Glacier Peak desde Liberty Cap, Northern Cascades
Viajar a Pie
Presentación
Filosofía
Ética
Historia
Técnica y Material
Ultraligero
Hazo tú mismo
Rutas
Proyectos
Artículos
Miscelanea
Referencias y enlaces
Contacto
ENGLISH

 

Pacific Crest Trail, 2006: Norte de California

 

Sección 14: Old Station - Castella

 

Día 87: Old Station - Hat Creek Rim (18.6 m. / 29.9 km.)

Yo recordaba, vágamente, que había alguna sección en el norte de California donde volvía a haber un tramo muy largo sin agua e, incluso, con algún que otro depósito que nos dejan los trail angels en puntos clave para ayudar con el tema. Bueno, pues es aquí, al norte de Old Station: 30 millas, o 48 kms, sin abastecimiento posible. Georgi se pasa un rato describiéndonos la ubicación de los depósitos de agua y una posible estrategia para evitar el calor del día y pasar la sección lo mejor posible.

La parte de la ruta en cuestión discurre por lo que llaman Hat Creek Rim. Hat Creek es el nombre del valle, un valle amplio, cubierto de bosque, flanqueado por volcanes (que, a su vez, también están cubiertos de bosque) y por donde va la carretera. También discurre un pequeño río... pero el PCT, con buen criterio, se aleja de esto y toma una ruta mucho más atractiva... pero ¡seca! The Rim se refiere al borde superior de un gran talud, casi vertical, que se eleva sobre uno de los lados del valle. El sendero ha sido trazado aquí. Una ruta preciosa por los panoramas pero tórrida, en verano, ya que no hay apenas árboles.

El desayuno es comunitario y se repite el ambiente jovial de la cena. 27 Mile Mike, Larry y Sandy se han marchado ya, de madrugada, para evitar, en lo posible, el calor del día en Hat Creek Rim. Tras el desayuno, salimos Rita y yo; el resto, lo harán esta tarde. Me despido de todo el mundo. La despedida que más me llega es la de Georgi Heiman que, cuando se da cuenta que me voy ya, viene corriendo para que no me marche sin un cariñoso abrazo. Qué maja.

Georgi, cucharón en mano, dirigiendo la preparación del desayuno

Nos lleva Tom de vuelta a la carretera y allí me re-encuentro con Mike (no 27 Mile; otro Mike. Mike de la Dirty Dozen) que ha preferido quedarse en el motel en lugar de donde los Heitman. Mike me cae muy bien, a pesar de que aún no le conozco bien, pero será un personaje importante en el futuro de esta historia. Mike parte ahora también.

Por el momento, estamos abajo, en el valle Hat Creek, y continúa el terreno llano, seco y polvoriento. Esto sería un semi-desierto sin los árboles pero el bosque lo cubre casi todo. La primera parada es la del agua: hay aquí una famosa cueva cuya historia me ahorro porque sería un poco largo pero lo que nos interesa ahora es que tiene acceso asfáltico desde la carretera cercana, un aparcamiento y una zona recreativa con una fuente. Última fuente y, salvo las botellas que nos dejen los trail angels, último agua en 48 kms. Yo espero no necesitar las botellas. Lleno las mías.

Poco más allá, el PCT hace el ascenso al talud. Una vez allí, impresionante vista de los dos grandes volcanes: Lassen, al sur, y Shasta, al norte, en su primera aparición. Se mantendrán ambos en lontananza durante bastantes kilómetros. Veremos al primero decrecer y al segundo hacerse más grande, poco a poco.

Tengo claro que quiero acampar en algún lugar con esta vista, lo que no será difícil. Hace calor, sí, pero lo llevo bien, atrincherado bajo el imprescindible sombrero, caminando a ritmo pausado. El calor es seco y apenas sudo.

108º farenheit son 42ºC

Me paso un rato buscando pero consigo mi campamento con vistas, hacia el valle, por supuesto, y con ambos, Lassen y Shasta, en el horizonte, cada uno en su lado. Espectacular puesta de sol con esa bola roja hundiéndose al lado del monte Shasta.

Vivac en Hat Creek Rim, volcanes varios en el horizonte

 

Día 88: Hat Creek Rim - Barney Falls (27.3 m. / 43.9 km.)

