Viajar
a Pie |
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Pacific Crest Trail, 2006: Oregon
Sección 21: Big Lake - Cascade Locks |
Día 114: Santiam Pass - Whitewater Creek Road (27.5 m. / 44.3 km.)
El comienzo del día es una prolongación del buen rollo de la tarde anterior. Hay desayuno comunitario entre la poca gente que queda en Big Lake. Yo soy el thru-hiker del día aunque tampoco me hacen mucho caso por ello. Necesito llamar por teléfono para recopilar las últimas noticias del Puzzle Fire y no me faltan ofertas de teléfonos móviles. Llamo con los sentimientos encontrados de desear buenas noticias pero esperarlas malas y, a la postre, doy por bueno el empate: el incendio sigue su curso descontrolado; está en un área Wilderness, de difícil acceso y lejos de cualquier centro de población y, según me dicen, apenas han empezado a hacer nada al respecto. Lo "bueno" es que, por el momento, la zona cerrada no ha crecido. Esto es vital: ahora mismo, afronto un día completo por carretera, cerca de 30 millas, para pasar de largo el incendio y llegar al primer acceso abierto para llegar al PCT; si cerraran este, la situación se agravaría mucho porque, pasado ese punto, la carretera abandona la dirección norte y gira al oeste para hacer un inmenso arco, antes de volverse a acercar a las montañas. Esto implicaría, prácticamente, otro día completo más en carretera. De ahí que doy por bueno el hecho de que la ruta vía Whitewater, en la que tengo puesto el objetivo de hoy, siga abierta. Me indican que llame más adelante en el día para noticias más actualizadas; pasaré por un sitio con teléfono por la tarde pero pienso que casi prefiero no llamar y no saber nada nuevo: no news is good news.
La última cosa que necesito de los amigos de Big Lake es que me lleven a Santiam Pass, que son 11 kms. y, por supuesto, no tengo que insistir nada; formo parte del viaje mañanero hacia Sisters; esta vez, con parada en el punto donde dejé el sendero (mejor dicho, la carretera) ayer por la tarde.
Y aquí empiezo una nueva sesión de purgatorio asfáltico. Recordando lo de ayer, hago un esfuerzo mental por tomármelo con filosofía; aceptar que me espera un día entero en la carretera y procurar llevarlo lo mejor posible. Y no es fácil.
En cierto modo, esto me sorprende y hasta merece comentario; en Europa, no es raro acabar caminando por carreteras, alguna vez y, aunque nunca me ha gustado, tampoco me ha parecido para tanto... se hace y ya está. Pues, aquí, no sé por qué, se me atraganta. Quizá porque la carretera está relativamente concurrida, quizá por las largas rectas que parecen no acabar nunca... no sé; pero el buen ánimo me dura lo que el descenso de Santiam Pass y poco más.

Highway 22, mi PCT de circunstancias
El día se me hace tan difícil de llevar como el de ayer. Descanso un rato aquí y allá, refresco los pies en un arroyo, como algo... nada parece ayudar. El único acontecimiento simpático se da cuando un coche llega por detrás y se detiene a mi altura: por lo que entiendo, y por la pinta de los del asiento de atrás, hay uno o dos thru-hikers haciendo el tramo de carretera de forma más expeditiva. Ofrecen llevarme pero, sintiéndolo mucho, tengo que declinar. Son muy simpáticos y, al menos, me alegran el rato.
La carretera discurre entre bosques, encajonada en un valle sin vistas. No tengo ninguna pista del incendio, ni siquiera humo en el ambiente. No paso por ningún pueblo y sólo al final de la tarde llego a un lugar donde hay un bar de carretera. Es ahí donde está, también, el teléfono que podía usar para llamar a los Rangers y preguntar por las últimas novedades. He llegado justo a tiempo de hacerlo, antes de que cierren la oficina, pero decido no llamar, por lo comentado arriba: sé que no me van a dar buenas noticias. Y, si son malas, prefiero no saberlas. Ya me han demostrado que no son muy de fiar.
Paro un rato a descansar y comer algo. Frente al bareto, hay un vehículo de bomberos y, a su alrededor, varios de sus ocupantes, tomándose un descanso. Me acerco y les pregunto: me confirman que están encargados de trabajar en el Puzzle Fire pero que no han comenzado aún con tareas de extinción propiamente dichas. Me cuentan la localización actual del incendio. Les comunico mi plan de acceso al PCT y me tranquiliza lo que oigo: es muy poco probable que el fuego llegue siquiera a acercarse a esa zona; por el momento, hay una gran cresta en medio, que es lo que yo había visto en los mapas. Y ¿de quién me voy a fiar más que de los bomberos?
Son muy simpáticos, me dan agua fría y me desean suerte. Y, sobre todo, me han dicho lo que quería oír.

