Viajar
a Pie |
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"Out here the assumption is that everyone is your friend.
I haven’t seen it proven wrong yet"
Dalton, 2007 PCT section-hiker
Acabo de caminar más de 4000 kms. y apenas he tenido tiempo de empezar a reflexionar sobre lo que ha supuesto. La vorágine de la vida urbana me ha atrapado nada más llegar, o antes de llegar, casi. No obstante, sí que hay una conclusión que tengo muy clara, una enseñanza que guardaré para siempre y que me tendré que repetir a mí mismo cuando la dicha vorágine urbana me intente engullir: recorrer el Pacific Crest Trail era mi sueño imposible. Si va a haber un antes y un después de esta experiencia en mi vida, será por una cosa: ahora sé que los sueños, a veces, se cumplen. Sólo hay que ir por ellos.

En la inscripción, pone, entre otras cosas: "Northern Terminus, Pacific Crest National Scenic Trail"
Pacific Crest Trail 06: reflexiones
Caminar durante 4260 kms. es fácil; sólo se necesita tiempo y determinación; poco más. Cualquiera puede hacerlo pero es imprescindible querer hacerlo. En sintonía con esto, el PCT supone un reto mental mucho más que físico. Probablemente, es así en cualquier empresa montañera pero especialmente en esta en la que las dificultades técnicas no son muy grandes y se quedan pequeñas ante la inmensidad de la tarea. Motivación y determinación son las dos herramientas principales e imprescindibles para llegar a Canadá.
Lo que sigue es un conjunto de breves apuntes sobre lo primero que me ha venido a la cabeza cuando me he planteado describir mi viaje. Espero ir añadiendo páginas específicas, mucho más completas, sobre todos estos aspectos y muchos más que se me irán ocurriendo... pero necesitaré tiempo para eso.
Perspectiva
Antes de empezar a contar nada sobre lo que el viaje ha supuesto, es necesario poner las cosas en contexto. El planteamiento inicial, las expectativas y los objetivos marcados tienen mucha influencia sobre los retos que hay que afrontar y los problemas a superar.
Hay muchas formas de caminar en el PCT. Incluso entre todos los que parten desde Méjico en primavera, hay casi tantos planteamientos como individuos. En mi caso, yo tenía una serie de premisas: quería caminar desde Méjico a Canadá, sin saltarme ni un metro, sin tomarme ningún descanso prolongado y hacerlo todo seguido y continuo, siempre hacia el norte. Es decir, llevar a la práctica, a gran escala, mi concepto del viaje a pie. Quería hacer un viaje lo más autónomo posible, en el que no dependiera de ningún apoyo exterior. Veremos qué ha implicado todo esto sobre el terreno.
Las claves del PCT
Completar el PCT en una sola temporada es técnicamente fácil; al menos, desde un punto de vista montañero. La dificultad está en la magnitud de la tarea. Requiere un cierto grado de disciplina y compromiso. Para mí, llegó un momento en que el viaje se asemejaba a un trabajo basura del mundo urbano: madrugar, currar muchas horas, hasta que no puedes más y, al día siguiente, otra vez. Y otra. Y así durante días, semanas… Una vez terminado, veo que podría haberlo hecho de forma diferente, tomándome las cosas con más calma y, quizá, como resultado, evitando en parte estas sensaciones pero tengo la impresión de que, en algún momento, hay que hacer frente a cierta sensación de rutina. Esta es, creo yo, la gran dificultad de un viaje como este: Tener la voluntad de seguir adelante en los momentos emocionalmente bajos. Y confiar en que llegarán tiempos mejores. Siempre llegan.
La clave número uno para conseguir el objetivo es, sin duda, mental o, quizá, mejor dicho, emocional, que no sé si es lo mismo. La motivación es el arma más importante. Motivación y determinación por continuar. Físicamente, es una prueba dura, qué duda cabe, pero no es nada del otro mundo, en el fondo. Es la fuerza mental lo que necesitas para levantarte un día más y volver a caminar otros 40 kms.
