Viajar
a Pie |
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Pacific Crest Trail, 2006: Washington
Sección 26: Stehekin - Manning Park |
Día 143: (Stehekin ->) High Bridge - Rainy Pass (19.7 m. / 31.7 km.)
En 2004, esta sección nos costó 9 días; pongamos que 8 y medio. Fue la primera y mágica etapa de lo que acabó siendo un cierto viaje iniciático: el de los espacios remotos... pero remotos de verdad. Bien es verdad que, al ritmo del thru-hiker, todo parece menos lejano y, en cierto modo, sé que voy a echar de menos (ya la he echado) esa sensación de estar a varios días de distancia de cualquier cosa humana. Aún así, Pasayten Wilderness destaca como la que es, probablemente, la zona más silvestre de todo el viaje.
Los paisajes siguen teniendo el toque alpino, siquiera un poco menos que en las dos secciones anteriores, pero lo más remarcable es la inmensidad inhabitada en todo el horizonte visible. Este tramo de las Cascades septentrionales cuenta con una extensión enorme de grandes montañas, no sólo al norte y sur: también este y oeste, y nadie vive ahí. Esa sensación de estar en un lugar así fue de lo mejor que he sentido en mi vida y lo recuerdo vivamente. Y aguardo con expectación el momento de volver a Pasayten Wilderness, con su interminable serie de picos y valles, roca y bosque, allá donde antes hubo glaciares.
Para terminar de rematar la perfección de la situación, los Rangers nos informan que, efectivamente, el mal tiempo continuado ha acabado con los incendios en Pasayten. Aún no se ha producido la reapertura oficial del tramo cerrado pero todo indica que, para cuando lleguemos allí, en un par de días o tres, no habrá problema. Ante este tipo de noticias, uno da por bueno todo el frío pasado.
El tiempo, por cierto, parece un poco más estable hoy pero el pronóstico sigue sin ser muy bueno. Este sería un buen momento para hablar con los elementos y decirles que basta ya, que ya es suficiente... que ya puede volver el sol... pero los elementos no parecen estar por la labor. Las previsiones siempre suenan bucólicas cuando las lees en un papel pero nada como haber pasado por unos días muy duros para ser capaz de traducir a la cruda realidad eso que leo de nubes, lluvia y temperaturas bajas.
El desayuno de hoy viene a ser un remedo low-fi de la cena de ayer: nos vuelven a decir lo de que primero los bomberos y luego nos dan lo que sobre, sólo que, esta vez, ni siquiera han abierto el restaurante: el desayuno es en el porche y, aunque hoy no llueve, por la mañana temprano hace un frío de pelotas. Nada grave con una taza de café caliente en la mano pero no tan gracioso cuando sólo esperas a que todos acaben su taza de café caliente para ver si te puedes poner tú una...
Aún quedan muchos bomberos y personal relacionado; yo diría que entre 20 y 30, para los que han traído cantidades industriales de café, té, biscuit & gravy, etc. Hay un ambientazo en el porche de madera. De todos los thru-hikers congregados aquí, sólo Smiley y yo vamos a salir en el primer autobús de la mañana, así que los demás se lo toman con más calma. Yo estoy acechante y, cuando ya calculo que la gente está en sus últimas rondas, vuelvo a preguntar... "¿ya puedo...?"
Por supuesto, hay más que de sobra para que Smiley, yo y algún otro thru-hiker legañoso que se va sumando nos pongamos las botas, como está mandado y escrito en las tablas de la ley senderista. El desayuno es, por tanto, al aire libre, de pie y austero pero sabe tan rico como siempre, o más. Nuevamente, los thru-hikers somos la atracción local aunque, esta vez, nuestro público tiene un matiz diferente: los bomberos son gente muy aguerrida pero, aún así, les llama la atención eso de hablar con alguien que viene caminando desde Méjico. Dicho así y desde aquí, casi suena a broma pero... aquí estamos.
Huelga decir que, aunque tarde, no nos falta de nada y esos biscuits & gravy me parecen los mejores que he comido nunca. Y no nos cobran nada.

Desayuno en el porche. No sé cómo hice la foto sin que saliera nadie...
Alton llega más o menos puntual con el armatoste amarillo-cantoso pero no tenemos prisa, él tampoco. Tenemos tiempo de decir adiós a todos los que se han ido levantando y, por supuesto, un cálido hasta luego a Stehekin. Ahora, y desde 9 zonas horarias de distancia, sé que algún día volveré a sentarme en ese porche con una cerveza a ver llegar los barquitos.
Salimos, por fin, Smiley y yo valle arriba, de vuelta a High Bridge, no sin antes hacer parada técnica en el Rancho, al que también podemos decir hasta pronto y, antes de eso, en la panadería: ¡hoy es martes! y, se supone, hoy abre... la visita a la panadería en el viaje de vuelta es casi una peregrinación obligada, aunque acabes de desayunar y no tengas hambre...
Y, efectivamente, está abierta pero aún no tienen nada hecho. Bueno, da igual; por lo menos, tenemos ocasión de visitar el sitio. Cuando eres thru-hiker, la panadería es tu catedral. Especialmente, la de Stehekin.
El personal siente no poder vendernos nada pero, para "compensar", nos regalan unas biscuits y café. Y digo "biscuits" y no "galletas" porque estas no son galletas, en genérico, sino las biscuits del biscuits & gravy, que son más bien como un bollo denso. Creo que son las mismas que hemos comido en el embarcadero; las han debido hacer aquí para los bomberos. Están buenísimas.
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La panadería, el "rara avis" más "rara" de Stehekin
En High Bridge, y a pesar de la temprana hora, tenemos un agradable encuentro: ¡un buen montón de senderistas! y casi todos caras conocidas. Me alegro especialmente de volver a ver a Adam Listo, Jackalope, Eagle Eye... hubiera sido muy agradable compartir estancia en Stehekin con todos estos pero no me puedo quejar y mi rumbo ya va para el otro lado. Hasta la vista. Estaremos cerca.
Comienzo a caminar con Smiley. Es un chaval muy majo, me cae bien pero siempre le he tenido por un personaje un tanto reservado y no sé hasta qué punto le apetecerá caminar con alguien más... la situación me recuerda mucho a aquella de salida de Etna, cuando caminé junto a Mike durante unos días y, como entonces, la cosa sale sola. Es una interesante escuela de relaciones humanas, esto del PCT...
Debo decir que, habida cuenta de lo poco que queda y, sobre todo, de lo malo que hace (y peor que va a hacer), me siento arropado teniendo a alguien al lado. Yo prefiero, por lo general, caminar solo, aunque aprecio una compañía agradable de forma más o menos ocasional pero he visto orejas al lobo demasiado largas estos días atrás y me siento un poco acobardado. Me alegraría tener alguien con quien caminar en esta sección pero, obviamente, las cosas tienen que salir solas.
Smiley me gusta; no es muy hablador pero parece que siempre tiene algo interesante que contar y una forma muy amena de contarlo. Tiene un cierto aura de anti-héroe y eso me gusta también... no me suelen caer bien las estrellonas. Por lo demás, su filosofía del viaje y forma de caminar es muy similar a la mía, como ya he ido viendo a lo largo de las últimas semanas, según me le he ido encontrando.
El día de hoy es un prolongado, casi eterno, ascenso a lo largo de la parte alta del río Stehekin, primero; y de su afluente Bridge Creek, después. Pasamos junto a alguno de los enormes cedros que crecen aquí. Donde el valle se amplía, el PCT reencuentra la pista, ahora inaccesible, en una preciosa zona con un puesto de Rangers y un campamento ahora desiertos. Desde aquí, hacia el oeste, Cascade Pass da acceso a la vertiene oeste de las montañas. El PCT, en cambio, sigue por el lado este, girando a la derecha y siguiendo el curso del valle de Bridge Creek que, en unas cuantas horas, nos llevará hasta Rainy Pass, el lugar donde el PCT cruza su última carretera.