Los bomberos a los que todo el mundo da las gracias. Yo, también
Con un poco de mejor ánimo, prosigo. Ya queda poco tramo de carretera y eso me anima también. Llego, por fin, al lugar donde parte una pista que me introducirá de nuevo en las montañas para desembocar en un sendero que me llevará a la cresta y, por fin, al PCT. No me va a dar tiempo a llegar hoy, desde luego, pero, por el momento, no hay señal de que esto esté cerrado.
Dejo atrás la carretera con alivio y avanzo todo lo que puedo, hasta que encuentro un agradable rincón junto al torrente Whitewater. El nombre no es casual, tiene el caraterístico tono lechoso de los torrentes glaciales. Ahora, aún no lo veo pero, ahí arriba, el gigantesco monte Jefferson está, efectivamente, cubierto de glaciares. Mañana podré contemplarlo, si todo va bien.
Día 115: Whitewater Creek Road - Head Lake (24.2 m. / 38.9 km.)
Según avanzo por la pista, fantaseo con la idea de que me alcance el coche de los Rangers que vienen a cerrar el sendero que voy a tomar para subir al PCT. Tanto es así que, en el par de ocasiones en que oigo un motor acercándose, me entra cierto nerviosismo. En ambas, falsa alarma, eran excursionistas.
Tras un par de horas, llego al final de la pista, donde hay una zona de aparcamiento donde encuentro a los dos vehículos que me han adelantado y a bastantes más, aunque a ninguna persona. Allí mismo, empieza el sendero esperado y, por supuesto, no hay ninguna señal de cierre. Me río de lo que para entonces considero ya mi paranoia tonta y hasta me tomo un rato de descanso antes de desaparecer sendero arriba. Más tarde, supe lo cerca que estuve del desastre: sólo un par de horas después de que yo saliera de allí, el servicio forestal cerró el acceso por Whitewater. La historia, al final del día.
Por el momento, yo, inocente y ajeno a los designios gubernamentales, subía feliz, contento por pisar de nuevo un sendero; un buen sendero, además, que, en poco rato, me iba a llevar hasta el PCT. Veo la cresta que, supuestamente, me separa del Puzzle Fire; y digo "supuestamente" porque no hay ni rastro del incendio, ni siquiera humo... parece ser que los incendios tienen una naturaleza pulsante, avivándose y remitiendo con los ciclos del día y la noche; esto es, por la noche hace frío y el fuego baja de intensidad. Ahora, es la mañana temprano y, aparéntemente, aún no ha empezado a revivir. La mencionada cresta es muy alta y empinada. Aunque está cubierta de bosque, no parece probable (casi ni siquiera posible) que el incendio "salte" eso. El fuego viaja bien cuesta arriba pero no tan fácilmente cuesta abajo. Aún no me puedo creer que cerraran esta zona pero luego voy con eso.
Por el momento, sigo adelante. Me encuentro con un señor que ha salido a coger bayas y que, por fin, me enseña la diferencia entre las azules (blueberries, que yo conocía ya de otros años) y las negras que, según me explica, son huckleberries y, supuestamente, tienen un sabor ligeramente diferente. Yo creo que depende más de lo maduras que estén unas u otras pero da igual, están todas muy ricas. Hay muchas huckleberries por el camino (imagen en diario).
Alcanzo, por fin, vistas frontales y espectaculares del imponente monte Jefferson, con sus glaciares espléndidos. Este tipo de montañas siempre suponen una dificultad latente: vados potencialmente complicados en los ríos de deshielo. Si no recuerdo mal, fue aquí donde murió ahogada una senderista en 2005. En esta ocasión, emergeré en el PCT justo después del flanqueo de la montaña, con lo que evitaré el posible problema. Por buscar algo positivo a los dos días horribles que acabo de pasar.
Si lo hubiera podido abarcar, le hubiera dado un abrazo pero es difícil abrazar a un sendero. Tanto da, el reencuentro con el PCT es el reencuentro con un viejo amigo. Qué mal lo he pasado en el mundo civilizado... pero, ahora, ya estoy "en casa" y lo mejor es que ¡es eso exactamente lo que siento! Después de tanto tiempo en el sendero, este es "casa". Es aquí donde me siento a gusto y es aquí donde quiero estar. Adoro la vida en el sendero y, sobre todo, aprecio la simplicidad y la facilidad de la vida en el sendero, en fuerte contraste con lo complicado que se vuelve todo, a veces, en el asfalto. Estoy de vuelta y me siento en mi hogar.

Esas tres palabras y esa flechita...
Y es que, encima, esta zona es preciosa: praderas de altura, numerosos lagos, en la misma base del monte Jefferson, bajo los glaciares de su cara norte. Tengo la mejor bienvenida.

