo con agrado que los arbustos ya están casi secos y no hace falta repetir el episodio húmedo de ayer. Llegamos al monumento, hola otra vez. Doy la entrevista más sentida de toda mi vida, aunque aún no sé qué responder a esa pregunta recurrente de qué ha cambiado en mí tras el viaje. No sé, Shooter, no sé aún...

Me despido, una vez más, de Shooter, que se vuelve a Manning, y esta está destinada a ser nuestra última despedida. Ha sido un placer.

Se me ha hecho muy tarde y veo difícil llegar a donde pensaba hacerlo hoy pero no tengo ni fuerzas ni, sobre todo, ánimo para enchufarme y poner una buena marcha. Me siento muy raro, no es una sensación agradable y me limito a caminar. Hoy, eso sí, puedo disfrutar de los paisajes, está despejado. Quedan nubes pero son altas y no llueve. Los panoramas aún son limitados pero ahora me recuerdan más a los de 2004. Veo las laderas.

Mira, mira... se ve el cielo, y todo...

Cruzo Castle Pass, hoy está ya todo mucho más seco. Sigo subiendo y, cerca ya del lago Hopkins, veo senderistas que bajan: Adam Listo y Flow Easy; Puff Puff y Snappy vienen un poco más atrás. Otro encuentro nostálgico que sirve de despedida. Estos, concretamente, son gente a la que, en mayor o menor medida, me he ido cruzando a lo largo de prácticamente todo el viaje.

Llego al lago demasiado pronto como para quedarme aquí pero demasiado tarde, me temo, como para seguir adelante; mucha cresta y ladera sin lugares planos para acampar y decido parar por hoy. No deja de ser un lugar precioso y uno en el que también me apetece pasar la noche. La tarde-noche, en este caso.

Bajo al lago y me encuentro un panorama radicalmente diferente del de aquí mismo hace tan sólo dos días: ya no queda nieve, ni alrededor del agua ni en las laderas que cierran el circo y el ambiente está bastante seco, a la espera de que baje la temperatura y la humedad se empiece a condensar.

Hopkins Lake, qué diferente de hace dos días...

Rememoro, una vez más, uno de aquellos bonitos campamentos de 2004, aunque esta vez me voy unos metros más allá, buscando un lugar ventilado, a ver si enjuago la inevitable condensación. Se me ocurre que, dado que es pronto, puedo hacer algo a lo que casi nunca dedico tiempo: hacer un fuego. En las circunstancias actuales, además, tiene todo el sentido del mundo, con el frío que hace, y más que va a hacer. Los fuegos de campamento han estado prohibidos durante unas semanas, debido al calor y sequedad reinantes y los problemas que ya había con grandes incendios en marcha pero la prohibición ya ha sido levantada. No me cabe duda que la presencia de los cazadores ha tenido algo que ver en que las autoridades se hayan puesto las pilas.

Nunca se me ha dado bien encender fuegos pero, con lo mojado que está todo, no es fácil. Puede parecer una tontería pero me estoy un buen rato, fracaso tras fracaso, aplicando todo lo que sé sin mucho éxito, y acabo usando el hornillo. Y ni así... pero, al final, cuando ya desesperaba, consigo por fin una agradable hoguera y ya me siento explorador aguerrido y tengo mi agradable fuego de campamento para acompañar y ambientar una de mis últimas noches en el PCT. Muy contento yo, con mi hoguera.

 

Día 146 + 2: Hopkins Lake - Harts Pass (23.7 m. / 38 km.)

Hoy sí, ya, por fin, parece que va a hacer bueno. Hace frío, lo ha hecho toda la noche, pero ahora está despejado y va a salir el sol. Me marcharé del PCT con el gorro puesto.