Hoy será uno de los días más duros de todo mi viaje. Y digo esto con la perspectiva de varios meses. La causa principal: enfermedad.

Tomamos la salud como algo que damos por hecho. En el sendero, y si cuidas bien un par de aspectos, la salud es algo que, casi, viene solo; al menos, desde el punto de vista de la enfermedad. Puedes tener problemas de tipo traumático pero yo creo, sin ser tener conocimientos médicos, que tu cuerpo, acostumbrado a una actividad intensa, está mucho más "en marcha", mucho más preparado para combatir la enfermedad. Lo malo es que, cuando, por la razón que sea, la enfermedad llega, te encuentras mucho más desamparado que en la vida urbana; seguir adelante puede convertirse en un auténtico calvario cuando tu cuerpo no responde.

Yo no sé qué me pasó pero sí recuerdo bien los síntomas: algo así como gripe leve; dolor de cabeza, de garganta y sensación general de abatimiento, falta de fuerzas y dolor generalizado. Esto coincide, además, con el día más caluroso, aplastante y tórrido de todo el viaje, en el que mi termómetro llegó a los 120º F (49º C). Obviamente, esto fue un yuyu que le dio al termómetro (le pasa a veces... yo creo que se asustó, y no me extraña) y no me creo los 49º pero sí los 43º C en que se estabilizó un rato más tarde. Mucho calor.

Al levantarme, aún no noto nada pero, tras un rato de andar, empiezo a sentirme mal. No le doy importancia, supongo que ya pasará. Llego a uno de los depósitos de agua con mis reservas casi agotadas y tomo un par de litros. Allí estaba ya Trout; será la última vez que le vea, aunque podré seguir su progreso a través de los registros.

El talud de Hat Creek Rim y una última vista de Lassen

El PCT termina por bajarse del talud por el que discurría para atravesar, por fin, el gran valle que hasta ahora estaba a sus pies. A estas alturas, es tan amplio que ya no se percibe como un valle; es, más bien, una zona sin montañas. Al mismo tiempo, el día avanza y el calor, también. Y, como colofón, yo me voy sintiendo cada vez peor, hasta el punto de que empiezo a ver claro que esto no va a ser algo pasajero. En estas circunstancias, es cada vez más difícil caminar; sólo consigo sentirme aceptablemente si paro y me siento o, mejor, me tumbo, cosa que hago una vez... pero caminar es ya una tortura. En estas condiciones, veo que sólo puedo seguir si me marco algún objetivo y consigo motivarme para ir por él y lo bueno (o lo malo, según se vea) es que tengo uno irrenunciable: el agua. He cogido lo justo en el depósito (como debe ser; hay que procurar dejar algo para los que vengan detrás) y, desde ahí, aún quedan 20 kms. hasta llegar a un arroyo. Deshidratación es lo que me faltaba... no me queda más remedio que seguir como sea, llegar a ese arroyo y, una vez ahí, ya veré.

De hecho, empecinado como soy, espero mantener mi plan para el día, que consistía en llegar a Burney Falls. La distancia es enorme y va a ser muy difícil si me sigo sintiendo así de mal pero, por otro lado, allí hay una carretera, un camping donde pasar la noche (ese era el plan, en cualquier caso) y, si todo sigue así mañana, o peor, puedo usar la carretera y acercarne a Burney, un pequeño pueblo donde podría ver a un médico e, incluso, llamar a los Heitman para que recojan mis restos.

Habría alternativas más sencillas porque, a lo largo del día, el PCT cruza varias carreteras; podría huír en cualquiera de ellas pero ¿y si, al final, no es nada y mañana estoy mejor? De momento, y aunque me siento basura, puedo seguir caminando y, mientras así sea, decido seguir, llegar como sea hasta Barney Falls, descansar y decidir qué hacer al día siguiente.