Mt. Jefferson en toda su gloria
El sendero sale de allí cuesta arriba, coronando una cresta de altura notable y, a pesar de las fechas (mediados de agosto), al otro lado, en cara norte, hay amplios neveros. Según la guía, aquí hay nieve casi todo el año.
Abajo, al fondo, se ve ya Ollallie Lake, el más grande de los cientos de lagos de la zona. Hasta allí llega una pista y existe un pequeño establecimiento rústico-turístico, un tanto caído en desgracia entre los thru-hikers porque han dejado de aceptar paquetes postales, con lo que el lugar ha perdido el 250% de su atractivo. Yo tampoco voy a repostar allí pero, dada la hora que es, mi jornada va a concluír por allí cerca.
Decido parar en Head Lake y, al llegar allí, veo que hay ya gente acampando... pues vaya... lo percibo como un handicap, hasta que veo de quién se trata:
- espero que tengáis sitio para uno más...
El destinatario de tal saludo era un agachado Sugar Daddy, a quien no veía desde Burney Falls, en algún lugar de California, hace mucho tiempo. Un poco más allá, montaban su gigantesca tienda para expediciones polares mis suizos favoritos, Pang y Swiss Miss.
Nos alegramos de vernos pero no de la razón de habernos encontrado que, por supuesto, tiene relación directa con los incendios. El trío ha utilizado las mismas carreteras que yo para rodear las zonas afectadas pero en coche, o coches. Pero ¿cómo habéis llegado hasta aquí? No os he visto adelantarme... y aquí es donde me cuentan su odisea de hoy, casi comparable a la mía, aunque a otro nivel: a base de auto-stop, llegaron a uno de los accesos oficialmente cerrados y, cuando estaban a punto de desaparecer sendero arriba (según contaban, no había rastro del incendio), aparecen los Rangers y les dicen que por ahí no pueden subir; y les obligan a volver atrás, hasta la carretera. Por lo menos, les llevan hasta allí. Su segundo intento es en Whitewater, por donde he subido yo y, tras oírles, no doy crédito: cuando llegaron allí, a mediodía, se encontraron este acceso recién cerrado.
Yo les cuento que había subido por allí tan sólo un par de horas antes y me confirman que los Rangers les dicen que acababa de tomarse la decisión de cerrar Whitewater. Me cuentan, con resignación, cómo no había señales del incendio en ese área y yo les confirmo que no las había visto, así como lo que me comentaron los bomberos. Coincidimos en que esto es un nuevo episodio de exceso de celo y falta de consideración hacia los senderistas. Yo me quedo con el susto en el cuerpo por lo que podía haberme pasado y estoy tan enfadado que me siento locuaz y les echo un mitin anti-burocracia de lo más inspirado. Me dicen que les hace gracia verme de tan mala leche.
Ellos, al final, han tenido que seguir la carretera bastante más allá. No les ha costado esfuerzo físico, han ido en coche, pero sí el peso psicológico de haberse tenido que perder un tramo enorme de sendero. Están más o menos resignados y, lo mismo que yo, felices de volver a estar en el PCT.
Día 116: Head Lake - Timothy Lake (32.7 m. / 52.6 km.)
Ollalie Lake es, probablemente, junto a Vermillion Valley, la estación más remota de todo el PCT; un montón de kms. de pista son necesarios para llegar aquí desde la carretera más cercana. Como suele ser habitual, se trata de un establecimiento extremadamente rústico, enfocado a gente que quiere pasar unos días de relax junto al lago. No hay electricidad ni teléfono ni ningún servicio salvo la minúscula tienda. Técnicamente, no necesito nada del lugar pero, ya que he pasado la noche a unos pocos minutos, no cuesta nada acercarse por la mañana y comprar algún capricho.
El empleado de la tienda está muy parlanchín; él mismo reconoce que no tiene mucha ocasión de charlar con nadie. Un café caliente y un bollo sientan muy bien para empezar en otra fría mañana.

La postal perfecta de Ollalie Lake: el lago y el monte Jefferson
Suggar Daddy y los suizos siguen con su régimen de madrugar mucho y salir temprano y les despido hasta más tarde. Una vez en ruta, vuelta a la rutina de bosque ininterrumpido, en continuo descenso. En un claro, re-encuentro a los tres, según completan su parada para desayunar, y caminamos juntos un rato. Tras un tramo en subida, aparece, por fin, aún a lo lejos, la pirámide perfecta del monte Hood; el que, probablemente, es el volcán más famoso de las Cascades en Oregón.
La guía anuncia que esta es la última ocasión de observar Hood en bastante rato; a partir de aquí, descenso prolongado, inmersión en el bosque para no salir. De hecho, es visible, también, esa larga serie de valles transversales como una infinita cubierta verde, ininterrumpida hasta que, allí, al fondo, la gran montaña rompe la monotonía poniendo un poco de roca en el panorama. Roca y glaciares; pero no llegaremos allí hasta mañana. El resto del día es rutina: caminar lo más allá posible, por terreno con desniveles escasos y vistas más escasas aún.

El interior de los bosques de Oregón
Hacia el final del día, hay que cruzar una desierta carretera, algo poco habitual en el PCT (por la carretera, no porque esté desierta) que da acceso a algunas zonas de acampada en el cercano lago Timothy. Allí, pero en el lado opuesto y con la tarde ya muy avanzada, me acerco a la orilla cuando veo un caminito lateral, señal clara de que por allí debe haber buen camping... para encontrarme con el sitio ya ocupado. Pero es demasiado tarde y estoy demasiado cansado para seguir adelante, así que me acerco y pregunto:
-¿te importa que acampe por aquí?
- ¡Claro que no! ¡ponte cómodo!
No hacía tanto que me había encontrado con un recibimiento no
tan amistoso en una situación similar, así que agradezco que,
en este caso, se trate de Paul, un thru-hiker de quien había
oído hablar pero con el que no me había tropezado hasta ahora;
curiosamente, él también me conocía de oídas. Un
encanto de chaval, da gusto encontrarse con gente así.
Día 117: Timothy Lake - Paradise Park (25.6 m. / 41.2 km.)
Por la mañana, la atmósfera está revuelta; parece que uno toma ya el tiempo estable como algo garantizado, después de más de tres meses sin apenas otra cosa, y casi sienta como una pequeña traición que la cosa se tuerza. Te acostumbras a que tu preocupación diaria consista en caminar y cuidar que no te falte agua y cualquier otra circunstancia que se meta en medio es intrusa. Cuando empiezan a aparecer nubles y el viento sopla frío, hace falta una cierta adaptación mental.
Hoy toca, por fin, el flanqueo del monte Hood. Similar en disposición a otros ya visitados como Shasta o Jefferson, Hood se levanta como un cono perfecto sobre el territorio circundante, coronado por glaciares de tamaño notable.

