Glacier Peak desde Liberty Cap, Northern Cascades
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Pacific Crest Trail, 2006: Washington

 

Sección 22: Cascade Locks - White Pass

Día 121: Cascade Locks - Rock Creek Tributary (21.6 m. / 34.8 km.)

Acudo a la oficina postal con mis tres cajas y procurando no pensar en que la cámara no haya llegado aún... ¡tendría que esperar! pero hay buenas noticias: ¡tengo correo! Es curioso cómo, a veces, las cosas, simplemente, funcionan. In extremis, pero funcionan.

Después de enviar los tres montones de comida, me siento a abrir mi paquete y echar un vistazo a mi nuevo juguetito: cámara, cargador y un montón de cintas. Pongo una, pruebo todos los botones, verifico que todo funciona antes de no tenga remedio. El conjunto pesa más que mi saco y tienda juntos pero todo sea por ese estrellato cinematográfico que me han prometido.

El inicio de mi carrera cinematográfica

Me lo he pasado muy bien en Cascade Locks y no tengo ganas de irme pero tampoco quiero quedarme más. Me gustaría que volviera a ser sábado por la mañana y así poder estar aquí hasta el lunes pero, llegado este, ya no tendría sentido. Al márgen de la casual coincidencia de días de la semana, tengo que volver al "trabajo". Un poco a regañadientes pero sé que, al final, merece la pena.

La visita a Stevenson de ayer me ha estropeado un poco el momento que viene ahora pero haré como que no ha pasado; a fin de cuentas, fue en coche, que no es lo mismo. Y es que cruzar el Columbia sería un acontecimiento en cualquier caso pero más aún cuando el medio es ese añejo y peculiar puente de nombre Bridge of the Gods. América no se distingue por su historia pero alguna tiene y esta, en concreto, merece la pena contarla:

El Columbia, como todo río y, especialemente, los de su tamaño, ha sido siempre un obstáculo para las comunicaciones terrestres, a la vez que una vía de comunicación, a su vez. Dice la leyenda que, justo aquí, en el estrechamiento del valle pasado Cascade Locks, hubo una vez un gran desprendimiento, procedente de las montañas de la orilla norte. Y cuando digo "gran", quiero decir "gran"... recordad: todo es grande en América. Sigue la leyenda contando que el desprendimiento llegó casi a bloquear el río, dejando sólo un paso angosto sobre el que quedó formado un puente de fortuna que permitió a los nativos cruzar cómodamente durante el tiempo que duró... hasta que el propio río se lo llevó por delante. El caso es que, a este puente providencial le pusieron de nombre el Puente de los Dioses por lo que consideraron un regalo de su parte.

Mucho tiempo después de estos sucesos, hoy en día, hay un puente en el mismo sitio y se llama igual, sólo que este es metálico, a la usanza de los antiguos puentes que se construían para los trenes y clavadito al famoso puente sobre el Forth en
Edimburgo. Bridge of the Gods marca no sólo el cruce del Columbia y el punto más bajo del PCT; también la frontera entre Oregón y Washington y, emocionalmente, el inicio de algo nuevo, el último gran "algo nuevo" de este viaje.

Bridge of the Gods es bastante antiguo y conserva una tradición que viene de la época en que lo construyeron: ¡cobran por pasar! Es muy poca cantidad, creo que la misma que se cobraba hace no sé cuántas décadas, con lo que se ha convertido en un precio simbólico de lo que supone poder atravesar el gran río. Hoy en día, hay más puentes (aunque no muchos) pero, por entonces, este debía ser el único.

Bridge of the Gods

La otra nota curiosa de Bridge of The Gods es que... bueno, es un poco peculiar; es muy estrecho y no tiene ni acera ni arcén... pero es que no tiene tampoco ¡suelo! Ni asfalto ni hormigón, se camina directamente sobre la estructura metálica. Cuando vas en coche, ni te enteras pero, por muy preparado que estés para ello, da yu-yu caminar al tiempo que ves el agua, ahí abajo, a través del mecano.

El caso es que ha llegado el "histórico" momento de cruzar Bridge of the Gods. Me acerco a la caseta del peaje pero la empleada me dice que pase (a pesar de que los peatones también están en la lista de tarifas... pero me lo ha dicho con una sonrisa y no me voy a quejar).