El PCT es muy duro para los pies. Son muchos pasos. No ya por la longitud total sino porque, en general, el trazado es sencillo, lo que libera de esfuerzos a otras partes del cuerpo y concentra mucho castigo en los pies. Conservar los pies en buen estado es quizá la asignatura más importante, en el plano físico.
¿Sabéis qué? ¡no se me ocurren más! Es así de simple. Tu ilusión y mantener la salud de tus pies. Es todo lo que necesitas para caminar de Méjico a Canadá sobre el Pacific Crest Trail.
Obstáculos
Dicho lo anterior, procede un comentario sobre ese pequeño par de cosas que sí suponen un cierto problema técnico. Tampoco se trataba de un paseo por el parque...
"The snow was so awful that I'm sure even Ghandi would
have murdered either Inaki or I for our snowshoes"
Rolling Thunder en Trail
Journals, 12/06/06
En 2006, la nieve ha sido un problema mayor de lo habitual. Nevadas record en marzo y abril han tenido la culpa. La Sierra Nevada estaba aún muy nevada a mediados de junio y lo ha seguido estando bien entrado julio, incluso. Nieve primavera en condiciones de primavera: días soleados y temperaturas agradables, con noches y mañanas frías. Nieve muy húmeda, petrificada por la mañana temprano, firme hasta media mañana y deteriorándose después. El terreno no era demasiado extremo ya que, en esta zona de alta montaña, el sendero se olvida de la cresta y se dedica al más típico recorrido de valle-collado-valle. En este área se encuentra el tramo más largo en todo el PCT en el que éste no se cruza con ninguna carretera o pista y recorrerlo de un tirón, sin reaprovisionamiento, es un pequeño objetivo en sí mismo.
En estas circunstancias, el reto era doble: por un lado, la orientación, ya que el sendero era invisible durante horas y, a veces, casi, días. Por otro, conseguir vivir en la nieve durante tanto tiempo. La nieve dificultaba la progresión y convirtió el viaje en una serie de largas y extenuantes jornadas en las que apenas conseguíamos cubrir la mitad de la distancia a la que estábamos acostumbrados en terreno seco. Dos semanas con los pies mojados, con importante déficit calórico, a través de infinitos campos de suncups y con la certitud de estar escribiendo las páginas más memorables y bellas de todo el viaje.

La rutina diaria: "suncups" hasta donde alcanza la vista en la aproximación a Forester pass
Nota: aunque dedicaré unos párrafos a las suncups en las páginas sobre el desarrollo del viaje, valga, por el momento, una breve descripción: se producen por el desigual grado de fusión de la nieve, propiciado este por cualquier elemento sólido que caiga sobre la superficie nevada; una piedra, una ramita... cualquiera de estas cosas recibe el calor radiante del sol, se calienta, a su vez, y provoca la fusión de la nieve que le rodea, formándose un hoyo, que constituye lo que en inglés llaman "suncup". Las suncups pueden fácilmente llegar a tener un metro de profundidad. Caminar por un campo de suncups es tedioso y complicado.
Si hay algún peligro objetivo a lo largo de todo el PCT, es este. Ni la nieve, ni los osos, ni las serpientes, ni el hombre del saco sino los ríos. Si alguna vez sentí auténtico miedo… si alguna vez sentí que necesitaba ayuda y me sentí afortunado de tenerla o desamparado por no tenerla… fue ante una masa de agua en movimiento.
Y ¿por qué no ponen puentes? Me suelen preguntar… Buena pregunta. Pues no lo sé. Supongo que varía según el caso. En ocasiones, el caudal primaveral, o en caso de lluvias intensas, del río en cuestión puede llegar a ser tan grande que obligaría a construir una estructura desproporcionada y aún así vulnerable y poco duradera. Creo que, en la mayoría de casos, se trata de intentar alterar lo mínimo posible el entorno y mantener la experiencia lo más conectada posible con el medio ambiente y sus cosas, lo cual incluye también sus dificultades. Sé que esto puede sonar un poco marciano en Europa, donde estamos acostumbrados a una naturaleza domesticada pero puedo decir que, a pesar de todo, no cambiaría nada de lo que he visto. Cruzar ríos supuso una asignatura complicada pero también un aliciente y un reto y contribuyó como pocas cosas a acercarme a esa conexión con el mundo natural.