Y aquí es donde empieza de verdad mi infierno. Intento exponer la situación: el PCT está en una de estas zonas de transición entre macizos, atravesando un terreno llano, muy seco, con piso polvoriento y, por momentos, arenoso y bajo el sol más inclemente de todo el viaje; por debajo de 1000 metros de altitud, lo cual acentúa el calor. Lo único bueno es que es un calor seco que, de estar bien físicamente, llevaría bastante bien, o eso creo, pero no es el caso, obviamente. En esta situación, lo que más impresiona es que, a pesar de todo, el bosque sigue presente, y menos mal... es un bosque muy abierto, con los árboles bastante distanciados y, como consecuencia, con el sol tan alto en el cielo, hay más luz que sombra pero, aún así, no quiero ni imaginarme cómo sería esto sin los árboles.

Casi como una dehesa extremeña

Valga un comentario adicional sobre el terreno: aunque, una vez allí, no es algo que se perciba, llevo varios días caminando por coladas de lava relativamente recientes. En directo, todo lo que se ve es bosque, arbustos, terreno polvoriento y, sí, rocas inequívocamente volcánicas: muy oscuras, angulosas y de formas extrañas. Es un vistazo a la cartografía lo que revela de qué está hecho todo lo que estoy pisando desde el parque Lassen: el mapa muestra una rara representación del suelo, con líneas quebradas y aparentemente anárquicas, con la palabra LAVA escrita por todos los sitios. En inglés, es la misma palabra que en castellano. Aquí y allá, las curvas de nivel forman un cono perfecto; algunos, del tamaño de una casa; otros, del de una montaña. Todo ello muy curioso e interesante cuando te encuentras bien pero perfectamente prescindible cuando te arrastras por el sendero. Arrastrase por un campo de lava no es ni una miga más llevadero que hacerlo por sustrato geológico más mundano.

Y es literal: me arrastro, aunque mantengo un ritmo aceptable, favorecido por el terreno casi llano, pero avanzar se convierte en una agonía que soporto sólo a base de decirme a mí mismo que tengo que llegar al arroyo y que ya descansaré allí.

Hasta las agonías más agónicas tienen su final o, al menos, su paréntesis. Alcanzo el arroyo. Llego no sólo griposo sino también muy sediento, así que el alivio es doble: podré beber y me tomaré un buen rato para descansar, así como comer. Mi esperanza y lo que me ha hecho encontrar la motivación para poder llegar hasta aquí era que todo este proceso me sirviera para, quizá, sentirme mejor.

En el arroyo, me encuentro con Mike, que acaba de llegar. No estoy para mucha interacción social, pero Mike me cae muy bien y es agradable charlar con él.

Mi cuerpo me pide descanso y, aunque sólo sea un rato, se lo doy. Siento que necesito tumbarme, es como si es todo lo que quisiera hacer en esta vida, ahora mismo, y el caso es que, tumbado, me siento bien. Hasta me duermo un rato y, por mí, me quedaba aquí y no me movía más pero aparece de nuevo la parte más testaruda de mí y me fuerzo a levantarme. Una vez de pie, compruebo que no me siento nada mejor pero tiro de voluntad y retomo el camino. Me faltan 20 kms. para llegar a Burney Falls y voy a intentarlo.

Recién pasado el arroyo, hay que pasar por una presa, una piscifactoría y sus correspondientes carreteras. Entre tan inhospitalario ambiente, me encuentro con esa facción reunida de la Dirty Dozen: hasta siete de ellos, descansando a la sombra. La cosa merece un comentario: Go-Big sigue movilizando a su familia (o su familia movilizándose detrás de él) y ahora están esperando a su hermana y otra amiga que vienen con una autocaravana para llevarles al camping de Burney Falls; mañana, harán este trozo que no hacen hoy. Para mí, lo más sencillo sería quedarme aquí con ellos y seguir su mismo plan. Es especialmente doloroso decidir seguir adelante pero creo que había tenido que reunir tanta energía para tomar esa decisión que ahora no me permito volverme atrás. Les cuento lo mal que me encuentro y que voy a hacer lo posible por llegar a Burney Falls. Me dicen que tienen un sitio reservado en el camping. Espero verles allí.

El resto del día es poco más que una prolongación de la agonía y de la capacidad de llevarla. El terreno cambia un poco, para mejor: el bosque es más denso y da más sombra; ya no pone "lava" en el mapa y eso se nota, siquiera sutilmente, en el ambiente. Camino a base de fijarme metas cortas e ir comprobando el progreso: ahora, hasta esa pista; luego, hasta ese claro... y así, poco a poco, y sin sentirme ni mejor ni peor, acabo llegando al camping de Burney Falls.