No puedo estar más contento por esto porque, como decía durante el viaje al norte, lo que viene ahora es uno de los tramos más espectaculares de todo el viaje y hoy sí voy a poder disfrutarlo en toda su dimensión. Así, arranco y comienzo la subida a la cresta. Apenas queda nieve, qué diferente del infierno en que esto se convirtió mientras caminábamos hacia Canadá. Ahora, luce el sol, el día se va caldeando y no hay viento. Ha vuelto el verano.

Llego arriba del todo y, hoy como ayer, el panorama me vuelve a tumbar de espaldas: las eternas cordilleras de grandes picos hacia el oeste y el monte Baker, el gigante de las Cascades del norte, inconfundible, al fondo.

A esto me refería todo el rato

Mientras me subo a un montículo, cámaras en mano, para captar todo esto, aparece un grupo que no conocía: Monkey, Bearded Monkey, Thor, The Weapon y Bee Sting. Qué de nombres nuevos. Los Monkey tienen una historia muy graciosa: son una pareja, ella era Monkey, por la razón que fuera, y como él no tenía alias y llevaba barba... pues se quedó con Mono Barbudo. Thor es un tío muy salado y The Weapon resulta ser esa Laura de Oregón a cuyo padre me encontré en el supermercado en Sisters. Él se lo había contado y ella se acuerda. Qué pequeño es el PCT.

Con este encuentro, inauguro mi nueva faceta: reportero más dicharachero del PCT. Aprovecho que tengo ya directamente en la mano la cámara de Shooter para sugerir al grupo una "entrevista" a pie de sendero, en ese momento tan especial en el que la llegada a Canadá es inminente, y se entregan a la tarea con entusiasmo. ¡Cómo mola esto! Yo les hago preguntas y me contestan con una profesionalidad y unas tablas que parece que han estado haciendo esto toda la vida, cada uno con su gracia particular. Me voy animando y les hago preguntas con más miga... Shooter, tío, tienes que meter algo de esto en tu documental, a pesar del acentazo del narrador.

Debo decir que, aunque ya me he despedido definitivamente de Shooter, me ha pedido que me quede la cámara porque quiere que filme escenas del "después de", especialmente cuando vaya al aeropuerto a coger el avión... estos creativos... se la mandaré por correo cuando ya haya terminado del todo.

Me despido también de estos cinco, a los que deseo un buen descenso, y continúo con el espectacular paseo por la cresta de las Cascades.

Mis primeros entrevistados

Parece mentira que este sea el mismo sendero por el que me arrastraba hace sólo tres días; hoy, luce el sol, las vistas son espléndidas, no hay nieve, todo está seco y la experiencia senderista se encuentra elevada a su mayor potencia posible: un sendero en lo alto de las montañas más bonitas del mundo (permítaseme la licencia; es la emoción del momento) cuando todo sonríe. No quiero olvidar el encanto épico (y, en su medida, estético también) de lo de tres días atrás pero, si puedo elegir, así, como ahora, mola más.

Abandono las vistas infinitas al oeste al atravesar Woody Pass y cambiar de vertiente. Nada más iniciado el descenso tras el paso, me cruzo con un thru-hiker: se trata de B1, un senderista veterano que, según me cuenta, caminaba con su hijo pero éste tuvo que abandonar. Continúa el solo y, como a todos los que me encuentro a estas alturas, ya no le queda nada. Un rato despés, tras haberme despedido de él, pienso en que al hombre este me parecía conocerle hasta que caigo en la cuenta: me le encontré, junto a su hijo, en el día ¡dos! de mi viaje, en la subida a los montes Laguna, nada menos. Qué gracia... nunca les volví a ver y me encuentro al padre aquí, a pocos kms. de Canadá. Qué pequeño es el PCT.

Lamento no haberme acordado de él cuando le tenía delante pero no voy a volver para decírselo. Además, me ha dado algunas buenas noticias, relacionadas con la siguiente tanda de thru-hikers que me voy a encontrar. Aprovechando mi ventajosa posición, en lo alto de los zigzags que bajan de Woody Pass, veo lo que viene por debajo:

- I see hiker trash!!!