El puente es super-estrecho, apenas caben justito dos vehículos, cuando se cruzan, y no hay espacio extra para peatones, así que hay que cruzar con el resto de tráfico. La situación es curiosa, a ver si la resumo: llevo en las manos mi nuevo juguete, con la intención de inmortalizar el momento, y la cámara de fotos en el bolsillo, como siempre, con la misma intención. Además, no he tenido la precaución de enganchar los bastones a la mochila (daba pereza... si, total, el puente tampoco es tan largo...) y, claro, van en la mano también... con el matiz de que, si alguno se te cae y acierta a colarse por entre la rejilla, no lo vuelves a ver.

Lo de abajo es el Columbia. Prohibido soltar nada

Así que voy agarrado cual lapa a mis bastones, con la cámara de vídeo en la otra mano y necesitando una tercera para las fotos, mientras camino por un suelo que está hecho en un 80% de aire y de cuando en cuando se me cruza algún camión. Si va a ser por eso que las fotos me quedaron un poco mal encuadradas y, alguna, hasta movida, a pesar de que no faltaba luz.

El PCT se recorre más habitualmente de sur a norte y hay una clara tendencia de las señales a favorecer este sentido... con una salvedad muy gorda: Bridge of the Gods. En la entrada al puente por el lado de Washington está el lugar ideal para sacar la foto; el nombrecito en cuestión y la que probablemente es la señal del PCT más grande de todo el recorrido. Al loro con esa esquina superior derecha:

Bridge of the Gods, Washington side

Pues ya estoy en Washington que, en cierto modo, y haciendo una interpretación muy amplia del concepto, es casi una vuelta a casa, después de meses de recorrer terreno que no conocía... bueno, esto tampoco lo conozco pero lo que viene más al norte sí (de sólo una vez, no os vayáis a pensar...) y me entusiasmó tanto el lugar, en su momento, que, de tanto pensar en él y en cuándo volvería, he desarrollado una cierta familiaridad.

Por el momento, de todas formas, nada ha cambiado con respecto a lo que he estado recorriendo en la última época; las montañas aún no son muy altas y el ambiente es análogo al del otro lado del valle. Es decir, esto sigue sabiendo a rutina, agravado ahora por el hecho de que esta zona está relativamente "cerca" (siempre a escala americana) de la civilización y es habitual cruzarse con pistas y hasta alguna carretera menor. No pasa nada, un poco de paciencia... lo mejor de Washington está, por supuesto, por llegar.

 

Día 122: Rock Creek Tributary - Crest Campground (30 m. / 48.3 km.)

Washington es famoso por la lluvia: Seattle, el Grunge, todo eso... bueno, pues, por la mañana, el cielo se empieza a nublar.

Por el momento, sólo caen algunas gotas asustadas pero el cambio de tiempo es evidente y significativo: hasta ahora, vivíamos en una especie de bucólica fantasía en la que siempre hacía bueno y, si cabe, el problema era el calor; con el nuevo escenario, las montañas nos recuerdan dónde estamos y lo crudo que se puede llegar a poner esto. Hace auténtico frío y uno no puede evitar sentirse vulnerable. Lo cual está bien.

El día tampoco tiene mayor historia, en un constante subir y bajar por montañas menores, siempre en el bosque y nunca demasiado lejos de una civilización que pronto iremos dejando atrás pero, por el momento, hay que cruzar una carretera y varias pistas y pasar por un camping que, por otra parte, viene muy bien para coger agua y no tener que purificarla. Valga decir que yo raramente trato el agua que bebo pero sí lo suelo hacer en estas zonas bajas y frecuentadas por los bichos de dos patas, sus vehículos y sus mascotas.

La parte final del día es una subida estilo PCT: larga, larga, larga pero muy constante y poco empinada, para llegar a las alturas donde... hace aún más frío. Una vez en la cresta, la consabida escasez de agua hace obligado el breve desvío hacia un manantial próximo que queda convertido, así, en punto de encuentro de facto para senderistas congelados. Y allí me reencuentro con T-Bird, la senderista de carita dulce. Qué tal, T-Bird, cómo va eso...

- contenta de haber recibido hoy mismo un paquete con mi forro polar...

Así estamos, intentando adaptarnos a las nuevas reglas del juego. Anteayer íbamos en gallumbos por Cascade Locks, buscando la sombra. Hoy, mirando al cielo con la esperanza de ver algo azul para sólo ver gris aunque lo peor es, sin duda, el viento helado.