Smiley sujeta el cedro más grande del valle de Stehekin
Cuando me encontré con Papa Bear, cerca de Snoqualmie Pass, me anunció, como ha ido haciendo a todos los que pasaron por su chiringuito improvisado, que estaría unos días en Rainy Pass con más cosas ricas para compartir. Tenemos claro que hoy llegaremos allí; lo que no sabemos es a qué hora y si tendremos tiempo y ganas de continuar pero, en cualquier caso, esperamos encontrar a Papa Bear allí. No ya por las cosas de comer y beber (si acabamos de salir y estamos todavía empachados...) sino por la compañía.
Subimos poco a poco por el largo valle, metidos en el bosque y con ocasionales vistas de los picos circundantes, en pleno corazón de las Cascades. Smiley me cuenta muchas cosas interesantes y, entre otras cosas, descubro que el colega es un montañero de los serios: ha escalado, entre otros picos notables (pero no tan conocidos), Denali, la que probablemente es la montaña más fría del planeta, una montaña seria de verdad. Perfecto, pues me voy contigo hasta Canadá. Me siento seguro con Smiley. No sólo es un tipo experimentado y que sabe lo que hace sino que, además, inspira confianza. Y él no lo sabe pero yo sí: nos quedan tramos altos, expuestos, preciosos y... potencialmente horribles en mal tiempo.
Caminamos sin prisa pero poca pausa y sin prácticamente descanso; casi no hace falta ni comer, como suele suceder al salir de la civilización con la joroba bien cargada. Lo mejor del día es el tiempo, ¡hasta vemos el sol unos minutos! y la temperatura es agradable. No dura mucho, lo del sol, pero las nubes se mantienen arriba, en el cielo, densas y oscuras pero parcialmente rotas y sin amenazar lluvia; lo que es mucho, vieniendo de lo que venimos, pero sabemos que no va a durar. De hecho, hacia el final del día, se van haciendo fuertes y empiezan a convertir el cielo en esa temida masa gris uniforme.
Llegamos, por fin, al final del valle y a su confluencia con la divisoria, o casi, porque aún nos queda recorrer un par de kms., paralelos a la carretera, para llegar a Rainy Pass. Cuando pasamos por aquí hace dos años, el tiempo no hacía honor al nombre: hacía sol y calor; hoy, la amenaza de precipitación está cada vez más cerca. Alcanzamos el collado y, justo unos metros antes, la señal de Papa Bear que anuncia que nos espera en el área de aparcamiento. No nos podía fallar.

P.B. es Papa Bear
Papa Bear es un señor de mediana edad, una carácter mezcla de pragmatismo y jovialidad que me hace mucha gracia. Me cae muy bien. Allí está, con su coche aparcado y la tienda montada un poco más allá, entre los árboles. Se pasa unos días aquí, de tranqui, esperando que pasen senderistas con los que compartir un rato y unas viandas. El menú es el habitual: fruta, patatas fritas y guarreridas similares... refrescos, cerveza. En su aparente seriedad, es muy salado y yo me río mucho con él.

Papa Bear y sus regalitos
Técnicamente, nos da tiempo a avanzar un poco más pero yo no tengo muchas ganas y creo que Smiley tampoco porque, cuando lo hablamos, el consenso es inmediato: nos quedamos a pasar la noche aquí. El tiempo se está poniendo cada vez peor y lo que viene ahora es una larga subida hasta Cutthroat Pass, uno de los hitos más prominentes de lo que queda por venir. Ni siquiera recuerdo si había algún sitio plano para acampar en toda la subida y, tal como se está poniendo la cosa, estaremos más protegidos en Rainy Pass. Y, por supuesto, disfrutaremos de la agradable compañía de Papa Bear y de las patatas fritas, que hoy son mi perdición, me como una bolsa entera (recordad: en América, todo es más grande. También las bolsas de patatas fritas).
Día 144: Rainy Pass - Harts Pass (30.5 m. / 49.1 km.)
A la mañana siguiente, el primer y nervioso vistazo es hacia el cielo; sé que está previsto mal tiempo pero nunca sabes cuán malo hasta que lo ves. Hoy es cuando nos metemos de lleno en la parte más aislada de todo el sendero y empezamos con la subida a uno de sus puntos más altos en las últimas semanas, Cutthroat Pass. Recuerdo bien el lugar, pasamos allí una gloriosa noche (más bien, unos gloriosos atardecer y amanecer) en 2004. Es un sitio precioso pero muy expuesto, apenas quedan árboles. Por entonces, pensé (y escribí... por ahí andará...) que Cutthroat Pass es un gran lugar para acampar cuando el tiempo es bueno, como nos pasó entonces. Hoy, temo por la lluvia, mezclada con el viento, el frío, probablemente la niebla y quien sabe si incluso nieve, ahí arriba. No muy alagüeño.
El segundo vistazo es a mi funda de vivac. Hoy he dormido bajo el tarp, por supuesto pero, con el frío y la humedad, la funda de vivac me viene genial para un poco de protección adicional. Y, como aún llevo tanta comida (por todo aquello de los planes alternativos que, a estas alturas, no parece que vayan a ser necesarios...), no me cabe toda en la bolsa a prueba de animales y, como suelo hacer en estos casos, lo que no cabe me lo llevo conmigo a dormir... esta práctica está altamente desrecomendada en territorio de osos (todo el PCT lo es) pero aquí, en Washington, se supone que no están muy acostumbrados al contacto con la gente y no es de esperar problemas con ellos. La bolsa a prueba de animales la sujeto a algún tronco pero el resto de comida me la llevo conmigo a dormir; sé que no dormiría bien si la dejo por ahí. Pues bien: hoy, me encuentro con un precioso agujero, de un par de cms. de diámetro, en mi funda de vivac, justo al lado de donde, en el interior, descansaba la bolsa de comida. El agujero se prolonga a través de la dicha bolsa y, más allá, a través de una de las bolsas zip, hasta que el autor llegó por fin a algo comestible. He tenido un ratón almorzando esta noche y, lo que es mejor... ni me he enterado. Qué bien se duerme en el monte.
Afortunadamente, el ratón no se ha dedicado a revolver con toda mi comida. Se ha conformado con lo primero que ha encontrado, una bolsa de frutos secos, que es la única que ha agujereado. Ha comido un poco y ha dejado intacto el resto. Lo peor es el agujero en el Pertex de la funda pero tampoco pasa nada. Me gustan los ratoncillos, son unos animalillos muy graciosos, aunque no me hacen maldita gracia cuando me rondan por la noche.

Ratón travieso en Rainy Pass
El cielo se presenta gris sólido; más o menos, como acabó ayer. No ha llovido mucho por la noche pero hay mucha humedad ambiental y la temperatura fría la saca a relucir. La cosa no pinta nada bien pero hay que seguir adelante. Por lo menos, queda el consuelo de que ya no queda nada; en tres días, estaremos en Canadá. Es, en cierto modo, una pena estar deseando que esto acabe pero hay que estar ahí y enfrentarte a esas montañas en este tipo de tiempo. Es duro y, ahora mismo, yo sólo pienso en llegar.
Nos despedimos de Papa Bear, anunciándole que tiene varios amiguetes más en camino, que no se vaya todavía. Huelga decir que sigo caminando con Smiley. Aunque ni siquiera hemos hablado de ello, el consenso es total. Creo que él también se alegra de tener compañía para lo que viene. Sé que, de nuevo, puede parecer poca cosa, desde el sofá de casa, pero recuerdo las sensaciones y el ambiente intimidaba de verdad.
Según subimos, nos vamos acercando a las nubes. También va bajando la temperatura y cae alguna que otra gota. Recuerdo bastante bien esta zona; sobre todo, las cercanías del collado, qué lugar tan espectacular... hoy, la niebla nos engulle poco antes de llegar y, una vez allí, no tenemos vistas de los mares de montañas escalonados que yo recordaba. Envueltos en la niebla, el frío es tremendo y apenas saco unos segundos para hacerme alguna foto conmemorativa. La piedra esa blanca sigue ahí pero esta vez no me voy a tumbar encima a tomar el sol.