El que levanta la vista para ver quién es el que saluda así es nada menos que mi querido compañero Sugar Daddy. Sabía que esta gente iba a estar cerca y eran algunos a los que esperaba tener ocasión de decir adiós. Cómo mola, esto de ir para atrás...

Suggar Daddy se alegra mucho de verme, como yo a él. Poco después, llegan Pang, Swiss Miss y Mike. Me alegro mucho de verles a todos, pero sobre todo a Mike, a quien considero, a nivel personal, como uno de los grandes hayazgos de este viaje. Está la gente que te cae bien y luego está la gente con la que conectas y, para mí, Mike es de estos, y creo que es mutuo.

Nos pasamos un buen rato compartiendo historias con final feliz. Mike se ha unido a los otros tres y están viajando juntos desde Cascade Locks. Se han atrevido a tomar el trazado oficial del PCT (ahora cerrado) alrededor de Glacier Peak, con sus puentes desaparecidos y sus laderas desprendidas. Cuentan que no era para tanto pero a mí me sigue pareciendo una pequeña hazaña; no ya hacerlo sino atreverse.

Recordando mi nuevo "talento" recién descubierto, echo mano de la cámara de vídeo y les propongo ser estrellas de las pelis por unos minutos, tarea a la que no me falla ni uno, a cual más inspirado, cuando les pregunto por sus impresiones sobre el viaje, ahora que están a punto de llegar. Como, además, a estos les conozco bien, les puedo preguntar cosas más personales. Por ejemplo (es que esta me gustó...):

- Mike, ¿alguna historia que te gustaría contar?

y Mike, sin dudarlo:

- puedo contar una historia sobre ti...
- ¿??? adelante, quiero oír eso...

Y Mike empieza con la ocasión en la que él y Naomi recogieron mis restos en la carretera de Santiam Pass, en Oregón, mientras yo pasaba mi calvario personal en el asfalto a causa de los incendios aquellos que cerraron el PCT. Y cuenta cómo, conscientes de que yo no iba a aceptar transporte (el purismo y esas cosas...) me trajeron cosas ricas para comer y beber, y de eso sí que acepte, claro... ni Don Camilo, vamos. Bueno, así me gusta, Mike, dándome protagonismo. Ya decía yo que me caías bien. Shooter, tienes que incluír algo de esto en el documental. Como lo borres todo, me voy a enfadar. Esto es PCT Reality Show en su mejor expresión.

La despedida de todos estos es la más emotiva de todas, hasta la fecha. Han sido mis compañeros de viaje estables durante periodos extendidos y, en cierto modo, les considero partícipes de todo mi viaje. Siempre hemos estado cerca y nunca hemos perdido el contacto, encontrándonos regularmente, bien en el propio sendero o en las paradas técnicas. A estos, más que a ningunos otros, les echaré de menos, hasta el punto de que, ahora que ya me les he encontrado, mi vuelta atrás empieza a perder parte de su sentido.

Cuesta pero me tengo que despedir definitivamente de todos. A Mike, al menos, espero verle en Seattle dentro de unos días. Él vive allí.

Sigo adelante; subo a Rock Pass y vuelvo al tramo ese de cresta plana tan bonito, especialmente ahora, con los colores otoñales. Es curioso cómo se manifiestan aquí: salvo los escasos tamarack, el resto de árboles no amarillean pero los arbustos y las hierbas sí lo hacen, pero no con el aspecto dorado-seco de los campos de trigo de Castilla, es otro tipo de amarillo/rojo/pardo. No sé muy bien cómo describirlo con palabras pero el ambiente es otoñal y muy bonito. Sobre todo, ahora que hace bueno.