Mt. Hood entre las nubes
Mt. Hood está relativamente cerca (a escala americana, al menos) de Portland y alguien tuvo la idea de construír allí un hotel en los años 20 del siglo pasado. Dice la historia que fue una de las cosas que se les fue ocurriendo para intentar dinamizar la economía y superar la crisis de por entonces. Debo decir, una vez más, que, si bien construír hoteles en las faldas de las montañas puede ser lo más normal del mundo en Europa, esto no se encuentra en América todos los días. Al menos, no en el oeste.
Seguro que recordáis la película "El Resplandor (The Shine)": pues es ese hotel. Timberline Lodge no representa, precisamente, aquello por lo que he venido a América a caminar por las montañas (más bien, al contrario) pero no puedo obviar el indudable encanto del lugar. Antes de llegar allí, un poco más de bosque infinito.
Parece que el mal tiempo no progresa. Paul, que es de la zona, decía esta mañana que no hay problema, no es un frente. Hace frío y parece que se trataba, simplemente, de nubes de condensación que se van diluyendo según calienta (no mucho) el sol.
La subida sostenida indica que ya estoy escalando Hood pero los árboles aún no dejan ver el bosque. En un arroyo, me encuentro a Kim, alias Two Dog, thru-hiker de Alaska que, como su alias indica, camina con dos perrillos. Hacer el sendero con perros es uno de los típicos temas de discusión en el universo PCT... pros y contras varios entre los que destacan lo duro que suele resultar para los animales. Esto es algo que siempre me ha llamado la atención... uno asume que los humanos somos el eslabón débil de la evolución en cuanto a capacidad física pero resulta que parece ser que estamos mejor diseñados para caminar estas largas distancias que, por ejemplo, los perros, que suelen sufrir mucho en las pezuñas; vale que ahí hacemos "trampa": llevamos suelas de goma, así cualquiera... pero también tienen problemas de adaptación a la temperatura y para mantener una correcta hidratación. Hay casos de perros que han muerto en el sendero. Se asume que cualquiera que traiga sus perros al PCT debe conocerles bien y cuidar de ellos para que no les pase nada. Los de Two Dog tienen buena pinta y juguetean por los alrededores mientras su dueña se toma un descanso. Llevar perros es una responsabilidad muy grande y admiro a Kim por atreverse no ya con uno sino con dos.
En esto, llega Paul, que venía por detrás y, tras un rato agradable entre los cinco senderistas (los tres humanos y los dos canes), salgo con Paul hacia Timberline Lodge. Al poco rato, salimos del bosque y hay que sacar la cámara: Estamos ya a los pies de la gran montaña y la vista es espectacular, con los glaciares encima y los profundos barrancos que, un poco más abajo, han excavado los torrentes que salen de las morrenas.

Barrancos profundos en las laderas de Hood
Timberline Lodge viene a significar algo así como "el hotel situado en el límite del bosque". Más o menos donde acaban los árboles, el antiguo y señorial edificio se asienta en un balcón que mira al oeste, con el panorama infinito de los bosques de las Cascades de Oregón.

Timberline Lodge, mirando hacia Mt. Jefferson
Ni Paul ni yo nos vamos a alojar aquí ni a recoger ningún paquete pero qué menos que entrar al lugar y echarle un vistazo. Aprovecho la presencia de teléfonos para llamar a la oficina postal de Cascade Locks, siguiente estación, y confirmar que abren (de tapadillo, pero abren) el sábado por la mañana.
El edificio es de corte clásico; tanto por fuera como por dentro. Una vez más, los thru-hikers somos la nota discordante y yo me siento algo pulpo en garaje entre tanta alfombra pero, como de costumbre, nadie nos trata mal.
Paul se va a quedar a acampar por aquí cerca, va a encontrarse mañana con un familiar, aprovechando el acceso por carretera y que está casi "al lado" de casa. Yo voy a seguir un rato más pero antes nos sentamos en una de esas barras en las que hacía el loco Jack Nicholson para tomarnos una cerveza de esas tan ricas que tienen aquí. Paul es una de esas personas con las que es un placer conversar, es como si le conociera de toda la vida.
Me quedan dos horas y me tengo que despedir. Es raro caminar, al principio, según me alejo de Timberline Lodge, cruzándome con los turistas que se alojan allí, que han salido a dar una vuelta por el PCT y ahora vuelven. El paseo, desde luego, no puede ser más espectacular, con el sendero flanqueando la montaña, justo por encima del límite de los árboles, con lo que los panoramas son inmensos y atravesando las recortadas vaguadas que los torrentes glaciales han ido excavando en las laderas. Allí, al fondo, hacia el sur, se ve perfectamente el perfil nevado del monte Jefferson, lo que da una perspectiva singular al viaje: ahí están los dos o tres últimos días de camino, por allí, al lado, estaba el Puzzle Fire; un poco más allá, Santiam Pass, Big Lake... las Three Sisters... es genial poder ver esto desde arriba. Te da una idea de lo que has hecho, te pone en tu sitio en el mundo. Hace dos días, estaba en aquel puntito de allí. Viajando en algún medio motorizado y mirando atrás, alcanzas a ver, como mucho, dónde estabas hace media hora... Yo y mis pies; dos días y aquel puntito de allí. No puede haber nada más real.
Caminamos siempre adelante pero las vistas más memorables son hacia atrás.