Dedicaré un completo apartado a hablar sobre los vadeos de los ríos. Lo merece.

¡No bromeo! Dificultades en Mono creek
(foto tomada por Rolling Thunder)
Salud
La salud física es algo que damos por garantizado y sólo nos acordamos de ella cuando nos falta. Esto es especialmente cierto en la vida en el sendero, particularmente esa segunda parte. Pocas sensaciones más miserables que la de intentar seguir adelante cuando tu cuerpo no funciona bien. Lo malo es que, en cinco meses, hay muchas posibilidades de que algo no funcione bien.
En mi caso, sólo tres episodios problemáticos que se resolvieron solos pero me hicieron pasar algunos de mis días más penosos:
el único conato de enfermedad fue de lo más paradójico; en medio de los días más abrumantemente calurosos de todo el viaje (más de 40ºC, en el norte de California), pasé un día con evidentes síntomas de gripe: dolor de cabeza, de garganta y malestar general. No sé si llegué a tener fiebre pero hacía tanto calor fuera que no sé si hubiera importado. Me propuse caminar 43 kms. para llegar a una carretera desde donde alcanzar algún pueblo si la cosa se ponía peor y me arrastré como pude hasta allí. Con perspectiva, puedo decir que fue uno de los días más duros de todo el viaje. Recuerdo con claridad la sensación de alivio, abrigo y relax que sentí cuando por fin me pude hacer un ovillo en el saco. A la mañana siguiente, estaba mejor y pude proseguir con casi normalidad.
Los pies son uno de los peores sitios donde tener problemas y, por supuesto, uno de los sitios donde más problemas aparecen. Yo cuidé mucho mis pies pero bastaron unos pocos días de descuido para que me dieran un toque que no olvidé. Esas pequeñas estrías que aparecieron en la planta, junto a la base de los dedos, me dieron la murga durante unos cuantos días en forma de dolor y, sobre todo, preocupación por una posible infección en los polvorientos caminos del centro de Oregon. Recordé y retomé la buena costumbre de lavar los pies y airearlos en cada arroyo, lago o charco que me encontraba. Una vez cerradas, nunca volvieron a aparecer.
Y, por fin, llego a mi cuádriceps izquierdo. Nunca esperé un problema muscular, mucho menos tras 4 meses de camino pero el caso es que el dicho músculo se acalambró de tal forma que tuve que arrastrar la pierna izquierda durante varios días y, en menor medida, casi dos semanas hasta que la lesión terminó de desaparecer. Nunca dejé de caminar y nunca dejé de hacer los kilómetros debidos pero caminar con una pierna y media no fue nada agradable. Responsabilizo a los dos días de asfalto a los que los incendios me obligaron en el centro de Oregon pero reconozco que unos correctos estiramientos al final de la jornada lo hubieran, probablemente, evitado. Nunca volví a olvidar estirar. Bueno, casi nunca.
La escena social o el aspecto humano
Los senderistas del PCT son un grupo variopinto; si no en la procedencia social, sí al menos en su edad y situación en la vida. Pero el nexo común es lo suficientemente fuerte como para derribar cualquier barrera, de forma que 40 años de diferencia en edad no impiden que dos senderistas puedan hablar el mismo lenguaje. Siempre tuve curiosidad por saber cómo encajaría yo en este ambiente y esta era, de hecho, una de mis grandes expectativas para este viaje.