El nombre le viene de unas cascadas muy bonitas que hay aquí mismo. Es el típico camping americano, con servicios muy básicos. En este caso, hay una pequeña tienda donde, entre otras cosas, reciben y guardan los paquetes que enviamos los senderistas. No era mi intención inicial mandar una aquí pero tuve que hacer algo con todas aquellas sobras que había acumulado.

A la misma puerta de la tienda, me encuentro con toda la tropa. También está Mike. Yo sólo siento alivio por haber llegado; y una nota levemente positiva: cuando entro a la tienda para recoger mi caja, veo lo que hay allí y mi cuerpo me dice que tiene ganas de tomarse esto, eso y aquello... eso es buena señal. El caso es que mi cuerpo, el pobre, se merece todos los caprichos y le doy algunos, y me sienta bien. De alguna forma, me siento un poco mejor.

En estos campings americanos, los sitios son gigantescos y cabemos todos: hasta un total de 9 de la Dirty Dozen y otro par de senderistas (no thru-hikers) que han caído por ahí, más la familia/amigos de Go-Big. Estos, por cierto, son, como decía antes, su hermana y una amiga, Sheri y Cathy, y están haciendo de algo así como groupies, siguiendo al sujeto en esta parte del viaje y dándole soporte; a él y a los que viajan con él. Entre otros, y al menos por esta noche, a mí. En ocasiones como esta, sacan la barbacoa y el hornillo y nos hacen una cena comunitaria buenísima. Yo no puedo tomar mucho porque ya he comido de las cosas de la tienda que sentí que me iban a caer bien pero algo pico.

Al final, me voy a dormir tan pronto como puedo. Es todo lo que siento que necesito en este mundo ahora mismo: tumbarme y dormir. De hecho, la sensación, cuando me meto en el saco, es de alivio y tranquilidad. Una vez ahí, me encuentro bien o, por lo menos, no me encuentro mal. Tal como ha ido el día, con eso me basta. Me duermo con la esperanza de sentirme mejor mañana.

 

Día 89: Barney Falls - Past road to Deadman creek (22 m. / 35.4 km.)

Abro el ojo y me palpo: ¿cómo estoy? Pues, mientras sigo aquí dentro, tumbado y calentito, bien; una vez fuera y de pie... no lo sé. Y como, en parte, no quiero saberlo, me quedo un rato más. Hoy no madrugo. Oigo salir a la tropa, Cathy y Sheri les llevan a donde les recogieron ayer (donde me encontré con ellos, 20 kms. al sur) para que regresen aquí caminando en lo que en inglés (o, al menos, en este entorno), llaman slack packing, que se traduciría algo así como "mochilear perezoso", si se me permite lo de "mochilear". En la práctica, quiere decir caminar sin mochila, basándose en un apoyo exterior como el que ahora proveen Cathy y Sheri.

Por fin, me levanto y busco respuestas: no me encuentro bien del todo pero, aparentemente, tampoco tan mal como ayer. La prueba del algodón consiste en desayunar y ver qué pasa. Y yo diría, procurando no pecar de optimista, que parece que no estoy tan mal. Tengo que ser cauto aquí porque ahora estoy junto a una carretera, con un pueblo (Burney) relativamente cerca y hasta unos trail angels (los Heitman) a mano, que sé que me recogerían, alojarían y hasta alimentarían hasta que estuviera bien. Si decido que estoy ok y salgo, necesitaré varios días para volver a ver civilización. Esto es, es una decisión seria y no voy a irme de aquí sin garantías.

El desayuno parece que me sienta bien. Ya se ha marchado todo el mundo, incluídos Mike y los dos section-hikers. Al rato, vuelven Sheri y Cathy en la autocaravana y, además de interesarse por mi estado, se ponen a prepararme el desayuno (otro...). Son un encanto. Esperan, dentro de no mucho rato, a los siete a los que acaban de dejar en el sendero esta mañana y van cocinando cosas ricas y energéticas para que se den un último banquete antes de meterse otra vez en las montañas y yo pico algo de lo que van cocinando, aunque ya he tomado lo mío... me voy dando tiempo para ver qué tal respondo.