Jefferson desde Hood; de ahí venimos
La zona a la que me dirijo se llama Paradise Park y, con ese nombre, ¡tiene que ser bonita! Lo de "park" no sé por qué será pero esto es montaña sin condimentos. Una zona algo menos empinada en plena ladera noroeste de Hood, con vistas al cono volcánico, por un lado y, estirando un poco el cuello por encima de los incipientes árboles, hacia la inmensidad de las Cascades, por el otro. Inmensidad ahora cubierta por un mar de nubes que la hace, si cabe, más espectacular.
Paradise Park debe ser una zona popular porque hay mucha gente acampada. Busco el hueco más resguardado posible porque hace bastante viento y mucho frío. Estoy a poco más de un día de Cascade Locks y el Mighty Columbia.
Día 118: Paradise Park - 7 1/2 Mile Camp (30.2 m. / 48.6 km.)
Ayer por la tarde, comencé a sentir una pequeña molestia en el muslo de la pierna izquierda a la que, por supuesto, no di importancia. Un cuádriceps cansado. Se puso peor según subía hacia Paradise Park, en los, literalmente, últimos metros del día, pero tampoco le di importancia. Seguro que mañana por la mañana estoy bien, pensaba...
Ya es mañana por la mañana y, según me levanto, le pregunto al cuádriceps qué tal está y, según parece, sigue molesto... bueno, pues será cuestión de salir a caminar y, en cuanto se caliente, problema olvidado...
...pues tampoco. Y no sólo eso: el PCT empieza a descencer para ir abandonando el monte Hood y ese descenso termina de desempolvar lo que va a ser mi gran handicap de las próximas ¡semanas! porque esto no se arregla en dos días.
El cuádriceps izquierdo duele como un condenado. Duele mucho, hasta el punto de que caminar se convierte en una tortura. Cada paso es un episodio doloroso intenso. Lo único bueno es que, en reposo, no duele nada pero... ¡no puedo estar en reposo!!! ¡tengo que ir hasta Canadá!
El descenso prolongado, y pronunciado, no hace más que empeorar el cuadro porque son, precisamente, los cuádriceps los que soportan la mayor carga en esas circunstancias. Camino con una pierna y media, contando con la solidaridad de la pierna derecha, que se lleva la mayor parte del trabajo, y respiro aliviado cuando llego abajo. Y lo peor no es el dolor en sí sino la preocupación que empieza a crecer. Me duele tanto que empiezo incluso a pensar si no tendré algo óseo y empiezo a hacer cuentas mentales de las semanas que me quedan y de si seré capaz de llegar a Manning en estas condiciones.
Jamás una cuesta arriba, la que viene a continuación, fue tan bienvenida; subiendo, el trabajo recae en músculos sanos. Me encuentro con una pareja veterana. Siempre es un placer encontrar a jubilados de sesentaytantos con un espíritu y un ánimo de veinteañero, cargando con sus mochilas y recordándome que lo mejor de la vida puede estar aún por llegar. Nunca había tenido una lesión como esta y les comento el problema, por si me pueden dar un diagnóstico que me tranquilice. Opinan que es algo sólo muscular, que es lo que quería oír y, tras un rato de charlar con ellos, les deseo buen viaje y prosigo algo más tranquilo.
Palpo, masajeo, estiro... y parece que el dolor se mitiga un poco pero, definitivamente, esto no es nada divertido. Como decía Gorm, aquel simpático personaje de las series de Vickie, el vikingo, no estoy nada entusiasmado. Es viernes. El plan era hacer un día de 30 millas (48 kms.) para acercarme lo más posible a Cascade Locks; necesito estar allí el sábado antes de las 10.00 h. de la mañana, límite de la oficina postal para recoger paquetes. Ya decía que abren "de tapadillo". Si no lo consigo, tendré que esperar al lunes.
En circunstancias normales, un día de 30 millas es, simplemente, largo, duro (sí, sí... como la vida misma) pero nada de lo que preocuparse; caminando con una pierna y media y padeciendo uno de cada dos pasos, empiezo a dudar si merece la pena... empiezo a durar si podré hacerlo, siquiera.
La opción "fácil" es olvidarme del plan y dedicarme a avanzar lo más tranquilamente posible; a fin de cuentas, pienso tomarme un merecidísimo descanso en Cascade Locks, celebrar que he terminado Oregón y bienvenir Washington con fuerzas renovadas... no pensaba retomar el sendero hasta el lunes, en cualquier caso. Pero en Cascade Locks está mi caja itinerante, la última vez que la recibo, y sería ideal recogerla el sábado, hacer todos los deberes ese mismo día, dedicarme a sestear, comer y beber de todo el domingo y salir el lunes prontito. Sé que, en las circunstancias actuales, objetivamente, no merece la pena el esfuerzo pero ese empecinado que hay en mí me impide renunciar al objetivo desde tan pronto. Y sé que es la opción equivocada pero decido seguir con el plan; intentar avanzar lo más rápido que pueda y mantener, al menos, mis opciones. Si, a la postre, no puede ser, que no sea por no haberlo intentado.
Un encuentro de estos simpáticos que me ayuda a distraer la atención de mis dolores favoritos: me cruzo con un grupo de chavales jovencitos comandados por un par de adultos; uno de ellos, viendo mis pintas, me pregunta:
- ¿eres un thru-hiker...?
- bueno... en todo caso, soy los restos de un thru-hiker...
Resulta ser Greg, la persona detrás de Mo-Go Gear. Esto es como el Sunset Boulevard del senderismo, uno se encuentra con celebridades. Hablamos un rato de material, ese vicio inconfesable. Al menos, estoy entretenido y me acuerdo menos de mi calambre pero la tregua sólo dura unos minutos y, si no quiero hacer las cosas peor, tengo que volver a mi calvario.
El resto del día es la historia de una agonía en su peor versión, una agonía autoinfligida. Sé que podría detenerla en cualquier momento pero no me lo permito. Camino (si a esto que estoy haciendo se le puede llamar caminar) con un ojo en el mapa, otro en el terreno y otro en el reloj, monitorizando mi progreso y sin saber muy bien si prefiero seguir en tiempo o si no sería mejor darme cuenta que voy tarde y mejor abandonar la carrera.
Tras unas últimas vistas de Hood, ya desde "fuera", el terreno se vuelve más mundano, otra vez. Si da igual... tampoco estoy para disfrutar del paisaje. El PCT se mantiene en las alturas; miro alante, allí donde el bosque deja ver algo, esperando encontrar indicios del valle del Columbia pero, por muy grande y profundo que sea, no se aprecia; sólo se ven montes boscosos, como de costumbre.