Cutthroat Pass. Se ve la niebla pero no el frío. Yo os lo cuento: mucho
La sección que viene ahora es espectacular, aunque hoy va a ser más fantasmagórica que otra cosa; muy cerca de la cresta, con el sendero colgado de las laderas, sin apenas descender desde el collado... sin árboles, casi sin vegetación.... es decir, que hace un frío de pelotas y el lugar resulta de lo más inhospitalario. Agradecemos cuando, por fin, llegamos al tortuoso descenso que nos baja a Granite Pass, donde ya encontramos árboles, aunque no por mucho tiempo, porque el sendero continúa por otra ladera más, casi sin desnivel hacia el siguiente collado, rodeando la cabecera de uno de estos espectaculares valles en forma de perfecta U. Apenas salimos de la niebla, por debajo, para contemplar la escena, con grandes picos de vertiginosas laderas poniendo el marco y el suelo plano del valle cubierto de bosque y con las típicas praderas alrededor de los meandros del río. No sé por qué pero siempre he asociado esta imagen a buena parte de lo que estas tierras significan para mí: esa promesa de que el mundo natural aún existe, siquiera en pequeños pedazos. Quizá porque, en mi entorno, es esto lo que echo de menos; valles vírgenes. Los picos es algo que no me es extraño, los hay allá donde hay montañas, pero mirar abajo, hacia ese valle, y pensar que ahí no hay nada humano... ni siquiera un sendero. Y que no lo hay durante muchos kilómetros. Ni en este ni el valle contiguo ni en ninguno de la zona. Pensar que, ahí abajo, sin duda, viven, por ejemplo, esos esquivos osos que son otro símbolo más de lo bonita que es la naturaleza, y un símbolo de lo que perdemos cuando la invadimos con nuestras carreteras, nuestra civilización y nuestro progreso... que estarán muy bien y tendrán su aquel pero pierden toda la gracia cuando no dejan espacio para nada más. Eso es Europa y, afortunadamente, en América aún no han llegado a ese punto. Pero están en ello.
Así, obnubilado por esa mi visión favorita, seguimos avanzando por otra ladera más, con el valle este a nuestros pies. Recuerdo toda la zona y todo el recorrido como si me lo hubiera hecho el día anterior y ya es que ni llevo el mapa a mano. Hago de cicerone barato: allí enfrente, anuncio a Smiley, ese collado de allí, es Methow Pass y casi puedes ver cómo el sendero lo traspasa. Desde ahí, por fin, descenso a valle. Será bienvenido.

Fanstasmagóricas Cascades, hoy
El lugar, ya lo decía, es una sucesión de valles glaciales eternamente cubiertos de bosque y flanqueados por grandes picos que hoy apenas vemos. Methow Pass separa dos de estos valles y hacia el segundo, por fin, empezamos a bajar, sintiendo pronto el abrazo del bosque protector. Tenemos que bajar al fondo para luego descender valle abajo durante un buen rato, hasta donde la orografía bloquea la dirección norte. Allí, habrá que empezar a subir de nuevo hacia unas hoy temidas alturas que no sé si será procedente alcanzar... ya veremos cómo vamos yendo.
Bueno, pues alguno de estos valles tan bonitos sí tienen sendero... éste por el que vamos ahora. No tengo mucho problema con eso. Los senderos no me estropean la sensación de lugar vírgen. No son siquiera visibles a no ser que estés caminando por uno. Sé que hay a quien ni la presencia de los senderos le gusta, y me parece bien. Facilitan la progresión. No sería posible (para mí, al menos) un viaje como este sin un sendero. No sé si eso es bueno, malo o 50/50...
Mientras el tiempo sigue cada vez más amenazante, si ello era posible, pero sin terminar de ponerse a llover (probablemente, sería nieve lo que cayera, con el frío gélido que hace), llegamos al punto de inflexión donde hay que tomar un valle lateral y ponerse a subir. Abandonamos al incipiente río Methow para empezar a acompañar a Brush Creek, algo así como el Arroyo de la Maleza... y vive dios que la hay. No lo recordaba pero es que, dos años atrás, estaba seca. Lo malo de que los arbustos cubran el sendero no es, en sí, el tenerlos que atravesar sino que, un día como hoy, están totalmente saturados de agua. En cuestión de segundos, estamos absolutamente calados de cintura para abajo, como si nos hubiéramos metido en una piscina. Algo menos de cintura para arriba, pero también. Esto me resulta muy desagradable y hasta preocupante: hace mucho frío y, en estas condiciones, estar mojado es lo peor que te puede pasar. Y ahora estamos muy mojados.
Nadie dice nada pero creo que ambos pensamos lo mismo: esto no mola. Por el momento, nos limitamos a seguir caminando y a esperar salir cuanto antes de los matorrales.
Y llegamos al punto donde hay que tomar una decisión: estamos en Glacier Pass que, a pesar de su nombre, es un collado muy acogedor, con buen bosque. Glacier Pass comunica el valle del que venimos con otro contiguo (como cualquier collado, vamos...) pero el PCT no baja por ahí sino que empieza a zigzaguear por la ladera de la derecha para volver a alcanzar la cresta. Es pronto aún para parar pero basta un vistazo al mapa (y, a mí, ni eso) para apreciar que empezar a subir ahora puede ser una mala idea.
En mi mente sigue estando acabar con esto cuanto antes y esa parte de mí me dice que adelante, aprovechar el día lo más posible y llegar lo más lejos posible; pero está también esa otra parte que me aconseja quedarme aquí, donde sé que voy a estar abrigado. La situación es especialmente sensible porque estamos muy mojados, hace mucho frío y, una vez empecemos a subir, cambiamos el bosque por una ladera pelada donde estaremos a merced del viento, que también hace. Recuerdo lo que viene ahora y lo comparto con Smiley, a ver qué opina él: si subimos a la cresta, luego nos quedan un par de horas de recorrer laderas peladas en zonas muy expuestas, con muy pocos sitios planos pero lo peor es que los pocos que hay (tendríamos que acampar en alguno) están muy expuestos también.
Esta es una de esas ocasiones en las que deseas que el compañero se "acobarde" también para así no sentirte mal por elegir la opción "fácil" pero con Smiley he dado con un hueso duro: con su habitual cara de circunstancias y como si no tuviera importancia, dice "bueno, seguro que encontramos algo... ¿seguimos?" Caguentó, Smiley, que me llevas por el camino de piedras...
Seguramente, para él, esto no tiene mayor importancia; es un tío aguerrido. Yo no. Por otro lado, una de las razones por las que me agrada tenerle al lado es para que tire de mí en momentos como este. Como este y como los que pueden venir más adelante. Así que me dejo llevar y, cabizbajo, le sigo ladera arriba.
La siguiente cresta es muy alta también y se siente, literalmente, bajar la temperatura según subimos. El viento no es muy fuerte (menos mal) pero, con lo mojados que estamos, la menor brisa nos deja petrificados. Poco antes de llegar arriba, alcanzamos el límite altitudinal de la niebla y hace aún más frío.
Alcanzamos la cresta en un mini-collado sin nombre desde el que recuerdo una grandiosa vista de Azurite Peak, enfrente, con sus pequeños glaciares. Me tengo que quedar con el recuerdo porque hoy no se ve nada de eso. El panorama es aún espectacular, lo suficiente como para que paremos a contemplar durante un segundo, o ninguno, antes de seguir moviéndonos, que es la única forma humana de evitar la hipotermia.
Iba yo haciendo memoria de lo que viene por delante y haciendo, también, la cuenta de la vieja de si nos daría tiempo de llegar a Harts Pass... este punto es el primer sitio resguardado que encontraremos, tras el largo tramo por las alturas; no sólo es un collado un poco más bajo y, por tanto, cubierto de bosque sino que, además, hasta allí llega una pista: hay una zona de acampada y una caseta de Rangers.
El tiempo está cada vez peor, si ello era posible. Da miedo. Veo las laderas por las que recuerdo que circula el sendero y pienso con horror en tener que acampar por ahí. De cuando en cuando, cae alguna ráfaga de agua-nieve y el ambiente es gélido, oscuro, húmedo... como ya he mencionado alguna vez, tiempo de hipotermia; unas de las condiciones más duras posibles.
Comparto mis miedos con Smiley pero esta vez la propuesta es hacia delante: ¿Qué tal si intentamos llegar a Harts Pass? Vamos muy justos de tiempo y, seguramente, llegaríamos de noche pero, le cuento, allí no sólo hay bosque sino también una zona de acampada; y eso significa, entre otras cosas, una letrina.
Recuerdo perfectamente la letrina de la zona de acampada de Harts Pass: el modelo estándar de edificio con tejado a dos aguas, muy grande por dentro y hasta con un porche exterior cubierto. Y la recuerdo hasta ese nivel de detalle porque, de hecho, mi compañera y yo estuvimos refugiados allí en 2004 tras unas cuantas horas bajo la lluvia. Fue un alivio.
Hoy es uno de esos días en los que, con un tarp, pues... si hace falta, se acampa, y no pasa nada, pero es muy duro afrontar este tipo de tiempo con un tarp. Yo creo que es más peso psicológico que físico... si ya lo he hecho otras veces... pero supongo que mi moral y mis energías positivas están muy desgastadas ya. El caso es, le digo a Smiley, yo estoy dispuesto a dormir en el porche de la letrina y, si la cosa está fea de verdad, dentro. Y no te preocupes, ¡hay sitio para los dos!
Smiley se ríe pero creo que no le parece del todo mal. De hecho, pasamos junto a un pequeño sitio plano donde se puede acampar, junto a un par de árboles raquíticos, y el lugar tiene una pinta tan desolada e inhóspita que creo que eso nos anima a acelerar el paso hacia Harts Pass. Siquiera por los árboles.
Durante este tramo que, por lo demás, es espectacular, nos encontramos con los primeros ejemplares de tamarack. Éste es un árbol de la familia de los alerces, las únicas coníferas que pierden las hojas en otoño, y los tamarack son una variedad específica de Norteamérica, especializada en crecer donde ya casi ningún árbol puede crecer. Son, por tanto, típicos de las zonas de tundra del Yukón, el Escudo Canadiense y Terranova pero también se les encuentra más al sur, allí donde las montañas crean su "tundra" particular. El tamarack es un árbol de belleza imposible: relativamente pequeño y aislado del resto de sus congéneres, aquí arriba y en septiembre, está amarillento ya. Su presencia tiene algo de magia y de irreal. Una inusitada nota de color en el gris uniforme en el que se ha transformado el universo visible. En un punto en el que el sendero toca la propia cresta y el viento sopla más, el frío ha congelado la humedad en torno a las ramas de uno de estos árboles. Precioso, la imagen no le hace justicia pero la pego igual:

Tamarack congelado
A mí no me gusta caminar de noche. Nunca lo hago, si lo puedo evitar, me hace sentirme vulnerable. Supongo que es cuestión de costumbre. Sé que Smiley suele apurar (cena y luego avanza un rato más) así que para él es de lo más natural quedarnos a oscuras. Por una parte, celebro descender de la cresta, por fin, y encontrar el abrigo de los árboles pero, por otro, nos dejan sin la poca luz que quedaba. Es, prácticamente, noche cerrada ya cuando vemos una lucecita al frente: no puede venir más que del puesto de Rangers que, si no han cambiado las cosas, debería tener a un Ranger al mando durante el verano y así parece que es.
En Harts Pass no hay agua pero recuerdo un pequeño torrente a un minuto o dos, pista abajo. Es estacional pero, con este tiempo, seguro que lleva algo. Aún así, no apetece acercarse a buscar agua en la oscuridad (y la necesitamos, qué ironía...) y le digo a Smiley: "es nuestra excusa perfecta; llamamos a la puerta del Ranger para preguntar por el agua o si, incluso, nos puede dar algo... y, quién sabe, igual se enrolla y nos hace sitio en la cabaña..." Smiley sonríe con su indiferencia complaciente habitual. Es un tío aguerrido pero creo que no diría que no a tal oferta.
Pasamos cerca de la letrina prometida, que sigue ahí. No parece haber nadie en la zona de acampada, cosa comprensible. Llamamos a la puerta y, tras unos eternos segundos, aparece la sonriente estampa de Beth, la Ranger de guardia este verano en Harts Pass.
Hace dos años, tocamos esta misma puerta en circunstancias no tan feas pero agradecimos, también, traspasar aquel umbral y salir de la lluvia por unos minutos. La excusa, entonces, fue hacer no sé qué pregunta al Ranger de turno, que era un señor mayor muy entrañable. Nos invitó a pasar pero no a quedarnos; no era lo suyo, aquel día. No hacía tan malo, ni era tan tarde. Hoy sí...
Uno esperaría que los Rangers en Harts Pass estén hartos de ver pasar senderistas y de que se les quieran acoplar en cuanto hace un poco de mal tiempo pero no debe ser el caso... de todas formas, y por lo que a thru-hikers respecta, este año aún no han pasado muchos por aquí: somos de la cabeza del paquete (el registro nos lo confirma) pero es que, además, los que han acabado en las últimas dos semanas, han tenido que ir por el desvío a Hozomeen. El PCT estaba cerrado desde un poco más allá y hacia el norte.
Sea como sea, Beth es super-hiper-mega-amable con nosotros. Smiley, además, hace alarde de su habilidad para caer simpático a la gente, con esa narración tan suave y pausada pero densa y emocionante de las vivencias de dos thru-hikers en apuros y Beth no tarda nada en ofrecernos el almacén de los trastos. Oigo rugir el viento fuera y hasta lo siento colarse por las rendijas y no puedo sentirme más aliviado de no tener que salir de aquí más. Y no hará falta recurrir a la letrina.
Yo vine a América, entre otras cosas, para evitar este tipo de tentaciones pero, en momentos como este, a la mierda con el purismo. Soy feliz de estar en un entorno seco y relativamente cálido.
Luego, está Sparky. Supongo que, en un refugio como este (donde hay calor, comida, etc.) habrá muchos ratones y tener un gato es, probablemente, la mejor idea. Sparky es, prácticamente, una cría de gato y es lo más gracioso del mundo: han llegado dos personas más al lugar y, con ellas, lo que para él son un montón de juguetes nuevos.
Las cuerdas y cintas que cuelgan le fascinan y, en una mochila, hay mucho de eso. Será por eso o por lo cantoso del color rojo pero cuando retiro el cubremochila (prácticamente, lo primero que hago) para colgarlo y que se vaya secando, veo, entre divertido y horrorizado, cómo Sparky se lanza uñas en ristre sobre el delicado silnylon... "Sparky, eso no... mira, juega con esto otro..." pero a él le ha gustado el cubremochila.