Un viaje en el PCT es como un mundo dentro del mundo, con su propio entorno físico y social. Y las personas y sus relaciones son, como en cualquier otro entorno social, lo mejor y lo peor del cuadro, en sintonía con esa contradicción inherente, parece ser, a la condición humana. Es muy enriquecedor vivir en un ambiente donde la ilusión por lo que está pasando y la motivación son tan altas, en fuerte contraste con el gris uniforme habitual en nuestras vidas urbanas. Por otro lado, la vida se torna sencilla, básica, y esto hace más evidentes las actitudes egoístas o insolidarias que en el mundo urbano pasan más desapercibidas. No es lo habitual en el sendero pero, a veces, sucede. Supongo que nos pasa a todos, alguna vez.
Para mí, el contacto con la gente ha sido una parte importante, casi imprescindible, de una experiencia como esta. Tanto con el resto de thru-hikers como con otros senderistas, trail angels o resto del mundo. Las interacciones son de lo más variado e interesante y, como no puede ser de otra forma, se convierten en parte de tu bagaje personal. En el sendero, no importaba cuánta prisa tuviera por llegar a no-sé-dónde: aprendí a hacer siempre un hueco a los encuentros con otras personas y guardo muchas de esas conversaciones como una parte muy importante de lo que hoy en día soy.
Los alias
Tradición importada desde el Appalachian Trail, el sendero hermano de la costa este. Tiene cierto sentido: recorrer el PCT completo significa aparcar tu vida "normal" durante un tiempo y vivir una vida diferente, donde todo es distinto: el entorno, la actividad diaria, la gente... parece adecuado, por tanto, tener también una identidad específica. Tu nombre del sendero.
No vale elegirlo uno mismo. Los alias surgen, no se buscan. Una frase popular en el PCT dice algo así como "obtienes tu alias cuando haces algo estúpido y hay alguien allí para verlo..." No todos son así de crueles pero hay alias de lo más variopinto.
Siempre me gustó esto de los alias y siempre me hizo ilusión tener uno así que no me iba a negar (tampoco podía...) por muy ridículo que fuera. A partir de aquí y por lo que queda de viaje, mi nombre es Rainskirt. Vaya usted a saber por qué...
Los Números
Hay algunas cifras que definen a muy grandes rasgos el carácter que cada uno da al recorrido del PCT. En mi caso, han sido así:
Material
Y ¿a quién le importa hablar de material cuando hay tantas cosas que contar? Pues es que a mí me gusta juguetear con el material y, a fin de cuentas, es parte imprescindible de la experiencia. Moldea dicha experiencia. Me permito algunas notas generales:
Partí de la frontera mejicana con 3 premisas:
Cuanto más largo el viaje, más importante es viajar ligero. Los beneficios se multiplican por la distancia y se contribuye a evitar lesiones o problemas generados por desgaste o acumulación. Por otro lado, cuanto más largo el viaje, mayor es la tendencia a sobre-equiparse, a buscar ese margen extra de confort o a caer en el por-si-acaso. A veces, resulta difícil evitar la tentación; sobre todo, al pasar por algún lugar donde haya tiendas de montaña y recorrer los pasillos mirando todo tipo de material cual manzana prohibida. Quizá, tras haber coincidido en el sendero con alguien que lleva esa cosa (que tú no llevas) y, aparentemente, camina tan contento.
Hace falta ser un tanto devoto de la fe del ultraligerismo o, dicho de una forma menos bíblica, confiar en que el planteamiento (ultra)ligero tiene sus beneficios, más o menos tangibles, a más o menos largo plazo.
Otra de las tentaciones a las que es fácil sucumbir es la de mantener una cierta cantidad de material flotante, viajando en el correo para echar mano de él tarde o temprano… o nunca, pero está ahí y nos da ese margen de maniobra que contribuye a mantener la paz psicológica.
Yo he huido deliberadamente de esto. Resulta caro pero, sobre todo, introduce complejidad logística en el viaje y elimina parte de la sensación de autonomía, esa sensación a la vez romántica, encantadora y, a veces, intimidante de pensar que todo lo que tienes en este mundo está en tu espalda. Mi caja itinerante contenía lo básico (mapas, guías y muy poco más) y era de un tamaño ridículo comparada con las de otros senderistas que llevaban una auténtica tonelada de material extra.