Enfrente, Rock Pass; en la ladera, algunos tamarack

Desciendo a Holman Pass para volver a subir a las alturas. Si después de dos años, me acordaba del recorrido, os podéis imaginar que, ahora, después de tres días, me lo sé de memoria ya. Y no olvido los flancos de Tamarack Peak, allí donde se encuentra una buena concentración de los árboles del mismo nombre, a los que bastantes elogios he dedicado ya en párrafos precedentes como para repetir. Baste decir que el tiempo despejado les hace lucir más espléndidos, si cabe, desde la distancia (desde la que eran escasamente visibles durante el mal tiempo), enmarcados por la escena. La foto buena, sin embargo, me ha salido en primer plano:

Preciosos tamarack

La tarde va avanzando y, a las alturas a las que estoy, en la cresta de Tamarack Peak, hace frío pero lo siguiente es bajar a Windy Pass. Allí, me encuentro la ya famosa señal del cierre del sendero, ahora ya tumbada por el suelo hasta que alguien venga a recogerla.

Con las luces del atardecer, salgo de Pasayten Wilderness y me acerco a Harts Pass, que era mi objetivo para hoy y al que voy a llegar sin problemas, aunque un poco tarde. Mantengo aún la posibilidad de continuar caminando mañana y continuar en el PCT hasta Rainy Pass pero, sinceramente, creo que lo que me queda hoy va a ser el final de mi camino. Pienso en ello como un final y ni siquiera me da pena. Eso, probablemente, quiere decir que ya basta; que he tenido suficiente. No es que no quisiera seguir sino que, psicológicamente, tu mente se prepara para cumplir un cierto objetivo y, una vez conseguido, la motivación, de alguna forma, se desvanece. Y eso que me lo estoy pasando muy bien en estos dos días: hace bueno otra vez y está siendo muy divertido encontrarme con tanta gente... pero ya no es lo mismo. Es difícil de explicar pero esto ya no me motiva igual y creo que lo voy a dejar en Harts Pass. Además, tengo ganas de llegar a Seattle y volver a ver a mis amigos allí.

Así, pensando en estas cosas, me cruzo con otro thru-hiker más: resulta ser Karma, a quien no conocía, y bien que lo lamento tras la breve conversación; es una de estas personas que me cae bien instantáneamente. Cuando le cuento lo de mi razón para estar desandando camino, sugiere que lo que estoy haciendo es un mini-yo-yo...

Valga comentar que, en el argot PCT, hacer un yo-yo es el nombre que se le da a lo que hizo Scott Williamson en 2004 y que está repitiendo este año: recorrer el sendero de ida y vuelta, todo seguido, en una sola temporada. En varias ocasiones, ya, he bromeado, al contar mi situación con la re-entrada en el país, que había decidido caminar de vuelta a Méjico y que estaba siguiendo a Scott... pero no había pensado en llamarlo mini-yo-yo... ¡me gusta! A partir de ahora, cada vez que hable de esto, hablaré de mi mini-yo-yo.

Karma, además, me da una gran noticia: detrás vienen Jackalope y Eagle Eye, otros de los que me voy a alegrar mucho de volver a ver. Y con razón. Siempre me cayeron muy bien, especialmente Jackalope, que es super-cariñosa y me dice que se alegra mucho de habernos encontrado porque quería darme un abrazo de despedida. Qué bien, así me gusta a mí, que me traten con cariño. Abrazo dado y recibido.

Hoy, especialmente hoy, me hubiera gustado mucho compartir campamento con alguien más y hasta pienso en caminar con estos tres (para atrás, en mi caso), dado que ya queda poco día pero, al final, sigo adelante. La verdad es que creo que tendría que haberles acompañado, hubiera sido agradable pero, en ese momento, dejé que la cabeza mandara y continué el corto trozo que me quedaba hasta Harts Pass.