Sparky
Ha sido un día muy largo y en condiciones muy duras y nos hemos ganado más que nunca (¿cuántas veces he dicho esto ya?) el descanso y, además, en este caso, la paz mental de estar a cubierto.
Día 145: Harts Pass - Castle Pass (27 m. / 43.5 km.)
Una nueva mañana y, una vez más, la misma preocupación: ¿cómo está el tiempo?...
Bueno, pues, esta vez, la situación no puede ser más dantesca: fuera, todo es blanco. Desde el cielo, al suelo. Ha nevado por la noche, sigue nevando. La capa es muy fina pero el tiempo está en momento álgido. Las nubes ya no existen; ya sólo queda una gran nube, dentro de la que estamos metidos.
Ahora me alegro más que nunca del esfuerzo extra de ayer y de haber conseguido llegar hasta aquí. De hecho, algo como esto tenía yo en mente cuando decidí proponérselo a mi compañero de viaje. Parecía claro que iba a ponerse a nevar en cualquier momento. Cuando tus energías, físicas y mentales, están ya tan desgastadas, resulta muy duro hacer frente a condiciones de estas por la noche, ahí fuera. Bueno, resulta duro en cualquier circunstancia pero yo creo que es lógico pensar que cada vez va costando más. Es un alivio estar aquí.
Es más, no puedo evitar pensar que yo no quiero salir de Harts Pass. No sé qué pensará Smiley pero me lo temo... pero yo no me movía.

Gélido ambiente en Harts Pass. Por cierto, esa es la famosa letrina...
Fuera, hace, si cabe, aún más frío que ayer aunque, al menos, el viento parece bastante calmado, pero el ambiente es de lo más inhóspito posible; más allá de los árboles, blanco sin relieves. Lo que en inglés llaman un white-out. Bueno, no tanto, porque no hay tanta nieve en el suelo, pero sí suficiente como para asustar a un cobarde como yo. Es más, Harts Pass es un punto bajo; desde aquí, hay que volver a subir.
En una de estas, aprovecho la ocasión para trasladar mis miedos a mi compañero: "Smiley, que sepas que, más alante, tenemos que subir muy alto y recuerdo un tramo por la misma cresta donde no vamos a ver el sendero ni de coña..." Ya digo que, conociéndole, ya me temía su respuesta: sonríe condescendiente y me asegura que no habrá ningún problema, que por supuesto que salimos... jo, con lo contento que me habría quedado yo aquí...
Como ya he mencionado más atrás, me fío de Smiley. No es el típico montañero echado para alante pero que no tiene ni puta idea, huyo de esos como de la peste... y aunque tengan idea. El monte no es sitio para echarse demasiado para alante, o eso creo yo. Smiley es un tío tranquilo y con aplomo y tiene una experiencia que hace que condiciones como las de hoy sean pan comido para él. Aunque no hacía falta, como me ve poco convencido, me lo recuerda: "yo he subido al Denali... todo irá bien".
No, si ya... pero yo me acobardaba aquí tan rícamente hasta que pase el marrón... en fin, la aventura es la aventura, qué le vamos a hacer...
A estas alturas, por cierto, ya tengo claro lo que va a ser de mí con respecto tanto a la culminación del PCT como a mi problema fronterizo: Beth nos dice que, efectivamente, el sendero está expedito, aunque aún no han retirado las señales pero, obviamente, los incendios no han sobrevivido al inicio del invierno. Por tanto, la suerte está echada: llegaremos a Manning por el PCT, como estaba escrito, y yo he decidido (si no estaba claro ya) que prefiero evitar tentar a la suerte y la policía fronteriza y que, aún sintiéndolo mucho, volveré caminando desde Manning a Harts Pass.
Digo lo de "sintiéndolo mucho" porque, en mi viaje ideal, la película acababa desandando del todo aquel itinerario que, dos años a, nos llevó de Seattle a Manning vía Vancouver (esa ciudad maravillosa)... para mí, llegar a Manning era la culminación de un sueño y lo que venía después era el tiempo para el relax, la reflexión y el reencuentro, y tenía especial ilusión por coger de nuevo ese autobús que me iba a llevar de las montañas a la costa. Volver caminando por el PCT resuelve el problema con el visado pero elimina esa pequeña parte de mi sueño. De todas formas, y dada la incertidumbre de las últimas semanas, donde uno ya no sabía si siquiera si iba a llegar a Canadá o por dónde, ni mencionar ya el tema de la vuelta... la solución actual me parece de lo más satisfactorio.
El caso es que, sin ninguna intención detrás, se lo comento a Beth, en plan "bueno, pues te veo otra vez en unos días..." e, inmediatamente, se ofrece a sacarme de allí. Más trail-magic.
No es una oferta para rechazar: a Harts Pass llega una larguísima pista por donde el único tráfico que puedo esperar es del de excursionistas... y, en esta época y como no mejore mucho el tiempo, me temo que no va a haber mucho. Más bien, poco o ninguno. A falta de mejor remedio, puedo bajar andando, aunque me llevaría todo el día, o más, e, incluso, si el tiempo ha mejorado, prolongar un poco mi viaje y volver hasta Rainy Pass por el PCT pero me alegra mucho contar con una oferta en firme. Beth tiene un todoterreno aquí y, a pesar de lo largo del viaje, me lo ha ofrecido de la forma más natural, como si no fuera nada.

El puesto de Rangers en Harts Pass
Por fin, salimos ahí fuera con la consciencia de que va a ser un día muy duro; quizá, el día más duro de todo el viaje pero, si todo va bien, hoy dejaremos atrás todas las dificultades y con esa esperanza, sigo a Smiley cuesta arriba.
El tiempo está poco tratable pero, en cierto modo, es casi menos intimidante que ayer. Hoy, está la nieve, con el peligro siempre presente de que se acumule y acabe por ocultar el sendero, lo que, unido a la escasa visibilidad, lo aislado de la zona y la combinación de frío y humedad, puede poner las cosas muy feas. Por otro lado, el blanco uniforme de hoy tiene una apariencia más bucólica que la presencia violenta de ese cielo gris oscuro de días como ayer.
Hoy haremos el grueso de la travesía por Pasayten Wilderness, que tiene su límite sur muy cerca de Harts Pass. Como ya he dicho muchas veces, la que probablemente es la zona más remota de todo el PCT. Mal sitio para perderse; aquí no vale con un "me bajo por donde sea y ya llegaré a algún sitio..." No; aquí no llegas a ningún sitio.
Mis recuerdos de esta zona son un poco más borrosos que los de otras; especialmente, del tramo que viene ahora, quizá porque, en su momento, lo hice bajo la lluvia y no estaba para fijarme. A grandes rasgos, desde Harts Pass tendremos una subida notable, con permanencia en las alturas y una cresta bastante alta que superar; eso será el primer test. Tras esto, un buen descenso a terreno más recogido para luego volver a subir y afrontar la parte que más temo: la espectacular cresta de las Cascades en los límites más septentrionales del estado de Washington. Si todo va bien, esperamos poder pasar y, finalmente, iniciar el descenso final hacia Canadá a tiempo de llegar a acampar fuera de la nieve.
Y vamos para arriba. Hoy manda Smiley y yo me agazapo detrás. La capa de nieve es muy fina pero va creciendo según subimos, aunque el sendero se ve perfectamente, la traza es amplia. A ratos, la nube se hace más densa y nos nieva un rato. Cuando la cosa se pone fea, fijo la vista al suelo y camino deseando que todo esto acabe aunque, por dentro, y en el fondo, sé que estoy viviendo momentos muy especiales y que este día va a ser recordado con mucho cariño en el futuro.

Niebla, nieve y frío saliendo de Harts Pass
Llevo puesta más ropa que la que nunca haya llevado en todo el viaje, durante la actividad; esto incluye los "guantes" de fortuna que, debo decir, van muy bien. En general, voy razonablemente confortable. Lo peor de un día como hoy es que sabes, de antemano, que no te puedes parar: parar significa perder imprescindible calor corporal. Caminar sin parar es muy exigente y necesariamente duro de aceptar cuando empiezas el día, sabiendo lo que te espera.