No menciono esta comparación como ejemplo de lo que está bien o lo que no lo está; cada uno hace las cosas como le parece y hay mil razones objetivas para justificar el material flotante. A veces, eché de menos alguna opción extra pero tenía plena confianza en mi conjunto de material y disfruté mucho de la especial sensación de caminar sin dejar nada atrás (o, en este caso, delante).
A esto último ayudó, sin duda, la tercera de las premisas. Sea por la estética del consumismo, sea por razones menos frívolas de funcionalidad pura, la tentación de actualizar el material está presente hasta casi el último día de preparaciones, incluso durante el propio viaje. Así como creo que experimentar es algo fundamental, también creo que es una buena idea dejar los experimentos para otros momentos. En un viaje como este, necesito fiabilidad. Necesito poder confiar en mi equipo, saber que va a funcionar.
Será casualidad pero el único elemento relevante para el que no seguí esta premisa, los crampones, fue también el único de cuyo funcionamiento no quedé satisfecho.

Crampones de 6 puntas en la posición que peor resultado dio
Mi pequeño record para la posteridad
Es casi broma esto del record y la posteridad. De hecho, no tengo ni idea de si se ha hecho antes, posiblemente sí, en cuyo caso habré igualado la marca pero no creo que nadie haya superado esto: completar el PCT con dos pares de zapatillas.
Ya, ya sé, es un record muy cutre, pero es mi record. Según he visto, lo normal era, entre la gente que usaba zapatillas (casi todo el mundo), gastar 5 ó 6 pares. Menos que eso era raro. Yo no sé qué narices hace la gente con sus zapatillas pero yo tiré el primer par cuando aún estaba en buen uso, simplemente porque pasé por un lugar (South Lake Tahoe) lo suficientemente grande como para encontrar una tienda de montaña donde pude comprarme otro par igual: el modelo Velocity de Vasque.
Menciono el modelo por si alguien quiere comprarse unas zapatillas duraderas; en ese sentido, las puedo recomendar y no necesito explicar más. Lo curioso es que, definitivamente, no se trata sólo del modelo de zapatilla porque este, en concreto, es uno de los más populares en el PCT y no creo que a nadie le duraran tanto. Quizá viajar ligero tenga algo que ver pero, de nuevo, y en serio: no sé qué hace la gente con su calzado que lo rompen tan pronto.
El segundo par llegó a Canadá con unos cuantos agujeros y casi sin suela en ciertas áreas, tras haber recorrido 1574 millas o 2518 kms., aproximadamente.

Cambio de zapatillas en South Lake Tahoe
El recorrido
Un viaje es mucho más que su recorrido físico pero el recorrido sigue siendo una parte importante del viaje. El PCT tiene secciones muy diferenciadas, tanto por la naturaleza física como por la época en la que se recorren y la división típica me viene perfecta:
Sur de California
El PCT busca las montañas en el sur de California, tanto cuando siguen la dirección norte-sur como cuando no; tampoco hay mucha más opción. El sur de California me ha recordado mucho a las tierras del centro de la península ibérica. El clima y la vegetación son similares y buena parte de la realidad física, también; aunque con una diferencia: las montañas son una divisoria de aguas y una marcada divisoria de dos mundos. Y, por lo que al trazado del PCT respecta, el único lugar viable. Hacia el oeste, las megalópolis urbanas se van haciendo tan grandes que casi se fusionan. Hacia el este, el desierto.
Las montañas Laguna, San Jacinto, San Bernardino y San Gabriel, más algunas otras cordilleras menores, bloquean la humedad del Pacífico y originan las áridas tierras de los desiertos de Sonora y Mojave. Resulta curioso, a la vez que espectacular, caminar entre los pinares de cualquiera de estas montañas ante la vista del desierto, al este, mil metros verticales más abajo. Más curioso aún es hacerlo entre arroyos cantarines y bloques de nieve o, incluso, amplias extensiones aún nevadas. Es lo que pasa cuando hay que subirse a más de 3000 metros a mitad de mayo; aunque sea en el sur de California.