Mt. Hood y sus nubes de condensación se van quedando atrás
El río Columbia no es uno cualquiera. Es un pedazo de río, gigantesco. Su recorrido es de lo más curioso: nace en las Rocosas, va hacia el norte, se mete en Canadá y sigue hacia el norte, a tomar por saco, hasta que decide que por ahí hay demasiadas montañas y que no puede pasar... y se da la vuelta; por otro valle, eso sí. Vuelve hacia el sur, entra otra vez en EE.UU. y se acaba encontrando atrapado en una gigantesca cuenca rodeada de montañas. Alguna había que atravesar y se decide por las Cascades.
Mirando un mapa, parece la mejor opción. Las Cascades tienen un punto débil aquí, en el ya típico espacio de transición entre dos grandes volcanes. Hood queda al sur, Adams está por venir, al norte; y aquí encontró, tiempo a, su hueco el Columbia.
De todas formas, no cualquier río hubiera podido hacerlo. El Columbia tenía aquí un papelón para llegar al mar porque la depresión de la que debía que salir está ya a muy baja altitud y los ríos, por muy poderosos que sean, sólo pueden ir para abajo; así que le tocó excavar. El valle del Columbia supone, con mucha diferencia, el punto más bajo del PCT: unos mareantes ¡sesenta! metros sobre el nivel del mar. Hacía meses que no bajaba de las 3 cifras en altitud y será la única vez que el PCT lo haga. Es un sendero de montaña pero... hay que cruzar el Columbia.
El caso es que, ahí delante, una de esas hendiduras es la gran hendidura pero, a simple vista, no se aprecia nada.
Estas cosas son las que me mantienen entretenido porque, a todo esto, que no lo olvide nadie: lo estoy pasando fatal. Pupa grande. Al menos, no va a peor pero caminar así no es nada agradable. Sigo adelante motivado por mi objetivo mencionado de la oficina postal y sabiendo que en Cascade Locks me voy a tomar un descanso. Ya sólo pienso en llegar allí. Soy como el niño pesado en el viaje en coche:
- ¿falta mucho?
- sí...
- ¿falta mucho???
Sólo que, aquí, me tengo que responder yo mismo.
Pero entretenimiento no me va a faltar: la bajada al Columbia es todo un acontecimiento y, además, obliga a tomar una decisión: el PCT atraviesa la meseta Benson donde, según la leyenda, debe haber más Bigfoots que mosquitos; abundan las historias de cremalleras que aparecen abiertas, utensilios recolocados o bolsillos extrañamente desprovistos de sus contenidos, que reaparecen dos metros más allá, intactos. Siempre sucede por la noche y siempre implica un manejo que sólo puede hacer "algo" que tenga manos. Nunca desaparece nada y nunca le ha pasado nada a nadie pero ya nadie duerme bien en Benson.
La otra opción es bajar por Eagle Creek, que viene a ser algo así como la garganta del Cares de Oregón: Eagle Creek cava una profunda muesca en las montañas en su descenso hacia el Columbia y ahí se ha trazado un sendero que atraviesa la selva en la que aquí se convierte el bosque, pasa junto a cascadas, pasa *por debajo* de cascadas... las paredes no son tan verticales como en la caliza de los Picos de Europa pero la ruta es equivalente en espectacularidad.
¿Bigfoot o "el Cares"? Difícil elección... en la práctica, casi todo el mundo prefiere Eagle Creek, aunque el PCT oficial vaya por el otro lado pero, a fin de cuentas, acabas llegando al mismo sitio. Yo he visto las fotos y lo tengo claro: Eagle Creek para mí.
Mi objetivo no puede ser más concreto y numérico: 7 1/2 mile camp. En Eagle Creek, estrecho como es el valle, hay contados sitios en los que se puede acampar y todos tienen su nombre. "Seven and a half" no puede ser uno más inequívoco: está a siete millas y media de la boca del valle. Si llego allí hoy y mañana madrugo un poco, puedo estar en Cascade Locks a tiempo de recoger mi caja itinerante.
Si sigo por el PCT hasta donde intersecta el desvío a Eagle Creek, no llegaré jamás... demasiada distancia para mi pierna y media. Pero veo en el mapa ese atajo marcado casi con disculpas: la guía menciona que no es recomendable en caso de lluvia; muy empinado.
Hoy no hay lluvia pero lo último que necesito en esta vida, ahora mismo, es una cuesta abajo empinada... pero no me queda más remedio y tengo que ir por ahí.
Durante la siguiente media hora, sufro cada paso; en la izquierda, porque no funciona y, en la derecha, porque tiene que trabajar por dos. El altímetro cae en picado y el ambiente se vuelve del tipo selvático-opresivo que recuerdo de los valles del norte de California. Hoy no tengo ánimo para acordarme siquiera de las serpientes o del poison oak.
Respiro aliviado cuando, por fin, mi senderito en pared desemboca en una amplia senda que me anuncia que ya he llegado a Eagle Creek. No sólo eso: ya no queda nada.
Me arrastro, como durante el resto del día, pero ya sólo durante unos pocos kilómetros más, a través de la maraña vegetal en que la baja altitud y el ambiente húmedo convierten este lugar. Y, aunque parezca mentira (a mí, me lo parece), llego a mi destino. Estoy destrozado por el esfuerzo pero aliviado porque ahora me queda el reposo y, en reposo, ¡no duele! Será mi descanso más merecido. Sé que ya he dicho esto alguna otra vez pero... esta es la buena.
Día 119: 7 1/2 Mile Camp - Cascade Locks (10.3 m. / 16.6 km.)
Por la mañana, la preocupación inmediata es la pierna lesionada. No espero que durante la noche se haya puesto peor y, francamente, tampoco tengo mucha esperanza de que esté mejor pero nunca se sabe...
Comienzo muy pronto para no cagarla ahora, después del esfuerzo de ayer y, a ser posible, poder hacer Eagle Creek con calma ya que el lugar lo merece. Parece que el cuádriceps está un poco mejor pero camino con cuidado de cargarlo lo menos posible. Así, la otra pierna sigue trabajando extra.
El sendero a lo largo de Eagle Creek es muy bonito y también aprecio el cambio de escenario, siquiera para variar: un tramo oscuro, húmedo y recluído en el sendero de los grandes espacios abiertos. Algunos de los enclaves son bien conocidos y ampliamente fotografiados, como ese tunel excavado en la roca para evitar una gran cascada.