Me gusta esta: sendero hacia nada...
A base de ascenso suave, el sendero llega a la cresta y prosigue con los consabidos flanqueos. En Windy Pass, por suerte, y a pesar del nombre, no hace mucho viento pero el ambiente es tan desolado como puede llegar a ser. A la salida del collado, encontramos una de estas estampas que te hacen sonreír a pesar de que no tengas muchas ganas:

Sendero cerrado por incendio... cartel congelado por nieve y frío
Sendero cerrado por incendio con cartel cubierto por la nieve, ji, ji... uno piensa en el careto que se le quedaba al thru-hiker al llegar hasta aquí y encontrarse algo así, después de 5 meses y a tan sólo día y medio del final y hasta da por buenos la nieve, el frío y el nubarrón.
Una última subida nos hace superar una alta cresta en un entorno casi mágico, con los tamarack luciendo sus nuevas galas blancas para acompañar al colorido otoñal. Qué árboles tan bonitos.
De hecho, miro al mapa (ahora, según escribo... cuando pasaba por allí, no estaba para mapas) y veo que la cresta que acabamos de cruzar baja desde el pico de nombre Tamarack. Recordando ahora sus laderas, comprendo el nombre. Es difícil de explicar: estos árboles tienen un aura extraña y bella. Una especie de aparición colorista allí donde ya parece que sólo quedan piedra y matorral. Supongo que el entorno gélido y nevado les hace cobrar una presencia aún más poderosa.
Por fin, empezamos a descender. Primera sección superada con éxito y sin mayores dificultades que el cansancio y peso psicológico de saber que aún quedan muchas horas así. Retomamos los flanqueos para, por fin, iniciar el largo descenso hacia Holman Pass. Entramos en el bosque, ahora ya continuo y denso, y la nieve empieza a desaparecer. El tiempo se mantiene estable, dentro de la gravedad, como los accidentados, pero digamos que esta parte del día fue un poco más sencilla, siquiera porque empecé a creerme que lo íbamos a conseguir.
Recuerdo muy bien Holman Pass y el gigantesco árbol caído que flanquea el sendero allí y no puedo, ni quiero, evitar hacerme una repetición de esa foto que siempre me gustó tanto; sólo que hoy voy a salir bastante más abrigado:

Holman Pass
Desde Holman Pass parte el sendero que yo pensaba usar para eludir el incendio, aquel que subía a una cresta de nombre The Devil's Backbone. Una cresta muy alta y, con ese nombre, ya da miedo; pero más da verla hoy, desde aquí o, mejor dicho, no verla: cubierta por el nubarrón y con la nieve asomando. Me alegro dóblemente de que esté abierto el PCT, tanto por lo obvio como porque celebro no tener que subir ahí. Lo malo es que, por delante, tenemos terreno similar. Y la subida empieza desde ya mismo.
Valga decir que la viabilidad de ese desvío por Devil's Backbone venía de que, a pesar de que el cierre estaba en Windy Pass, donde la señal nevada esa, más tarde, el servicio forestal había ampliado la zona abierta hasta Holman Pass porque por aquí (por un sendero que viene del este) suben a las montañas habitualmente los cazadores... y acaba de comenzar la temporada de caza. Y, a fin de cuentas, el inciendio aún pillaba lejos, estaba más al norte. Esta es la típica medida que me quema la sangre: se molestan por facilitarles la vida a los cazadores y cerrar sólo las partes de sendero que están directamente amenazadas pero no los 200 km. a la redonda adyacentes... y eso me parece bien. Lo que me parece mal es que esto no lo hagan por los senderistas; más bien, hacen al revés. Está claro quién importa aquí y quién no. A los thru-hikers, nos resultaba crucial poder llegar a Holman Pass, aunque luego el PCT estuviera cerrado más al norte, porque desde Holman Pass podíamos enlazar con Ross Lake, la ruta alternativa para llegar a Canadá, vía el mencionado Devil's Backbone, que era un sendero mucho más directo y potencialmente atractivo que el desvío que propuso el servicio forestal. Era perfectamente posible llegar a Holman Pass por el PCT pero a nadie le importó... hasta que los cazadores necesitaron subir ahí. Entonces, sí.
En aquel estúpido cierre de Marble Mountain Wilderness, en el norte de California, la temporada de caza estaba aún lejos en el tiempo. Al funcionario de turno no se le movió una ceja a la hora de decidir cerrar todo el área wilderness, PCT incluído, aunque los incendios estaban muy lejos del sendero... en fin... en realidad, estas reflexiones son a título retrospectivo porque, en aquel momento y día, desde Holman Pass, no estaba ya pensando en estas cosas. Sólo podía pensar en dos: en cuánto quedaba para llegar y en lo maravilloso que era todo. Sensaciones deliciosamente contradictorias.
Y, así, iniciamos el largo ascenso que, desde Holman Pass nos llevará hacia lo más remoto de Pasayten Wilderness y hacia uno de los tramos más sublimes de todo el PCT. Aquí, a sólo unas horas de Canadá. Está bien eso de dejar buenos platos para el final.
Subimos a base de flanqueo en ladera y entre el bosque mientras el tiempo parece que se aclara un poco. Entre eso y la menor altitud, ya casi parece un día normal. Una serie de zigzags nos devuelven, por fin, a las alturas, a uno de los sitios más bonitos en los que haya estado nunca. Supongo que estas sensaciones y sus recuerdos asociados están muy influenciadas por factores como las circunstancias de aquel momento, más lo aislado del lugar... quiero decir: el paisaje era precioso, sí, pero tampoco nada que no se pueda encontrar en, por ejemplo, los pirineos... pero la combinación de la belleza inherente a los panoramas con los colores otoñales, la sensación de aislamiento, la nieve, la niebla y hasta el moderado optimismo por una leve mejoría del tiempo hicieron de este tramo, ya digo, algo muy, muy especial. Bonito debe ser cuando, hasta con una triste compacta y las manos congeladas se pueden sacar fotos como esta:

La imagen de las mil palabras
Un pequeño altiplano sobre una cresta redondeada, que contrasta fuertemente con las verticales y rocosas paredes de los picos de alrededor.
Lo que viene ahora es, probablemente, lo mejor: dos preciosos pasos, largos flanqueos y un tramo final por la misma cresta, antes del descenso definitivo que nos llevará a Canadá mañana. Los dos collados a continuación tienen los nombres un tanto confundidos o, quizá, cambiados: Rock Pass y Woody Pass, algo así como "el paso de la roca" y "el paso de la madera"... En Rock Pass hay roca, sí, pero aún queda algún árbol; en Woody Pass no hay ni matorrales, es todo piedra. En el flanqueo entre ambos es donde vimos un oso en 2004. Hoy miro bien pero no está por aquí.
El tiempo nos ha dado una pequeña tregua en forma de nubes menos oscuras, más altas y hasta algún claro pero, por desgracia, la cosa no ha durado mucho: durante el trayecto entre ambos pasos, se vuelve a cubrir totalmente y mis esperanzas de tener un final de jornada tranquilo se desvanecen al mismo tiempo que la luz. Según subimos hacia Woody Pass, incluso, se pone a nevar otra vez y hace mucho frío.
A las puertas de la parte más expuesta y complicada del día, tenemos que afrontar el peor tiempo posible aunque, por suerte, la tormenta no es continua. La nieve cae con fuerza pero, de momento, sus intervalos no son suficientes para ocultar el sendero.