Dejo a T-Bird haciéndose la cena y continúo hacia el objetivo que me había marcado para hoy, una zona de acampada accesible por pista que, no me cabe duda, estará vacía hoy, siendo martes y con este tiempo tan poco acogedor. El terreno se anima un poco y cruzo algunas zonas bonitas, con mezcla de bosque y roca.

En la zona de acampada, efectivamente, no hay nadie cuando llego yo. El mal tiempo me motivaba también a venir hasta aquí porque puedes contar con que un sitio de estos estará resguardado. Y así es; el bosque es denso pero abierto, el campamento perfecto.

Lado de barlovento, directo al suelo

Un rato después, llega T-Bird, que había decidido continuar un tramo más, y hacemos frente al frío, T-Bird con su nuevo forro polar y yo sin él, para un agradable rato de charla antes de ir a dormir. A última hora, se nos suma también otro senderista que viene en dirección sur. Sienta muy bien compartir experiencias de rato en rato.

 

Día 123: Crest Campground - Trout Lake Creek (25.9 m. / 41.7 km.)

Al amanecer, el tiempo sigue igual, con una diferencia: se pone a llover, que es lo que faltaba. No envidié al señor que llegó tarde anoche cuando le oí recoger mientras aún ni se había hecho de día y yo seguía confortablemente acurrucado en mi saco pero sí le envidié un poco cuando empezó a llover (y él ya se había marchado). Recoger campamento mientras llueve no mola.

Una de las pegas de utilizar el aislante como armazón de fortuna para la mochila es que es un tanto complicado cargarla desde debajo del tarp, sobre todo cuando lo has montado con un perfil discreto, por el viento, como he hecho yo esta noche... al final, harto de tanta contorsión, agarro las cosas y me voy bajo el tejadillo de la letrina, única infraestructura en la zona de acampada pero que me viene muy bien para conseguir una mochila con buena pinta.

Me despido de T-Bird y salgo ahí fuera esperando calentar un poco ese cuerpo asustado a base de caminar. No puedo evitar recordar los días de la Alta Sierra y comparar lo diferente de las situaciones: allí, las mañanas eran frígidas pero, al rato de partir, ya empezaba a sobrar ropa y, si te tocaba tendido de sol, se estaba muy bien; hoy, en las Cascades, ni estamos tan altos ni hace tanto frío pero llueve, todo está húmedo y hace un viento helado, la combinación ideal para pasar un mal rato. Estoy congelado y tengo ocasión de comprobar los límites de mi equipo: ni se me ocurre, por ejemplo, ponerme esa falda impermeable que me ha costado un alias tan apañado... me quedo con el pantalón largo y espero que no se moje mucho pero ni de coña voy a exponer las piernas, era lo que me faltaba...

Cuando paso por una zona de cresta muy expuesta, voy pensando en todo lo que me queda aún por caminar y en lo duro que va a ser si hay muchos días como este. Es un tiempo complicado, a caballo entre el verano y el invierno, lo que por aquí llaman el "tiempo de hipotermia" y con razón: la humedad, el frío y el viento te dejan petrificado y un equipo exiguo como el que llevo yo no ayuda.

Así de sombría se pone la cosa en los bosques de las Cascades cuando hace malo

Celebro, por tanto, cuando el sendero toma cuesta abajo y se mete en laderas más protegidas. Menos mal... y celebro más aún cuando, hacia mitad de día, deja de llover y hasta aparece algún claro. No dura mucho, las nubes siguen ganando y siguen siendo muy oscuras pero la lluvia ya es sólo intermitente.

Con más razón que nunca, tengo el objetivo puesto en una zona baja y protegida como final de etapa para hoy. Antes, tengo que cruzar nada menos que dos carreteras... por las que debe pasar un coche cada tres días (entre las dos) pero no deja de ser inusual en el PCT. En fin, mañana llego al monte Adams y ahí las cosas van a cambiar. Espero que el tiempo también.

 

Día 124: Trout Lake Creek - Midway Creek (29.9 m. / 48.1 km.)

Adams es otro de la serie de grandes volcanes cascádicos: Lassen, Shasta, Jefferson, Hood... es como un tiro-por-que-me-toca de las grandes dimensiones en el que quedan aún dos grandes piezas: Adams y Rainier. En realidad, este último no es flanqueado por el PCT pero sí pasamos cerca, la mejor forma de obtener las mejores vistas de la más impresionante montaña. De todas formas, aún quedan días para eso.