Tunnel Falls. El túnel, apenas apreciable; la compacta no daba para más...
La pierna duele un poco menos que ayer y, si nada se tuerce, voy bien de tiempo pero ambas circunstancias no me dejan relajarme y disfrutar del lugar. Es bonito pero tengo la cabeza en otro sitio y, simplemente, paso por allí. No puedo evitar que la mejor noticia sea llegar al lugar donde Eagle Creek sale de su valle.
Eagle Creek desemboca en el Columbia pero, antes, tiene que cruzar una autovía y una vía de tren, así que el encuentro con el gran río no es ese momento espectacular y arrebatador que yo esperaba. El resto del camino hasta Cascade Locks va paralelo a la citada autovía pero, a estas alturas y circunstancias, va a dar igual. Cuando el hormigón y los árboles dejan ver el río, la imagen sigue siendo algo digno de presenciar y recordar.

El Columbia
Tomo un desvío equivocado y aunque el tiempo perdido no me pone en problemas, la cuesta que tengo que subir (y, lo peor de todo, bajar después) despierta de nuevo al músculo dolorido. Desde aquí, revivo el calvario de ayer, lo que, en sí mismo, no es muy grave porque ya estoy muy cerca; lo peor de todo es la preocupación de constatar que esto no está yendo a mejor, por el momento.
Por fin, Cascade Locks. Un pequeño pueblecito que creció en torno a las exclusas que se usaban antiguamente para remontar el Columbia. Las exclusas (en inglés, locks; de ahí el nombre del lugar) salvaban los rápidos que se formaban justo aquí pero, aunque siguen ahí, ya no se usan porque el río fue represado, aguas abajo, y ya no hay rápidos.

Henos aquí...
Mi primer objetivo es, obviamente, la oficina postal; está cerrada al público pero los sábados, al parecer, hay personal trabajando dentro y, si tocas a una puerta, alguien se enrolla y te trae tu paquete. Mi caja itinerante, que acaba de completar su última itinerancia y recojo por postrera vez. Lo que no recojo es la cámara de Shooter; aún no ha llegado. Cruzo dedos para que llegue el lunes por la mañana. Si no lo hicera, esta vez sí, tendría que esperarla. Vamos, Tom, confío en ti (Tom acordó re-enviármela desde Big Lake...)
Como otras veces, llego a civilización a mi hora favorita: a tiempo de un gran desayuno, y eso es lo siguiente que hago. Seguro que a mi pierna le viene muy bien.
La literatura dice que, en el camping, los senderistas son bienvenidos hasta el punto de que les dejan acampar gratis. Suena como el lugar perfecto. Cuesta un poco encontrarlo porque no es un camping al uso sino una zona de acampada en los terrenos junto al río en los que están los embarcaderos. Por el camino, me encuentro a Adam, al que no había vuelto a ver desde Belden. Él sale ahora. Como siempre, hablar con él es una especie de extraño placer. Un tipo peculiar.