Nieva fuerte...
Tras Woody Pass, hemos vuelto a la vertiente oeste. Recuerdo las gloriosas vistas que, desde aquí, había hacia el mar de montañas que son las Cascades en esta región, con el monte Baker, gigantesco, allí, en el horizonte. Nada de esto está a la vista hoy. Con suerte, conseguimos ver el valle a nuestros pies, en los momentos de mayor "claridad", y la cresta a nuestra derecha a la que habremos de subir está cubierta por la niebla.
Era este tramo, especialmente, el que me preocupaba y al que me refería cuando advertía a Smiley esta mañana: no es muy largo pero hay que caminar por la misma cresta y, ahí, el sendero no está tan marcado como en las laderas. Justo en el sitio donde vamos a estar más expuestos a los elementos. Mientras completamos el par de zigzags que nos llevan a lo más alto, cruzo dedos congelados para que nos toque un periodo de "calma".
Y así es, al principio. Al menos, tenemos visibilidad, las nubes están más bien por encima. Smiley sigue caminando tal cual, aunque el sendero, efectivamente, es menos visible y, por supuesto, no hay huellas que seguir. Tenemos que rodear una cumbre y, un poco más allá, esperar ver, abajo, hacia el este, la cubeta perfectamente redonda de Hopkins Lake. Una vez ahí, estaremos salvados.
La bonanza relativa no podía durar y las nubes se vuelven a hacer fuertes a nuestro alrededor, complicando la visibilidad. Al menos, los relieves del suelo aún son apreciables. Vamos, que ya no queda nada.

En lo más alto, a punto de triunfar
A la primera ocasión en que el sendero se acerca a la vertiente este, hecho un vistazo en busca del lago pero, en su lugar, me encuentro un alargado valle; aún no es aquí. La niebla se hace más densa y ya no se ve ni torta. En esto, el camino empieza a descender y sé que esto no puede ser más que el principio de la esperada bajada. La cresta es estrecha y es fácil asomarse a ambas vertientes... no se ve nada pero a mí me interesa la de la derecha, donde, a pesar de la niebla, espero encontrar esa referencia infalible. Grito de alegría; hela aquí:

Hopkins Lake
Qué diferente de la imagen que recuerdo de 2004, cuando todo era sol y buen tiempo. Las malas noticias es que Hopkins Lake era el lugar donde, idealmente, pensábamos acampar, esperando que no hubiera mucha nieve pero es obvio que no va a ser el lugar más acogedor del mundo, esta noche. Y se hace tarde.
Espectacular bajada, que tan bien recuerdo; salimos, siquiera parcialmente, del abrazo de la niebla y podemos ver el valle por el que bajaremos hacia Canadá; uno más de la infinita serie de valles en forma de U sólo que este es el nuestro. Teóricamente, para mañana pero, tal como están las cosas, puede que tegamos que tomarlo hoy mismo.
Llegamos al cruce con el desvío que va hacia el lago y lo tomamos. Aunque no acampemos aquí, al menos, necesitaremos agua. En Hopkins Lake, el ambiente es desolador: todo está cubierto de nieve (aunque la capa es fina), hace mucho frío, hay mucha humedad... recuerdo el lugar donde pasamos la noche hace dos años, ahí mismo, qué bonito fue... hubiera sido genial poder repetir hoy pero, a pesar de la hora y del desgaste de todo el día, Smiley y yo estamos de acuerdo en que merece la pena continuar y buscar terreno libre de nieve. Le anuncio que, tras otro flanqueo más en plena ladera, recuerdo Castle Pass, donde hay una buena zona plana, aunque no hay agua. Nos llevará menos de una hora llegar allí y la menor altitud casi nos garantiza que no habrá nieve.

Hopkins lake, otra vez
Coger agua es de lo más frustrante; con el frío que hace, pararte es lo último que necesitas y tocar agua fría, lo anteúltimo, pero hay que hacerlo. Es, casi, la primera parada que hacemos en todo el día. Nos detuvimos muy brevemente en Holman Pass y eso ha sido todo el "descanso" hoy. No me extraña que estemos hechos polvo pero la motivación es alta: siquiera la motivación por llegar y descansar. Ya queda poco y lo más difícil ha pasado.
Cruzamos el colladito que nos da paso al valle por el que vamos a descender inicialmente, hasta Castle Pass, donde ya tomaremos el valle final, el que nos lleva a Canadá... pero eso será, definitivamente, mañana. Hoy, bastante tenemos con caminar este último rato en busca de un campamento más o menos confortable.
El flanqueo nos lleva en descenso continuado y, en poco tiempo, salimos de la nieve. Hemos dejado atrás también la niebla y ya sólo nos queda batallar con la humedad, el frío y nuestro propio cansancio. En poco tiempo, llegamos a Castle Pass, con poca luz ya pero aliviados de haberlo conseguido. Ya está. Ya se ha acabado.
Bueno, hablo pronto; se ha acabado el caminar y se ha acabado la incertidumbre (la mía; Smiley creo que nunca la tuvo) pero ahora hay que conseguir hacer de este sitio un lugar confortable. Todo está empapado: suelo, vegetación, nosotros... y hace mucho frío; y, según anochece, más.
En estas condiciones, hacer la cena y comérsela es casi un suplicio más que otra cosa pero sabemos que es tarea imprescindible para poder pasar una buena noche. Una vez dentro del saco, ya sí que todo está bien.
Día 146: Castle Pass - Manning Park (12.2 m. / 19.6 km.)
Hoy es el gran día. Hoy termina un viaje de 5 meses. Y ¿qué sensaciones tiene uno en un momento como este? Pues totalmente matizadas por las circunstancias: por un lado, quisiera no salir del saco, único lugar en este mundo en el que estoy seco y caliente; por otro, quiero salir para acabar con esto cuanto antes. Está siendo muy duro.
Bueno, tampoco es tan catastrófico; hay muchos recuerdos y, ahora, con la distancia, resultan ya casi todos buenos. En aquel momento, en la gélida y húmeda mañana de Castle Pass, la mayor parte del espacio era para pensar en la parte mecánica: levantarte, preparar el desayuno, recoger, caminar...
Debo agradecerme, en estos momentos, la suerte de haber podido comprar esa última chaqueta extra en Stehekin; con sólo la que yo traía, lo habría pasado más que regular. Aunque sólo haya sido por cuatro días, me ha hecho un gran servicio. La llevo puesta desde que llegué aquí ayer noche y ahora es mi mejor amiga.
El sendero sigue deparando momentos bonitos y especiales hasta el final. Y, si cabe, más aún según se acerca el final y estamos en este sitio impresionante que son las Cascades Septentrionales. Según me desperezo, veo por debajo del borde de mi tarp cómo un ciervo ronda la zona. Está atento a los movimientos de los dos humanos pero, por lo demás, parece confiado. La escasa luz hace que me haya quedado todo un poco borroso pero me gustan tanto estas imágenes que las pego de todas formas:
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Se acercó a dar los buenos días
Es un precioso animal y me parece tan fantástico poder verle desde tan cerca, como si fuera casi algo natural, como si yo mismo fuera tan parte del paisaje como el propio ciervo. Estas son, quizá, las sensaciones que más me gustan de estar aquí, en el PCT, en las montañas: sentirme parte del lugar, siquiera por un momento. No puedo sentir nada mejor.
También atisbo el malogrado campamento de Smiley. El tío este lleva un tarp, como yo, sólo que el suyo es minúsculo, casi la mitad de tamaño que el mío y, además, no lleva ni piquetas ni bastones; es decir, que, para montarlo, se apaña con lo que pilla: usa troncos de árbol o ramas caídas como soporte vertical y ata los cordajes a piedras, vegetación... esto sí que es minimalismo y yo soy un principiante. También, por otro lado, lleva una funda de vivac algo más consistente que la mía. Bueno, pues esta noche no le ha ido muy bien porque la rama que usaba de soporte vertical se le ha caído y, claro, tiene el tarp por encima. Con la humedad y el frío que hay, me temo que va a estar empapado en condensación pero creo que ya no importa. Hoy es su última noche.
El tiempo sigue gris y frío pero, por lo menos, no llueve. Nos quedan 8 kms. para la frontera con Canadá y son todos cuesta abajo. Después, 12 más para concluír viaje, llegando a la carretera y a los cuarteles centrales de Manning Park. Para mí, este lugar, donde comencé a caminar en 2004, es el auténtico final pero está claro que la "celebración" más emotiva es en la frontera; no por ser frontera (no hay mucho que celebrar por algo así) sino porque ahí está el "monumento".