El veredicto es que estoy mejor e, incluso, lo suficientemente bien como para salir. O eso espero. No estoy al 100% pero, desde luego, nada que ver con el infierno de ayer.

Recojo, con pausa, para dar a mi cuerpo una última oportunidad de quejarse y decirme que me esté quieto... pero no parece decir nada y decido, definitivamente, salir. Me despido de Sheri y Cathy, a quienes admiro, y agradezco, por su abnegación. La respuestea es la misma de siempre: "¡si nos lo pasamos muy bien!". Bueno, pero gracias, de todas formas.

Según salgo, me encuentro con Rita, que llega ahora. A Rita no le volveré a ver. Más tarde, sabré que tuvo que dejar el sendero debido a una lesión. Lo sentí por ella, era una persona que me caía bien y tenía la dosis justa de determinación para terminar el PCT.

Me encuentro también con los slack-packers, que llegan ahora mismo, aunque compruebo que algunos han sido fieles al purismo y se han llevado la mochila. No necesito decir que estoy mejor y me despido de todos. Seguiremos cerca.

Las noticias del tiempo decían que estábamos atravesando una cierta ola de calor pero que iba a remitir. De hecho, parece que hoy no hace tanto calor como ayer. Eso es bienvenido.

Camino casi con cuidado, midiendo mis pasos y mi esfuerzo y con atención a mi estado. Parece que me encuentro bien y, según sigo adelante, voy cogiendo confianza. No sé qué narices me ha pasado pero parece, valga la redundancia, pasado.

¡Vuelvo a hablar del sendero!: que toma, por fin, itinerario ascendente para devolvernos a las montañas. De momento, se dedica a remontar laderas y rodear vaguadas, hasta que consigue alcanzar algo parecido a una cresta. Este no es el ambiente idílico de grandes espacios abiertos pero, al menos, estoy de vuelta en las montañas. Son montañas modestas en altitud y prominencia y cubiertas de bosque, con lo que abundan las pistas para explotación forestal. Así es difícil sentir nada especial pero el recorrido es bonito y con vistas; especialmente interesantes las del omnipresente Shasta que es un pedazo de montaña y ya está relativamente cerca. Muchas crestas boscosas aún entre él y yo, de todas formas:

Impresionante monte Shasta

Definitavemente, me considero "curado" de lo que sea que me ha pasado. Según avanza el día, voy olvidándolo, a medida que compruebo que me siento bien y gano confianza. Hacia el final de la tarde, ya no dudo que no va a haber problema. Respiro aliviado; nunca es agradable estar enfermo pero hubiera odiado especialmente estarlo en medio de este viaje. De cualquier viaje.

El suelo del bosque está tan lleno de ramas que casi no queda hueco ni para un vivac. Afortunadamente, a la hora justa, encuentro un lugar donde quepo justito y que, además, me ofrece una espléndida puesta de sol. Siempre se encuentra algo.

Atardecer frente a Shasta

 

Día 90: Past road to Deadman Creek - Ash Camp (30.4 m. / 48.9 km.)

Última sección por la cresta antes de bajar a las profundidades de alguno de los valles que, como los que ahora se extienden a un lado y a otro, promete altas temperaturas y vuelta a las duras condiciones de secciones precedentes. Hablo con conocimento de causa.

La buenas noticias son que ya me siento bien, del todo. No sé qué es lo que tuve y si ha sido alguna forma leve de virus malo o que mi cuerpo ha combatido como un campeón una forma no tan leve pero me da igual, ya está olvidado. Vuelta a la normalidad; y eso significa, entre otras cosas, muchos kilómetros: Castella, la siguiente estación de la ruta, está cerca.

Hoy, el PCT retoma el arco hacia el oeste, hacia tierras menos áridas, y así seguirá durante varios días. El sendero, en esta sección, es de sensible menor calidad de lo que nos tiene acostumbrados y a veces cuesta un poco encontrarlo entre la maleza pero es más cuestión de adaptación mental que problema objetivo. Sigue progresando por crestas más o menos despejadas, con incursiones en el bosque aquí y allá, donde desciende a algún collado. Continúa la tónica de montañas relativamente modestas, sin apenas llegar a los 2000 metros, en medio del mar verde del bosque y a través de territorio de explotación forestal, por lo que el encuentro con pistas es relativamente habitual. Por lo demás, esta jornada ofrece bonitos panoramas y una progresión sencilla con desniveles modestos.