No para Adams, que viene hoy mismo. Buenas noticias para los que, a estas alturas, necesiten un poco de wilderness (¡yo!!!) y, sobre todo, estupendas noticias considerando que todo parece indicar que voy a poder disfrutar de Adams con buen tiempo: no ha llovido durante la noche y, nada más levantarme, miro al cielo para verlo despejado. Aún hace frío pero ya ni siquiera viento. Hoy sí que conseguiré mantener la temperatura corporal con sólo el calor del motor.

Al igual que en Hood, sé que estoy ya ascendiendo hacia la base de Adams pero porque lo dice el mapa; en el terreno, sólo veo el bosque de siempre hasta que, por fin, el sendero me saca de la reclusión y aparezco en paisajes alpinos y, por fin, panoramas de la cara sur del monte Adams. Espectacular montaña, aunque su mejor vista está por llegar.

Me cruzo con un south-bounder (uno que camina hacia el sur; como mola el inglés para hacer palabros nuevos todo el rato...) que me adivierte de un desprendimiento que ha borrado del mapa un corto tramo de sendero en las Goat Rocks... bueno, no llegaré ahí hasta mañana, y si llego; aún me queda mucho trabajo antes de eso. De momento, buenas vistas hacia atrás:

Mt. Hood desde las faldas de Adams

El siguiente encuentro no tiene desperdicio y es para mí un placer hablar aquí de uno de los senderistas y una de las personas más especiales que he encontrado durante todo el viaje; y mira que nuestros dos encuentros fueron breves... Scott Williamson está sentado mientras una senderista veterana le examina el pie. Ahora voy con lo del pie pero, primero, recordar que Scott es una de las celebridades del PCT, algo que se ha ganado a base de mucho caminar; es el único senderista, que se sepa, que ha conseguido completar el sendero completo ¡ida y vuelta! en una sola temporada; lo consiguió en 2004 y lo está volviendo a intentar este año, 2006. Pero lo mejor de Scott no es su prodigiosa capacidad y voluntad para tamaña empresa sino que es un chaval super humilde, sencillo y atento. Me le encontré por primera vez en la Alta Sierra, hace casi tres meses, cuando nos adelantó en su viaje hacia el norte y me le encuentro ahora, por segunda vez, cuando él ya vuelve hacia el sur... y ¡se acuerda de mí! Y con esto quiero decir, en el fondo, que si se acuerda de mí es porque se acuerda de todo el mundo. Y no le importa un ápice que sus jornadas sean maratonianas, todas, que siempre encuentra un hueco para pararse y charlar con quien se cruce. Supongo que habrá repetido una y otra vez el mismo intercambio: recibe los comentarios de admiración con sonrisa simpática e insiste en que no es nada del otro mundo... sólo mucha voluntad y caminar muchas horas.

Scott es todo un ejemplo y fuente de inspiración. Con él, se invierten los términos. Ahora, soy yo el que le da la enhorabuena por lo que está haciendo, ánimos para lo que resta y elogios por lo que considero algo tan impresionante. Cuando yo estoy en la otra posición (que es casi todo el rato) y alguien me viene con la misma retahíla, a mí me hace ilusión, sí, y eso está bien, pero no puedo evitar pensar en Scott y mi respuesta no puede ser otra. No soy nada. No somos nada.

Y voy con lo del pie: resulta que Scott tiene una infección fea en la uña del dedo gordo. Se acaba de encontrar con una pareja de senderistas en la que ella es cirujana profesional y se ha ofrecido a echarle un vistazo. El diagnóstico: una uña encarnada. Le dice que le podría limpiar la zona pero que le iba a doler... y él dice que adelante, así que juntamos analgésicos para que Scott se tome un buen chute y lo pueda pasar lo mejor posible.

Tengo la ocasión de presenciar, por primera vez, un auténtico caso de cirugía en el sendero. Pienso en la cámara de vídeo y en que esto sería una buena historia pero dudo si no raya el mal gusto y me da corte siquiera preguntar... pero da igual. Scott lleva otra cámara, igual que la mía, también de parte de Shooter (somos los Shooter-kids) y el colega no tiene más idea que sacarla y ¡filmar él mismo!, añadiendo comentarios tipo "bueno, tengo esta infección chunga y la señora esta, que es cirujana, me está haciendo un apaño... ¡au!...". Y la cirujana:

- Esto te va a doler...
- Vale, vale, adelante.

Y, aparte de los ocasionales gestos y expresiones de dolor, el tío está tan feliz. No puedo dejar de sentir admiración por Scott.