Northern terminus
Una sencilla estructura de bloques cúbicos de madera, en medio de la nada. De repente, te viene a la cabeza esa otra estructura similar, situada allí desde donde partiste hace casi cinco meses y más de cuatromil kilómetros y sientes cómo, en cierto modo, has cerrado un círculo. Conceptualmente, a mí me recuerda mucho esto al monolito aquel de la novela de Arthur C. Clarke, esa especie de extraña, muda, inexpresiva y recurrente presencia. Me gusta esa idea; eran muy emocionantes las apariciones del monolito en la novela aquella y algo así siento ahora, delante del monumento 78.
El nombre merece una explicación: hace referencia a los mojones fronterizos, aquí llamados, localmente, "monument" y cada uno tiene su número que, si no me equivoco, hace referencia a la distancia, en millas, desde el mar; no sé si en línea recta o sobre el terreno. Bueno, pues aquí mismo está el "monument" 78, consistente en un pequeño obelisco metálico. Junto a él, lo que a nosotros más nos interesa, la estructura de madera que, por proximidad, se ha pasado a llamar también "el monumento" y que marca el extremo norte del PCT.
Ya digo que, para mí, el sendero acabará en Manning, dentro de un rato, pero este es un hito especial y requiere, absolutamente, una pausa y todo lo que viene con ella: balance, necesariamente breve reflexión, fotos... menos mal que está Smiley porque, si no, y como ya me pasó en el km. 0, se me habría olvidado sacar el libro de registro... y si aquel era uno especial, este lo es aún más.
El registro está dentro del mini-obelisco metálico; lo abrimos y ahí aparece. Pasamos un buen rato echando un vistazo a las entradas previas para ver quiénes han llegado antes que nosotros y, sobre todo, para disfrutar leyendo lo que tiene que decir la gente en un momento tan emotivo y tan especial y, por supuesto, para añadir la nuestra. Si alguna vez pasas por monumento 78, busca las entradas del 22 de septiembre de 2006; allí están mis pensamientos, condensados en unas pocas líneas.

El mismo de arriba pero, ahora, con bicho
Me gusta esta foto. Veo reflejadas en ella la felicidad y el cansancio y, sobre todo, una gran paz. Quizá soy parcial porque soy yo mismo el propietario de esas sensaciones pero es todo eso lo que pasaba por mí en ese momento.
A pesar del frío que hace, pasamos una hora en el monumento. El lugar y lo que sientes allí merece eso y mucho más. Esta vez, ni siquiera el canto de sirena de la civilización se oye.
Aún así, llega un momento en que hay que continuar y es entonces cuando empiezas a fijar la mente en comida, bebida, pies secos... el tema de lo seco toma un cariz especial cuando, durante el ascenso que sigue, pasamos por largas zonas de sendero invadido por matorral que, ahora, está saturado de agua. En cuestión de segundos, estamos literalmente calados de cintura para abajo (sí, sí, igual que anteayer... para qué hacer la frase distinta...). Es molesto pero, ahora, qué leches... ya nada importa. Estamos en Canadá.
Tras coronar el collado que nos permite cambiar de valle, el sendero desemboca en una amplia pista que nos lleva ya hasta el fondo del valle donde encontraremos la carretera y los servicios. Es curioso porque sabemos que están ahí abajo pero el bosque es omnipresente y tan denso que no hay trazas visibles de nuestro objetivo.
El resto del camino se hace largo pero, por fin, emergemos en el punto donde pisamos sendero por última vez: el camino desemboca en una desierta vía de servicio. El cartel que da la bienvenida a quien toma el sendero aquí no menciona el PCT, lo que hace a la foto algo menos significativa y da, si cabe, más valor a las de esta mañana en el monumento. En cualquier caso, estamos a menos de 5 minutos de la zona de servicios y ni siquiera desde aquí tenemos una referencia de por dónde es... sólo se ven árboles. No importa, yo me acuerdo. Por ahí...
No hay gran cosa en Manning Park pero lo es todo: un hotel y un restaurante con tienda para turistas que vienen a ser todo lo que necesitamos. Todo muy bonito, de madera, muy agradable, tal como lo recordaba. Manning fue el punto de inicio de nuestra ruta en 2004 y guardo recuerdos muy buenos del breve tiempo que pasamos en el lugar. Esta vez, no va a ser mucho menos breve pero será igualmente un tiempo muy bonito.

Manning Park
Llegamos a tiempo de la hora de comer y, a falta de alfombra roja, ese va a ser nuestro mejor homenaje. Por cierto, tenemos que empezar a hacer frente al anti-climax: si no lo piensas, puede parecer un día más, una llegada a civilización más, una comida de celebración más... pero no; es la última de todo eso. La vida que hemos conocido durante cinco meses toca a su fin y es difícil hacerse a la idea pero casi mejor no pensarlo.
A mí, en el fondo, no me es difícil olvidar todo eso: es que ¡yo no he terminado! Mañana, volveré a ponerme en marcha. Y la verdad es que, a estas alturas, y pensando en todo lo que acabo de pasar, ¡no me apetece nada! De hecho, durante estas dos últimas jornadas desde Harts Pass, era un pensamiento recurrente acordarme con pocas ganas de que tendría que desandar todo eso y, quizá, volver a pasar por todo el infierno de frío, nieve, humedad... y, encima, en solitario, esta vez. Pues, efectivamente, sea para bien o para mal, mañana por la mañana volveré a caminar, de forma que esto no sabe tanto a final. Algo bueno tenía que tener mi problema con el visado aunque, como ya he contado, ahora mismo, lo que quisiera sería poder coger mañana el autobús a Vancouver, luego Seattle, pero bueno... es lo que hay. Lo bueno es que el pronóstico del tiempo es esperanzador: por primera vez en 10 días, el tiempo va a mejorar, empezando hoy... en teoría; pero, aquí, por el momento, sigue haciendo malo; no tanto como arriba pero llueve a ratos. En fin, hoy me da igual. Espero que sí mejore mañana.
Como no esperábamos de otra forma, no hay más thru-hikers aquí. Me gustaría poder compartir el momento con más gente pero, tal como iban las cosas, doy por bueno no estar solo y, aunque sólo sea uno, Smiley es muy agradable. No es la más expresiva de las personas y trata la situación con su pragmatismo habitual, ni una lagrimilla se le escapa ni nada pero tenemos más de una buena conversación.
El resto del tiempo se pasa entre la lavandería, imprescindible, y el holgazaneo generalizado por el lugar, donde la poca gente que hay son turistas. Como en aquella escena final de El Día de La Bestia (la peli), donde los protagonistas pasean por el parque conscientes de haber salvado el mundo pero sin que nadie más lo sepa, algo así me siento yo... después de tanta atención extra durante el viaje, ahora, cuando ya ha terminado y me puedo sentir "héroe" del todo, nadie me hace caso... nadie sabe nada y supongo que, para ellos, soy un turista más... sobre todo, después de haber lavado la ropa; antes parecería más un indigente, aunque no sé qué iba a pintar un indigente en un sitio como Manning... pero me desvío: es un poco triste no poder estar hablando todo el tiempo de lo que ha sido el viaje, de esta y aquella otra anécdota... pienso, también, que, durante mi corto viaje de vuelta sobre el PCT, podré encontrarme a la gente que esté terminando en ese momento. Eso será divertido.
Hoy es sábado y eso significa que Shooter, probablemente, esté ya en camino. La última vez que nos vimos, hace una semana, no estaba claro aún si yo iba a poder llegar a Manning o tendría que alcanzar Canadá en Hozomeen y le llamo para darle las buenas noticias; efectivamente, ya estaba viniendo para aquí. Nos veremos esta noche.
La cena es tan agradable como la comida, aún hay hambre. Luego, aparece Shooter y tenemos otra sesión de grabación, ahora con historia nueva que contar. Mañana, comienzo mi camino de vuelta a Méjico...