Crestas verdes y panoramas extensos

El agua sigue siendo un asunto delicado; en los valles, no lo sería pero, aquí arriba, hay que estar atento a los escasos manantiales y arroyos y no pasarse de largo ninguno; no hay muchos.

Desde media mañana, es visible el curso que la ruta tomará durante las siguientes horas y no puedo evitar una cierta urgencia por recorrer todo eso y llegar allí donde empieza el prolongado descenso hacia el valle de Deer Creek. Y no sé realmente por qué tantas ganas de llegar allí, todo es más bonito y agradable en las alturas. Ya tendré ocasión de echarlas de menos.

Hacia media tarde, último flanqueo, por la ladera de un pico prominente, y comienzo a descender. En ese punto, reencuentro a Larry y Sandy, a quienes no veía desde Old Station. Es divertido esto de ir encontrándote con la misma gente aquí y allá. El sendero abandona definitivamente esta cresta a la que, de todas formas, le quedaba sólo medio telediario y toma una de estas boscosas y angostas vaguadas camino del fondo del valle. Según desciendo, el ambiente me trae de vuelta las sensaciones de los cañones del río Feather: calor húmedo, bosque selvático, muy denso; siguen siendo abetos pero el aspecto y las sensaciones son diferentes.

En las áreas volcánicas de Lassen y Hat Creek, a pesar de la escasa altitud, no noté ni rastro de poison oak; aquí, voy atento: suele aparecer por debajo de los 1500 metros y este es el tipo de ambiente donde resulta abundante. Efectivamente, este es su territorio y no tardo en avistarlo a los lados del sendero. Cuidadín.

El PCT, un pasillo entre las matas de poison oak

Otros inquilinos de las altitudes bajas que ya tenía casi olvidados son las serpientes, pero las recuerdo de nuevo cuando me topo con una; qué susto me dio... estaba al lado del sendero, en la ladera, lado del monte, y oí el cascabel casi a la altura de mi cabeza. Era una pequeña que, según dicen, son las más peligrosas porque son serpientes jóvenes, que no tienen aún del todo claro qué hacer ante intrusos. Así como el resto de serpientes con las que me he encontrado hasta ahora han huído rápidamente y se han quitado de enmedio, esta no; levantó la cabeza y se quedó ahí, expectante y, por lo que a mi percepción respecta, amenazante aunque, seguramente, estaba más asustada que yo. Afortunadamente, le separaba del sendero un metro escaso y para cuando me dio tiempo de darme cuenta, ya había pasado de largo... yo, porque ella no se movió de su sitio. No me paré a sacarle fotos, por si acaso...

Este tipo de encuentros son los que te ponen en guardia y, hasta que te relajas otra vez, pasas un rato con los cuatro ojos puestos en los metros siguientes. Entre esto y el poison oak, te conviertes en un senderista paranoico. Nada grave, todo se cura con el tiempo.

El poison oak, hasta ahora, no me ha supuesto ningún problema. Parece fácil de eludir, si sabes identificarlo. Realmente, no tengo muy claro hasta qué punto es fatal rozarte con él; nadie parece tenerlo muy claro. Hay quien dice que diferentes personas tienen diferente sensibilidad y que, incluso, hay quien es más o menos inmune. No sé dónde estaré yo en esa escala pero intuyo que algo de eso debe haber porque, si no, con tanto como hay aquí, caeríamos como moscas. En una ocasión, me crucé con Larry y Sandy mientras hacían un descanso y les pregunté si sabían reconocerlo:

- Pues no...
- es que estáis sentados al lado de una mata. Es eso de ahí...

Por supuesto, no hay huevos de tocarlo para probar. He visto lo que puede llegar a hacerte.

Lo bueno del curso actual de la ruta es que es todo cuesta abajo. Primero, con algunos zigzags en ladera; una vez alcanzado el fondo, a lo largo del mismo, en el típico recorrido sinuoso, como corresponde a un valle angosto. Es como si casi no llegara la luz. De hecho, llega poca pero como el bosque es tan denso la sensación se multiplica. Al menos, no hay que preocuparse más por el agua.