Cirugía en el sendero

Les dejo con la operación casi terminada y me despido. Ha sido un placer compartir este rato pero se me hace tarde y yo no tengo el temple de Scott Williamson, me pongo nervioso enseguida cuando miro el reloj y empiezo a sentir que no me salen las cuentas.

A todo esto, acabo de llegar al inicio del flanqueo del monte Adams, un espectacular recorrido por la falda oeste de la montaña, justo por encima del límite de los árboles, con hermosas vistas de las laderas y sus glaciares y un extenso panorama hacia el oeste que incluye el aún humeante monte St. Helens.

St. Helens, por cierto, merece un comentario aparte: en nuestra limitadísima escala temporal, la humana, podríamos estar tentados de considerar las erupciones volcánicas en las Cascades como cosa del pasado. Necesitaríamos ver las cosas a escala geológica para darnos cuenta de que nada más lejos de la realidad, las Cascades siguen en proceso constante de formación/destrucción y la actividad que las origina y las destruye sigue viva ahí abajo. Y St. Helens es la prueba evidente: famoso monte porque, en los años 80, una gran erupción le voló la cabeza y se quedó sin su antigua cima, sustituída ahora por un enorme cráter al que, además, le falta la mitad. En 2004, y sólo semanas después de que yo mismo estuviera por aquí cerca, St. Helens volvió a dar señales de vida, aunque no a esos niveles. Dos años después, aún se puede ver claramente una columna de humo saliendo del cráter.

Y hay más: hacia el norte, aparece la inconfundible e inigualable figura del monte Rainier, el gran volcán, el que deja casi pequeños a todos los demás. Rainier está fuera de la traza del PCT y, precisamente por eso, le tendremos a la vista durante unos cuantos días. Por eso y porque su gigantesca y blanca silueta se levanta varios miles de metros sobre todo lo que le rodea. Hablaré más y mejor de Rainier. De momento, soy feliz de poderle contemplar, por fin, aunque aún sea de lejos.

La travesía de Adams supone una cierta reconciliación con el PCT; después de varias jornadas un tanto alejadas del aura que me ha traído hasta aquí, el sendero vuelve a separarse de la civilización y acercarse a paisajes tan evocadores como las faldas de un gran volcán, sus praderas alpinas, sus torrentes glaciales y las masas de hielo que les alimentan, ahí arriba, camino de la cumbre. Así sí juego.

Me encuentro con otro senderista que, según me cuenta, ha venido para un viajecito de unos cuantos días. Se le ve feliz de estar aquí y le entiendo: yo también lo estoy. Estamos justamente debajo de esa inmensa lengua de hielo que es el glaciar Adams. Creo que ni siquiera es el más grande de este monte (hay más en la cara noroeste) pero este es, probablemente, el más fotogénico, por esa apariencia de gran cascada helada:

El glaciar Adams

Un poco más alante, alcanzo a una pareja que me cae simpática antes siquiera de que me hayan sentido llegar: en la parte de atrás de sus mochilas, portan sendos carteles con la popular pero, en estos ambientes, inusual frase: "Just married". Camino un rato tras ellos sin saber si hacerme oír o dejarlo estar hasta que una telepatía retardada les hace notar mi presencia. Conocí a Jackalope & Eagle Eye en el segundo día de mi viaje, hace 4 meses, cuando aún no se habían casado y apenas les recuerdo pero ya iremos atando cabos. Son una pareja muy simpática y especialmente ella es muy cálida y cariñosa. Según me cuentan, la idea de celebrar su boda a mitad de PCT surgió sobre la marcha. Idea genial, debo decir.

Jackalope y Eagle Eye son otras de las víctimas de Shooter y también llevan otro clon de mi cámara. Qué curioso, hoy será el día en que todas las cámaras que Shooter ha distribuído por el PCT han estado a unos pocos kms. unas de otras. Podéis ver a estos dos, así como a Scott, y algunos más, en el trailer que Shooter ha colgado en su espacio web.

Entre tanto regocijo, algunas malas noticias: ¿alguien recuerda, a estas alturas, mi cuádriceps lesionado? Yo sí. Nunca le había olvidado y le he estado mimando desde que salí de Cascade Locks. Hoy, por la tarde, saliendo de Adams y a la vista de que parece que no se está resintiendo, decido aprovechar la cuesta abajo para ponerle a prueba: vuelvo a caminar "normal" y le hago trabajar como un músculo mayorcito. Su respuesta: a la media hora, vuelve a doler como en sus mejores momentos.