La zona de acampada aparece tan desierta como la vimos hace ya cuatro días aunque, más tarde, vi que había algún grupo más (pero no de thru-hikers, desafortunadamente). Toco en la puerta de Beth para decir hola y ver si sigue en pie su oferta de transporte. Me recibe tan jovial como siempre y me dice que, por supuesto, si quiero, mañana por la mañana me lleva a la civilización. A estas alturas, ya he decidido que acabo de dar mis últimos pasos en el PCT por esta vez y me siento bien. Casi me extraña no sentirme triste. Insisto en lo que decía antes: esto suele ser señal de que ha llegado la hora de darlo por bueno.

Hoy no necesito refugiarme en la cabaña y, además, tiene un cierto valor simbólico plantar mi tarp por última vez.

Mi último campamento en el PCT

 

Día 146 + 3: Harts Pass - Seattle (0 m. / 0 km.)

Ya he acabado. ¿Qué hago, entonces, escribiendo aún más? Pues porque mi viaje, conceptualmente, acaba en Seattle y porque, además, lo que pasó hasta llegar allí tiene su punto y me apetece contarlo. Es parte de la magia del PCT.

Me levanto en otra mañana fría y despejada. Aún estoy a tiempo de continuar caminando pero la decisión está tomada. La pista que sube a Harts Pass es muy larga: casi 30 kms. hasta que llega al valle, se convierte en asfalto y enlaza con la carretera de Rainy Pass. Insisto a Beth si de verdad no le importa llevarme pero su respuesta y su forma de responder me dejan claro que no le importa. Para ella, que se ha pasado aquí varios meses, las visitas que hace de cuando en cuando a la civilización son su forma de coger "vacaciones" y se toma este viaje como tal.

Beth es muy simpática y tengo tiempo de que me cuente muchas cosas interesantes sobre la zona, su trabajo aquí... tras los 30 kms. de curvas y precipicios, llegamos a Mazama Village, un minúsculo pueblito donde se accede a la que llaman la carretera de las Cascades Septentrionales, que cruza las montañas en Rainy Pass. Esta carretera es la única de la zona que comunica ambas vertientes pero sólo está abierta en los meses de verano; aproximadamente, la mitad del año, o poco más. El resto del tiempo, está bloqueada por la nieve. Nieva mucho en las Cascades Septentrionales.

Aquí, estamos en la vertiente este; yo necesito ir al otro lado, vía Rainy Pass. Beth para en la tiendita de Mazama para comprar algún capricho y yo me sumo a la fiesta, con ese primer café que siempre es el que mejor sabe. Asumo que, a partir de aquí, tendré que hacer auto-stop hasta Seattle pero Beth me dice que me sube hasta Rainy Pass. No necesita ir allí pero lo justifica con tomar no sé qué foto desde no sé qué sitio que le gusta y ya tiene identificado... en fin, sé que lo hace por llevarme allí, lo que agradezco.

De vuelta a Rainy Pass; ya me siento como en casa. Me despido de Beth, que me regala un pin del PCT. Ya tengo identificación para que, durante los próximos días, el mundo sepa con quien se está cruzando.

Gracias, Beth

Compruebo la zona de aparcamiento, por si acaso Papa Bear sigue allí, aunque no lo espero... ha pasado ya una semana desde que nos encontramos aquí. Efectivamente, ya no está. Vuelvo a la carretera y saco mi exclusiva bandana PCT 2006 con su leyenda "hiker to trail / hiker to town" expuesta del lado de "... to town", por supuesto. Mucho más significativo que extender el pulgar.

Cuando llevo sólo unos minutos, emerge de la rama sur del sendero nada más y nada menos que el personaje más curioso y único de toda la quinta de 2006 (y eso que estoy hablando de thru-hikers, que no suelen ser gente muy normal...): Herman.

Ya he hablado de Herman en alguna otra ocasión; es belga, aunque eso no signifique nada especial. Personajes como este no se fabrican en ningún sitio concreto. Herman es el autor de impagables frases como aquella "tengo que respirar, de todas formas..." cuando razonaba el porqué de usar para dormir un colchón de aire que infla a pulmón cada noche. En fin, es sólo un ejemplo. Herman es el prototipo de personaje afable, excéntrico y pragmático a la vez. Crea reacciones diversas en la gente que le conoce pero a mí siempre me ha caído bien. Me río mucho con él y esta vez no va a ser menos.