La calle principal (y casi única) en Cascade Locks
Localizado ya el pseudo-camping, voy para allá para encontrármelo invadido por las carreras de karts. Han montado un circuito circular en los viales asfaltados y las zonas de hierba están ocupadas por toda la infraestructura que acompaña al evento. Vaya... Veo un cartelito que anuncia que, a causa de las carreras de karts, el camping permanecerá cerrado hasta el lunes. Cuando ya me iba a marchar, me ve un señor que me indica que me acerque. Es el encargado del camping que, junto con su pareja, viven en una autocaravana, como cualquier encargado de camping. Ambos conocen el PCT y a los thru-hikers y son los responsables de la gratuidad de la estancia. Me dice que el camping está cerrado al público durante el fin de semana pero que me quede allí, en la zona junto a su autocaravana, que esa es su zona y allí hacen lo que les dé la gana... y les da la gana acoger senderistas.
La única pega es que esta zona es una isla dentro del perímetro del circuito por lo que, cuando hay carrera, no se puede ni entrar ni salir, pega añadida al ruido horroroso que hacen estos cacharros... pero yo estoy tan contento de estar aquí y me siento tan relajado que nada va a fastidiar mi dia y 3/4 de vacaciones.
Como había planeado, me aplico a las tareas para procurar terminarlo todo hoy y que mañana no tenga nada que hacer. Aprovecho que estoy solo para disponer de todo mi tiempo. Tengo que comprar provisiones para la siguiente etapa más para las tres cajas que voy a enviar por delante: al igual que en Oregon, en Washington, es complicado reaprovionarse en ruta. Salgo del supermercado con la mochila (que hace las veces de carrito de compra) llena y unas cuantas cajas de cartón que tengo que llenar y enviar el lunes antes de salir.
Caminando por el pueblo, me encuentro con Flow Easy, Snappy y Puff Puff, que hacen una cosa muy rara: anoche estuvieron en un Bed&Breakfast y, como quieren ahorrar pasta (comprensible), hoy van a acampar en una campa al borde del pueblo. Aquí, esto parece de lo más normal pero, compañeros... ¡si podéis acampar de-gratis en el camping! No parecen muy convencidos, creo que tenían su plan formado ya. A lo mejor prefieren evitar el jaleo de los karts.
Nunca había estado en un evento de estos motorísticos. De hecho, me parece un horror, pero bueno... ya que estoy ahí, me doy un paseo y echo un vistazo. La gente se viene con su remolque, que hace de garage ambulante, y se pasan el día revisando los karts, que son como unos coches de carreras de los clicks de famóbil... pero menudo ruido hacen, los condenados. Resulta que el público tiene que pagar entrada para acceder al recinto y ver las carreras pero, claro, ¡yo soy invitado! aún así, como les incomoda verme por ahí sin la pulserita (todo el mundo, público y organización, llevan una, como en los festivales de música), me ponen una. Ahora ya soy oficial.
Dedico un buen rato a cuidar mi cuádriceps, al que no olvido. Masajeo y estiro, cosas ambas que parece que le sientan bien aunque, creo, lo que mejor le va, de largo, es descansar. Pregunto por médicos, por si acaso. En Cascade Locks no hay y me dan el teléfono del más cercano, en otro pueblo al otro lado del río. La idea es esperar al lunes y esperar no necesitar llamarle.
El día me ha sentado genial y ya ni me importa que un grupito de los de los karts estén haciendo botellón hasta las mil a pocos metros de mi campamento, me duermo igual.
Día 120: Cascade Locks (0 m. / 0 km.)
Hoy es muy distinto a ayer pero positivo también. A media mañana, aparecen Sugar Daddy, Swiss Miss y Pang, a quienes intercepto en el pueblo y dirijo al camping, con instrucciones de cómo superar la barrera de karts, que siguen aún pedorreando por ahí. Va a ser un día divertido. Muy social.
A partir de mediodía, va apareciendo más gente: Smiley, a quien no veía desde antes de Sisters y que trae noticias de los pasados incendios desde el punto de mira, cual corresponsal de guerra: resulta que había por ahí rumores de que algún thru-hiker había atravesado el incendio al pie del monte Washington (el primero de los dos), con el sendero en llamas, y más rumores de lo que supuso caminar por un mundo de cenizas incandescentes (suelas semi-fundidas y lindezas parecidas); pues bien, había sido Smiley, aunque parece que había habido alguno más. Contaba que, cuando pasó él, el sendero ya no estaba en llamas, estaba ya todo quemado, y tenía que ir con cuidado de no meter el pie en los "charcos" de ceniza incandescente que había aquí y allá; por lo demás, dijo que sin problemas, aunque también dijo que fue muy desagradable. Nos enseña las fotos.
Le pregunto dónde durmió en Sisters aquella noche (si lo hizo) y me confirma que sí, que consiguió la última habitación de uno de los moteles... ¡malandrín! ¡ya sé que era la última! luego llegué yo...
Llegan otro par de senderistas más, no thru-hikers, y aquello ya es un ambientazo. Uno de ellos es un alemán que hizo el PCT completo hace unos años. Este verano, se ha venido en sus vacaciones para recorrer algún trozo y está aprovechando los últimos días de su viaje para hacer un poco de trail-angeling, esto es, buscar thru-hikers a los que ayudar. ¡Pues para eso estamos nosotros, faltaría más! Para dejarnos ayudar. Tiene uno de los mejores alias que he oído: como se llama Heiko (pronúnciese "jaico"), le llamaban ¡Psycho Heiko! Genial. Siempre quise tener un alias tan redondo.
S.G. y los suizos me cuentan que Mike y Naomi, mi pareja favorita, están en Stevenson, al otro lado del río (ya me dijo Mike que él prefería Stevenson sobre Cascade Locks; más bonito y tiene una cervecera artesana) y que han quedado en ir a verles y que nos invitan a una barbacoa. Y Psycho Heiko tiene coche y nos lleva. Esto sí que mola.
Lo malo es que estamos tan entretenidos contando historias que se nos hace tarde y, para cuando llegamos a Stevenson, la barbacoa ya ha debido terminar y no somos capaces de localizar a Mike y Naomi. Una pena, me hacía mucha ilusión volver a verles.

La cervecera en Stevenson
Las carreras acababan el domingo a mediodía y, para cuando volvemos, ya casi han terminado de desalojar el lugar. Tendremos una noche más tranquila.