No sé si sentirme peor por el dolor en sí mismo, por la preocupación que me causa ver que no se termina de curar o por lo imbécil que me siento por haber sido demasiado optimista y haber despertado a la bestia. El caso es que las últimas millas del día son un nuevo calvario que apenas consiguen aliviar los millones de bluberries tamaño melocotón que me como por el camino.

La guía prometía un lugar idílico para acampar pero me encuentro con algo bastante más mundano, aunque servirá. Adams ya ha quedado atrás pero aún se le ve cuando los árboles dejan hueco. El terreno es ahora más rutinario, otra vez, pero mañana llegan las Goat Rocks.

 

Día 125: Midway Creek - Elk Pass (25.6 m. / 41.2 km.)

The Goat Rocks: con ese nombre, uno pensaría que son unas rocas donde viven cabras; algo así, pero no tan simple: Goat Rocks es la primera gran zona alta-montañosa en Washington, según se viaja hacia el norte. Adams era un monte gigantesco pero aislado. Goat Rocks es todo un macizo y hacia allí me lleva hoy el PCT.

He captado el mensaje y trataré a mi cuádriceps izquierdo con mimo, por muy callado que parezca. Hoy vuelve a un estado más estable pero tengo claro que aún no puedo hacerle trabajar normalmente.

Inicio el día ansioso por llegar a las grandes montañas pero aún me queda una larga travesía por una zona de transición que, afortunadamente, está lo suficientemente lejos de la civilización. Tras la consabida ración de bosque y lagos, comienzo el ascenso, que va a ser largo, pero no pasa nada, para eso estamos aquí.

Goat Rocks es conocido por la necesaria travesía de un pequeño glaciar y un largo tramo de estrecha y aérea cresta; todo ello, en la segunda parte. Antes, el ascenso me deposita en terreno de alta montaña, al pie de escarpados picos, donde el PCT une collados a base de flanquear laderas, por encima del límite del bosque, todo muy bonito. Más adelante, un área de perfiles más amables pero donde continua el ambiente alpino; hay gente acampada aquí y allá, consecuencia lógica de que hoy es viernes y es festivo: labor day, el día del trabajo, la fiesta que da carpetazo oficial al verano en EE.UU. y una popular fecha para subir a las montañas y pasar unos días. Goat Rocks es un sitio perfecto.

Un poco más de subida y llego a la zona más alta, donde ya apenas queda vegetación y es todo roca. Aparece, ahora ya más cerca, la imponente figura de Rainer, ese panetone con nata que ahora sirve de referencia perfecta de progreso.

Goat Lake y Mt. Rainier, al fondo

Al tiempo, alcanzo también la vista del glaciar Packwood y la cresta hacia la que veo dirigirse la traza del PCT. ¿En serio hay que ir por ahí??? Pero ¡si el PCT era un sendero facilito! Durante los kilómetros que siguen, y según avanzo, escudriñaré la orografia de la zona para intentar averiguar por qué han trazado el sendero en el filo de la navaja y no en el valle. Las vistas van a ser espectaculares pero ahora entiendo los malos ratos que históricamente pasa la gente aquí cuando hace mal tiempo. Hoy, se ha levantado un incómodo y frío viento que suena a mal augurio pero, por el momento, el cielo sigue azul.

El glaciar Packwood es muy pequeñito y la parte que hay que atravesar es más un nevero grande; el hielo queda un poco más abajo. No es problema.

La travesía de la cresta es larga, interminable e increíblemente hermosa. Rainier sigue ahí, cada vez un poquito más cerca, y las vistas son de dos tipos: de 180 o de 360 grados, según la orografía del momento. El viento es frío e incómodo y, de alguna forma, la situación me tiene un poco tenso. No sé por qué, no hay razón objetiva... quizá, simplemente, el hecho de que se hace tarde y estoy en una zona tremendamente expuesta y sin apenas nada plano, salvo la propia y exhigua traza del sendero, pero sé que no debería tener problema para llegar a terreno más amable a tiempo de acampar cómodamente. Debe ser, simplemente, el miedo escénico de sentirte tan pequeñito en un entorno tan grande. Aquí, además, quedan ya atrás los campistas de fin de semana y me encuentro solo. A estas alturas, eso no es ninguna novedad, precisamente, pero... yo qué sé, los caminos de la mente son inexcrutables (toma palabro cursi...).