Llegamos casi a la vez a la confluencia con otro valle, que trae un río bastante grande, y a una buena zona de acampada. Los mosquitos no dejan disfrutar del relax vespertino.

 

Día 91: Ash Camp - Castella (33 m. / 53.1 km.)

Duda existencial: Castella está a 33 millas, 53 kms. ¿Qué hago? ¿Ir por ello o tomármelo con calma y dejarlo para mañana? No tengo prisa pero siempre me cuesta decir que no a algo que sé que puedo hacer, aunque cueste. Decido salir pronto y caminar a buen ritmo y sin parar, con intención de ir viendo cómo voy y decidir sobre la marcha. Es decir, decido ir por ello.

Larry y Sandy madrugan aún más pero cuando me les encuentro más adelante me dicen que ellos pasan de prisas y planean llegar mañana.

El PCT sigue metido en la selva, aunque empieza ascendiendo por la ladera y alejándose del río. Subida tortuosa, abrazando cada vaguada. Mundo cerrado, en fuerte contraste con la amplitud de panoramas de las crestas. En el fondo, no está mal, para variar.

Tras muchos kilómetros de calurosa y sudorosa subida y con un cambio de valle de por medio, el sendero abandona por fin la reclusión y accede a una cresta más; no muy alta, apenas 1300 metros, pero con espectaculares vistas a través del valle del río Sacramento. Éste es el valle principal de la zona, muy profundo pero relativamente amplio, sin abandonar su configuración en V. Castella está ahí abajo y, al otro lado, las magníficas cumbres rocosas de Castle Crags. Lástima de calima, que estropea las vistas.

Breve pero gloriosa aparición del monte Shasta

Desde aquí, casi todo el trabajo duro está hecho y sólo queda un larguísimo descenso. Ya tengo claro que voy a llegar a Castella, cueste lo que cueste y llegue a la hora que llegue. Bueno, estaría genial llegar antes de que cierre la tienda.

Castella es de lo más minúsculo. De hecho, no es casi nada más que una gasolinera, la tienda y una oficina postal. Hay, literalmente, cuatro casas. Es curioso cómo, aquí, la más diminuta población tiene oficina postal. Al ser un valle principal, contiene las vías de comunicación: una autovía y una línea de ferrocarril. Mucha gente opta por el auto-stop (creo que también hay un bus) hacia la cercana localidad de Dunsmuir, que ya tiene cierta entidad, pero yo prefiero evitar separarme del PCT en lo posible y Castella es casi perfecto: tiene una tienda y un camping. Para una parada breve, no necesito más.

El descenso acaba haciéndose largo pero lo peor es llegar abajo y afrontar los 3 kms. de carretera hasta Castella. Se puede ir por sendero pero hay que dar mucha vuelta y, para parar en Castella, no merece la pena. La carretera está desierta (todo el tráfico va por la autovía) pero, con lo cansado que estoy, se hace eterno. Lo bueno de estas agonías de final de sección es que hay premio al final: la gasolinera de Castella puede no ser el lugar más idílico del mundo pero la tienda tiene de todo y, entre otras cosas, comida caliente. Me pongo unas merecidísimas botas. Han sido 53 kms.; creo que la distancia más larga en una sola jornada, hasta la fecha.

Una anécdota curiosa sobre la tienda de Castella es que tiene cierta "fama" en el PCT por su variada y extraña selección de cervezas... ¡tienen marcas de casi todo el mundo! Y doy fe: entre otras, hay ejemplares de San Miguel y, al loro, Estrella de Galicia. Impagable.

Ammiratis Market, uno de los aproximadamente cinco edificios en Castella

Después y sólo después, me acerco al camping, 15 minutos más allá, donde hay una zona específica para senderistas. Allí está Mike, a quien esperaba y me alegro de encontrar, y otros tres que viajan hacia el sur, recorriendo diferentes tramos: Peter, un señor veterano, y Tyler y Molly, una pareja joven. Mike va a madrugar mañana y se va enseguida a dormir pero los demás no y yo... tampoco; así que hablamos bajito para no molestar a Mike pero pasamos un rato muy entretenido.