En las pocas ocasiones en que es necesario bajarse de las montañas, el sendero toma, habitualmente, la vertiente árida y aquí experimentamos de primera mano lo que, hasta entonces, era sólo una vista desde la distancia. El desierto californiano tiene arena pero no está desprovisto de vida, tanto vegetal como animal y, personalmente, ha significado un gran descubrimiento. Caminar por el desierto fue hermoso. Las luces oblicuas del principio y final del día suponían un espectáculo especial y, sin duda, diferente.
El sur de California también tiene su rutina, muchos kms. de pistas y caminos polvorientos, entre vegetación arbustiva con poco cobijo del sol inclemente y con la civilización casi siempre cerca, lejos de mi romántico ideal del PCT. El aproximadamente mes y medio que se tarda en llegar a las grandes montañas no es, de todas formas, ni un trámite ni un mal necesario para quien quiere recorrer el sendero completo. La belleza está siempre a la vuelta de cualquier esquina y esta sección tiene, sin duda, la suya personal.

Descendiendo hacia el árido valle de San Felipe
La Sierra Nevada
Espectaculares montañas de relieves abruptos e intimidantes, extensos bosques, ríos, lagos… vienen a ser como nuestros Pirineos pero más grandes, en todas las dimensiones: a lo largo, ancho y alto; y, sobre todo, más salvajes, menos alteradas.
En junio de este año, la Sierra Nevada estaba todavía muy nevada. Todos los años queda algo de nieve pero en 2006 había mucha más de la habitual. La travesía de la Alta Sierra tomó un tinte un tanto épico. Nunca me había pasado tanto tiempo en la nieve. Fue duro pero fue también, probablemente, la sección más memorable.
La nieve acumulada plantea un problema adicional que, a la postre, resultó el obstáculo principal: los ríos. Hubo que cruzar muchos. Algunos, profundos; otros, embravecidos. Los momentos más tensos y arriesgados de todo el viaje sucedieron en alguno de estos.
Como consecuencia de todo ello, esta fue, paradójicamente, la sección más social; al menos, para mí. La única en la que compartí el viaje con otros de forma regular.
Afortunadamente, lo tardío de la primavera hizo que los mosquitos no empezaran a incordiar hasta más allá de Yosemite.

Rolling Thunder y Three Gallon en el descenso de Mather Pass
Norte de California
El norte de California supone un cierto estado de relajación post-orgásmica. El escenario es aún bonito pero incomparable a lo que acaba de quedar atrás. Los kilómetros empezaron a importar más y el viaje empezó a parecerse a un trabajo sin fines de semana.
La Sierra Nevada va difuminándose poco a poco hasta que el granito da por fin paso a las rocas volcánicas. Las montañas son más bajas y están atravesadas por los profundos y estrechos valles transversales de los grandes ríos que han conseguido abrirse camino. Bajar a estos valles para inmediatamente volver a subir era un duro aunque interesante ejercicio, al atravesar diversas zonas climáticas. En las profundidades, y en medio del verano, el ambiente era muy caluroso, casi opresivo.
Los bosques no dan tregua y cubren prácticamente todo el terreno. A menudo, son enmarañados y densos hasta el punto de que hay que hilar fino para encontrar acomodo por las noches.
En 2006, una cierta ola de calor trajo temperaturas que yo no había encontrado ni siquiera en las tierras áridas del sur. Incluso, el agua volvió a ser un problema en alguna sección, con lo que hizo falta un cierto reajuste mental. En la Alta Sierra, el problema era el exceso de agua.
El norte de California tiene uno de sus atractivos en la vertiente humana, esas pequeñas localidades a las que regularmente se acerca el PCT y donde uno encuentra gente amable y sencilla.