La cresta en Goat Rocks

Sigo adelante, progresando a ritmo moderado gracias a que no puedo evitar pararme cada veinte metros para hacer otra foto más o para filmar otra panorámica espectacular. A todo esto, ¿y las cabras?

Siempre es un placer encontrar animales silvestres en su entorno pero estos son unos bichos especialmente especiales. Yo sólo les he visto en foto, por ahora... suficiente para encariñarte de ellos: a medio camino entre una cabra y el yeti, son una especie de peluches inmaculadamente blancos. Les darías un abrazo si pudieras. Y ahí voy yo, con un ojo en los barrancos a ambos lados del sendero y otro en un posible punto blanco en el horizonte. Goat Rocks: ya veo las rocas; me faltan las goats.

Y, aunque sea de lejos, ahí está. Más tarde, me sentiré un tanto decepcionado cuando, escuchando las historias de los demás, parezca que todo el mundo a visto un rebaño entero a quince metros pero, por el momento, yo estoy absolutamente feliz con mi única cabra blanca peluda a algo así como doscientos. Iba a poner la foto, siquiera a título ilustrativo pero es que no es más que un triste puntito blanco en la pared... casi mejor que hagáis una búsqueda en la red por "white goat" y seguro que sale algo mejor.

Sólo un rato más tarde, el sendero abandona, por fin, la cresta, para caer hacia una ladera y empezar, por fin, el esperado descenso hacia terrenos más amables. Voy pendiente del supuesto desprendimiento, que debe estar por aquí. El PCT baja hasta una gran hoya donde abundan los pequeños reguerillos, recién nacidos en los neveros de las laderas. Empiezan a aparecer algunos tímidos árboles y no puedo evitar pensarlo: qué pasada sería dormir aquí...

pero, no, yo tengo que seguir hasta donde había pensado llegar... una o dos horas más para llegar a un bonito lago en medio del bosque donde la guía me anuncia una estupenda zona para acampar... sin vistas ningunas. Y cuando paso junto al último grupete de abetos, justo antes de acometer un talud que me sacará de la alta montaña, avisto un perfecto hueco entre los árboles donde voy a caber justito pero bien resguardado del viento... y no me lo pienso más, voy para allá.

Yo soy muy disciplinado (léase, burro) con esto de los planes y me gusta cumplir lo que me trazo pero hay momentos en que ni siquiera yo puedo dejar de estar más feliz de mandar a la porra los planes. Este va a ser uno de mis campamentos más hermosos, sin nadie en lontananza, como si estuviera sólo en el mundo y en un entorno espectacular. Bien cerca de las estrellas.

 

Día 126: Elk Pass - White Pass (14.8 m. / 23.8 km.)

Duermo inmejorablemente. El lugar, además de espectacular, no podía ser más perfecto para un campamento: al borde de un talud, con preciosas vistas pero la protección justa de un pequeño grupo de árboles que me arropan como la mejor abuela. Al final, el viento se ha calmado y ha sido una noche muy tranquila pero hubiera podido estar confortable en cualquier caso.

Por la mañana, el cielo sigue despejado. Me levanto y salgo de mi cubículo para encontrarme con una inesperada y preciosa imagen: un rebaño de elk está haciendo de las suyas a poca distancia. Los elk son como una especie de ciervos grandes, no sé cuál sería su nombre en castellano, si es que lo tienen. Yo lo he visto traducido como "alce" pero no está bien; los alces son otra cosa bien distinta. Elk son ciervos (cara de ciervo, cuernos de ciervo...) pero de un tamaño enorme, no creo que en Europa los haya tan grandes.

Me estoy un rato contemplándoles, disfrutando del momento. Aparentemente, no me han visto ni olido ni nada... vamos, que actúan como que no saben que estoy aquí y eso es lo mejor, una oportunidad inigualable para contemplar animales de verdad, haciendo sus cosas de verdad, no influenciados por presencias ajenas. Y lo mejor llega cuando, ya de vuelta al lugar donde he dormido (desde donde no les veo), oigo un sonido que me sorprende: es como un grito agudo. No el tipo de sonido que uno asociaría a unos animales tan grandes como los elk pero ¡sólo pueden ser ellos!