Está encantado de verme. Casi me da las gracias por estar ahí. Me cuenta que lleva unos días caminando solo y que temía llegar a Canadá sin haberse encontrado con nadie más y que, especialmente, echaba de menos volver a ver a toda la gente con la que había compartido partes del viaje. Pues mira, ahí no da ninguna nota discordante... le entiendo porque yo sentía lo mismo, es comprensible. Lo que pasa es que Herman es de una vehemencia de lo menos ortodoxa y, como de costumbre, me parece de lo más divertido y entrañable.

Lo mejor viene cuando me acuerdo de la cámara... Herman, ¿te gustaría decir algo para Shooter, el documental, blah, blah...? No me cabía duda que la espontaneidad y gracia natural de Herman me iban a ofrecer los mejores minutos de metraje. Shooter, de nuevo... debes aprovechar esto. Quiero ver a Herman en ese corte final.

No necesito casi ni intervenir; Herman es de lo más locuaz, hasta en inglés. Con una pregunta inicial general, ya casi no tuve que hablar más, Herman cogió carrerilla y soltó un auténtico discurso de 20 minutos en el que repasó la experiencia de recorrer el PCT mejor que si se lo hubiera ensayado. Un auténtico monstruo, Herman. Me cae bien, siempre me ha caído bien.

A todo esto, ocupado con mi labor fílmica, he dejado el auto-stop... pero no importa. Mientras hablábamos, un coche toma el desvío hacia la zona de aparcamiento y, al rato, vuelve a salir. En esta ocasión, se baja una señora que nos pregunta si somos thru-hikers y si necesitamos que nos lleve a algún lado... pues este de aquí, no pero yo... ¡sí!

Resulta ser Caroline y, según dice, fue una de las primeras mujeres en recorrer el PCT completo, allá por los años 70, nada menos... así que no hace falta explicarle nada de por qué necesito ir a donde sea.

Desde aquí, la carretera baja hacia los valles de la vertiente occidental para, finalmente, llegar casi hasta la costa y desembocar en la autovía que une Seattle con Vancouver. Esto está realmente lejos de mi destino y cuento con tener que hacer auto-stop varias veces y con necesitar el día entero, muy probablemente, para llegar a Seattle... pues no. Caroline va hasta allí. Y, por supuesto, me lleva. "Tengo que hacer un recado por el camino, no te importa..." Qué me va a importar, compañera.

A veces, las cosas, simplemente, salen bien. Me despido de Herman y monto en el coche que me lleva al final de mi viaje.

Caroline es una persona con muchas historias que contar. Tras toda una vida en Seattle, ha decidido dejar la gran ciudad y trasladarse a un pueblo al norte de las Cascades y ahora, justamente, está visitando Seattle para resolver asuntos sobre la casa que aún tiene allí y que intenta vender. Me cuenta que se pasó por el aparcamiento en Rainy Pass para dejar algún regalito para los thru-hikers que pasaran; vamos, que es de la casa.

Intuía que llegar a Seattle podía ser complicado pero nunca me preocupé por ello... ya se resolvería, llegado el momento. El caso es que, de verdad, merece la pena no preocuparse por las cosas antes de tiempo porque, luego, tantas veces, van y se resuelven solas, como es el caso esta vez. Caroline me lleva hasta su casa, desde donde llamo a Loren y Becky para ver cómo puedo llegar hasta donde ellos viven desde aquí: "Loren, me dicen que estoy en blah, blah..." "Pues podrías venirte en bus pero... no merece la pena, voy a buscarte"

Ya digo; las cosas, que se resuelven solas.