Por fin, se aprecia el cambio de escenario según la Sierra Nevada transiciona hacia las Cascades y empieza la serie de grandes montañas aisladas que se elevan sobre todo lo que les rodea: son volcanes y serán una constante hasta el final de trayecto.

Mt. Shasta, el primer gran volcán de las Cascades
Oregon
Oregon fue una carrera. Y no sé si fue lo correcto o no. Quizá sucumbí a la “presión” (es un decir) del tópico de que es muy plano y se hace en un par de semanas. Pues sí se puede hacer en ese par de semanas pero a costa de caminar mucho.
Desde luego, el PCT en Oregon no es plano, ni mucho menos. No existen los valles profundos del norte de California pero el terreno es montañoso, obviamente, cómo podía ser de otra forma... las Cascades en Oregon son una sucesión interminable de montañas de tamaño modesto, cubiertas de bosque hasta donde alcanza la vista y salpicadas aquí y allá por esos volcanes que crecieron más que los demás: Thielsen, McLoughlin, Washington y los gigantescos montes Jefferson y Hood, coronados por grandes glaciares.
Oregon es monótono, dentro de lo bonito. En la península ibérica, apreciaríamos la sucesión infinita de bosques y lagos pero allí acaba siendo rutina. Los lagos, por cierto, significaron la vuelta de un mal compañero de viaje que yo consideraba ya olvidado: los mosquitos, que alcanzaron, por momentos, niveles insoportables. Nadie les había dicho que en agosto ya no deberían estar ahí.
Oregon en 2006 ha estado marcado por el infierno de los incendios forestales. Incendios de envergadura histórica, ardiendo sobre la misma traza del sendero. Para cumplir mi premisa de un itinerario continuo, tuve que pasarme dos días y medio caminando por carreteras. Los dos días más horrorosos de todo el viaje. Jamás me sentí tan desamparado, tan vulnerable, tan cansado y, paradójicamente, tan solo.
Las jornadas largas y polvorientas castigaron mis pies y los días en la carretera, junto a mi propio descuido, me dejaron una lesión de cuádriceps que arrastré durante casi dos semanas. Oregon era fácil pero resultó duro, a la postre.

Los infinitos bosques de Oregon
Washington
Washington comenzó donde Oregon lo había dejado pero yo sabía que lo mejor estaba por llegar. A modo de bienvenida, comenzó a llover al segundo día; lluvia y frío, un aviso, también, de que lo “mejor” estaba por llegar.
Cuando hablo de retomar la tónica de Oregon incluyo la parte más vistosa: nuevos ejemplares de volcanes gigantescos y con glaciares cada vez más grandes, según vamos hacia el norte: Adams y, por fin, Rainier, el gigante de las Cascades, con su cara norte completamente cubierta de hielo. Alguna zona alpina como aperitivo y, después, más rutina polvorienta hasta llegar a donde yo estaba esperando: las Cascades septentrionales, donde de nuevo nos sumergimos en un mundo de montañas de relieves extremos, montañas hasta donde alcanza la vista y que incluyen algunas de las regiones más remotas de todo el PCT.
Y es en medio de tanta maravilla cuando el barómetro se lanza en picado y tengo que cambiar los pantalones cortos por los guantes. Tiempo gélido, viento helado, nubes negro-oscuro y, por fin, nieve. Más de una semana de mal tiempo, sin apenas tregua, para un final un tanto épico, una lucha constante por mantener la temperatura corporal cuando el mundo que te rodea está empapado y la temperatura es baja. Una pequeña agonía por llegar a Canadá antes de que el inminente invierno diera por cerrada la temporada. Las Cascades presentaban su cara más bella y dura, con preciosos colores otoñales en los valles y nieve en los picos. Con el sendero a caballo entre ambas cosas. En perspectiva, un final con estilo.

El glaciar Adams, auténtico río de hielo en el monte homónimo
Hay muchas cosas más sobre las que me gustaría hablar pero siento que no puedo esperar a marzo para tener algo listo. De todas formas, nunca pretendí que este espacio web fuera demasiado formal. Iré parcheando.