Supongo que se trata del episodio otoñal de los ciervos, que sí tiene un nombre en castellano, aunque no me acuerdo de cuál era. Es sorprendente oírlo en directo y me siento muy afortunado. Cuando luego me den envidia con los rebaños de cabras peludas, yo me acordaré de los elk y sus voces.

Como de costumbre en el final de sección, he intentado dejar un último día lo más corto posible para poder tener unas horas de relax en civilización sin perder un día entero. Al final, y a causa del recorte de ayer, me ha quedado un trozo un poco largo pero es mayormente cuesta abajo. Y, sobre todo tras el episodio con los elk, no puedo estar más feliz de haberme quedado aquí.

Empiezo a descender y me sorprendo de no encontrar el desprendimiento. Ayer había identificado una zona, un poco más abajo, donde parecía que podía estar pero paso por allí y ni rastro; sendero limpio. Lo más curioso es que no es sólo que me lo hayan comentado senderistas que venían de frente... es que hasta me encontré un cartel del servicio forestal, en un cruce con una pista, antes de subir a Goat Rocks, avisando del asunto... pues no sé... o ha desaparecido solo o ha sido una alucinación colectiva.

Pronunciado descenso que me lleva al pequeño lago donde pensaba haber dormido... muy agradable lugar pero nada que ver con las alturas. Mucho más bonito allí.

No había reparado yo que, desde aquí, había que volver a subir, y mucho, para llegar a otra cresta y recorrerla durante un buen rato antes de la bajada final hacia White Pass. Como suele suceder al final de sección, ya sólo pienso en llegar y no me sienta bien tener que subir.

Me cruzo con un elk, precioso, al que veo mucho más cerca que a los de esta mañana (a lo mejor es uno de ellos, y todo...) pero durante mucho menos tiempo; sale corriendo en cuanto aparezco. Asombroso lo ágil que es y lo rápido que se mueve por la ladera, escarpada y cubierta de bosque. Desaparece en segundos, no sin llevarse mi saludo y buenos deseos.

El nuevo tramo de cresta es muy bonito, con estupendas vistas del macizo de Goat Rocks, a un lado, y del cada vez más cercano Rainier, por otro. Casi se me olvidan las ganas de llegar y el cansancio (mental) asociado. He aquí una imagen ya clásica (creo que todo el mundo saca esta foto):

Mr. Rainier, asomando tras la cresta. La traza es el PCT

El caso es que, por fin, afronto el último y largo descenso que me deja en White Pass. Allí, lo único que hay es una carretera pero, en el mismo collado, hay una gasolinera y un motel. La gasolinera tiene una tienda, acepta paquetes y dispone de un modesto servicio de lavandería; es decir, todo lo que un thru-hiker necesita. Hay quien hace auto-stop hacia la población más cercana, puerto abajo, pero tengo claro que a mí no me merece la pena. Está lejos y White Pass es perfecto.

Mi única preocupación es una inusual en este viaje: en USA, todo está sobredimensionado, de forma que, por ejemplo, jamás va a ser un problema encontrar alojamiento; llegas y listo (bueno, salvo accidentes como el de Sisters...). Pero hoy es sábado de labor day weekend, es decir, un fin de semana de máxima ocupación... y, tras seis días, siento que necesito un pedazo de civlización, estoy cansado. No quiero ni imaginarme encontrarme el motel lleno, por lo que voy un poco apresurado y tenso... pero aún es media mañana y no hay problema, encuentro habitación. El motel acabará llenándose al final del día.

El lugar es, obviamente, minúsculo, sólo hay dos edificios y son contiguos, con lo que no hay que andar nada. Ideal. La tienda vende fritongos y alguna otra cosa caliente, además de lo típico y esperable en este tipo de tiendas; es todo lo que hay pero sabe perfecto. Recojo mi paquete, al tiempo de que soy consciente de que aquí habría podido comprar provisiones suficientes pero es difícil valorarlo sin haber estado allí. Ya lo sé para otra vez.

Provisiones esperando en White Pass. A la derecha, típico "thru-hiker mess..."

Por la tarde, me voy encontrando gente: el trío de Cascade Locks, Flow Easy, Puff puff y Snappy, que no sé cuándo han llegado; Adam Listo, que está pasando unos días de descanso aprovechando que aquí ha recibido la visita de su madre. Y, más tarde, aparecen Jackalope + Eagle Eye, que encuentran habitación in-extremis para ellos y Mamma + Chia, a quienes aún no conocía y que vienen justo detrás. Con ellos cuatro compartiré unas cervezas y un buen rato.