El resto del día es, de forma efectiva, la historia del auténtico final de mi viaje y el reencuentro con dos viejos conocidos a los que, a pesar de lo breve de nuestra relación, creo que puedo llamar amigos: a Loren y Becky les conocimos en el propio PCT, hace dos años, y tuvimos la ocasión de compartir su casa de Seattle cuando acabamos aquel viaje. Mantuvimos contacto desde entonces y esta es la primera vez que nos reencontramos físicamente. Ellos han sido quienes han velado por mi bienestar durante el viaje desde este lado del mundo y quienes han ido recibiendo mis envíos de material sobrante. Ahora, pasaré unos días en su compañía, antes de volver a casa, que van a ser de lo más especial.

 

Día 146 + 4, 5, 6 & 7: Seattle (0 m. / 0 km.)

Seattle es un lugar muy especial. Una ciudad muy bonita y atractiva, en un emplazamiento físico idílico y con mucha vida cultural. Mis visitas anteriores habían sido necesariamente cortas, así que me hacía mucha ilusión, también, pasarme aquí unos días tranquilos, a fondo perdido y sin agenda. Fue una manera ideal de "volver" a la civilización, amortiguando el inevitable golpe.

Loren y Becky son senderistas y montañeros, también, y entienden perfectamente lo que acabo de hacer y cómo me siento y estar con ellos me ayudó mucho a reintegrarme en el mundo urbano.

Recuerdo con cierta nostalgia esas vistas de las montañas, este y oeste: desde Seattle, puedes ver las Cascades, a un lado, y las montañas Olympic, al otro, rivalizando ambas en espectacularidad. Y, desde según qué sitio, también Rainier, que está algo más lejos pero es tan grande que se ve desde mucha distancia. Precioso viaje de autobús entre el centro de la ciudad y la casa de mis anfitriones, en North Seattle, a lo largo de una colina desde la que podía ver ambas Cascades y Olympics. Y, por si fuera poco, el mar. Seattle lo tiene todo, igual que Vancouver, un poco más al norte. Mis dos ciudades favoritas, de largo.

Mi "turismo" fue bastante poco ortodoxo pero algo hubo:

Los Amigos Emplumados y la mejor tienda de "juguetes"

A Feathered Friends fui más que nada a visitar pero en Seattle Fabrics me di unos cuantos caprichos; me sentía cual niño en tienda de caramelos.

Uno de los mejores bálsamos contra la angustia post-pct es juntarte con otros thru-hikers y contar batallitas. Es una de las cosas que temo: de vuelta a casa, ¡no voy a tener esa posibilidad! pero sí en Seattle: reencontrar a Mike y Naomi fue una de las mejores cosas que podía esperar. Fue muy gracioso ver a Mike vestido de "normal", con vaqueros y eso, mientras yo seguía con mi ropa de siempre (la única que tenía) aunque, eso sí, más limpia...

Mike y Naomi, ya lo he dicho muchas veces, han sido las dos personas más relevantes que me ha dejado este viaje y estar con ellos fue un broche ideal. Además, con el valor añadido de poder ver la ciudad de la mano de gente local, que siempre te ayuda a llegar donde no hubieras llegado tú solo... aunque el bar que más me motivó para sacar una foto fue un clásico del lugar:

We cheat tourists-n-drunks since 1929

Como yo iba con locales, a mí no pudieron timarme.

Supongo que ahora debería escribir un gran epílogo pero siento que no tengo nada más que decir. Quizá, comentar que escribir todo esto ha sido todo un gran viaje en sí mismo, con sus momentos, como todo viaje: buenos, malos y cualquier cosa en medio. Espero que haya merecido la pena.

Sólo me permito añadir (quizá repetir) que este viaje ha significado la primera vez que he osado salirme de verdad de los caminos marcados y que, con el tiempo, tengo la conciencia de que ha sido lo mejor que he hecho en mi vida. Espero recordar esto.