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Long Range Traverse
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Detalles de la travesía Long Range
Esta ruta toma su nombre de la cordillera por la que discurre. Esta relativa apropiación de identidad se justifica por ser, probablemente, la única travesía más o menos establecida en estas montañas. Lo de “más o menos” es porque, en realidad, lo único establecido es un par de accesos a las tierras altas y poco más, ni siquiera hay un sendero que seguir pero las escasas facilidades marcan la diferencia con respecto a cualquier otra zona de la cordillera donde una travesía semejante supone un reto considerablemente mayor. En Gros Morne, los papá rangers velarán por nosotros y nos darán un juguetito emisor de señales para venir a buscarnos si nos vamos por donde no es.
Permisos
Para realizar la travesía Long Range, es necesario obtener un permiso de parte de los rangers del parque nacional Gros Morne. No está muy claro en ninguna documentación pero se entiende que la expedición de permisos para unas determinadas fechas está sujeta a un cupo máximo de gente. No parece, de todas formas, que haya mucha competencia ni que sea necesaria una gran antelación, aunque nunca está de más solicitar el permiso cuanto antes, en cuanto se tenga clara la fecha de inicio.
Lo que sí conviene reservar con antelación, y ya se encargan los rangers de recordarlo, es el pasaje en barco que da acceso al comienzo de la travesía. Comento a continuación.
Planificación
La travesía Long Range es una ruta peculiar: no hay senderos, sólo naturaleza virgen y, debo decir, virgen de verdad. Ahí arriba (y como en casi todo el territorio de la isla, en realidad, salvo las costas y poco más) no hay huella humana alguna. El acceso a las montañas es muy complicado, restringido a los escasos lugares donde se ha trazado un sendero o a los aún más escasos donde la geología se ha encargado de despejar el terreno.
Uno podría pensar que, si no hay senderos, para qué recorrer esta travesía y pasar por el relativo incordio de la obtención de permiso, acceso en barco, visitas pre y post-ruta a los rangers... ¿qué aporta esta ruta concreta sobre cualquier otro recorrido, a elegir en 500 kms. de cordillera? Pues aporta un par de detalles importantes: por un lado, acceso a las montañas en dos puntos separados por una distancia que permite una travesía lineal de una distancia razonable; por otro, la relativa cobertura de la existencia del parque nacional y el hecho de que los rangers se encargan de registrar a los grupos o individuos que parten para organizar tareas de búsqueda en caso de desaparición, algo no del todo descabellado, no ya sólo porque no haya senderos sino porque, si uno se pierde, lo tiene mal para salir de allí... ¡no hay por dónde!
Sobre la ruta en sí, conviene atar bien el comienzo: el extremo norte de la travesía está al fondo de Western Brook pond, un antiguo fiordo, ahora separado del mar y transformado en larguísimo y profundo lago de verticales paredes. Existe un barco, de gestión privada, que hace un par de viajes al día por Western Brook pond; la idea es llevar a los turistas a dar una vuelta por el lugar para que puedan admirar el espectáculo que supone el antiguo fiordo, encajonado en su profunda muesca. Este barco es la única forma de llegar al extremo opuesto del fiordo, donde comienza la travesía, y es utilizado por los senderistas para ello: desembarcan al llegar al final del trayecto y se quedan mirando al barquito mientras este vuelve hacia la civilización, preguntándose si han hecho bien... no es para menos; a partir de ese momento, no les queda más remedio que caminar para salir de allí: subir a las tierras altas y atravesarlas... pero esto es parte de la historia.
Valga decir que no vale arrepentirse y esperar al siguiente viaje del barco para pedir socorro y volverse, ya que lo más habitual es que el barco venga lleno y, de no ser por una emergencia, no tiene por qué recoger a nadie. Ya sé que puede parecer un poco estúpido todo esto que estoy diciendo (¿quién va a ser capaz de arrepentirse a estas alturas???!!!) pero ver marcharse el barquito de marras da un poco de congoja. Qué le vamos a hacer, cobarde que es uno.
Es difícil dar una longitud para la travesía, ya que depende de la ruta elegida. Los rangers sugieren un posible trazado durante la charla previa, lo tienen marcado en un mapa y uno se lo puede copiar. Supongo que todo el mundo va por ahí pero, al final, no deja de ser una línea de deseo y es el propio terreno el que marca el "por dónde". Los relieves son suaves, una vez en lo alto de las mesetas; los obstáculos más a tener en cuenta serán los innumerables lagos y los trozos de tuckamore, que es necesario rodear.

Atrás queda Marks pond, día 2
La bibliografía oficial (esto es, los folletos del parque) resulta un tanto equívoca sobre la longitud de la travesía y uno se puede preguntar el porqué de esta aparente disparidad: ¿35 kms. y 4+ días recomendados? Lo que no mencionan los folletos es que esos aparentemente escasos 35 kms. corresponden a la distancia en línea recta y sólo a la parte correspondiente a la travesía de las mesetas, sin contar el acceso desde y hacia los valles. En nuestro caso, hicimos caso a la recomendación de los 4+ días y no podemos estar más satisfechos de haberlo hecho así: a pesar de que en las condiciones mayormente benignas que nos encontramos hubiera sido perfectamente posible hacer la travesía completa en 3 días (y alguien con experiencia y en buena forma, probablemente, en dos), el ritmo tranquilo que nos pudimos permitir nos dio la ocasión de disfrutar de forma pausada y muy intensa todo nuestro tiempo en las montañas. Todo es tan bonito, sublime y las sensaciones son tan puras que ¿quién quiere acabar pronto? Cuatro días y medio resultó perfecto y no cambiaríamos nada. Además, el saber que teníamos tiempo para hacer frente a contingencias climáticas nos daba tranquilidad. Todo fue bien mientras el tiempo fue bueno pero esa mañana en la que nos levantamos entre una profunda niebla nos dio un toque de atención de cómo podía llegar a ser aquello si las circunstancias se torcían.
La ventana para la realización de la travesía es relativamente corta, de tres meses: del 1 de julio al 1 de octubre. Fuera de esa época, todo es nieve en las montañas Long Range. Entiendo que, si uno quiere, sigue siendo posible salir ahí y recorrer la ruta (y supongo que hasta el tuckamore habrá dejado de ser un problema, oculto por la nieve), prohibido no va a estar, pero desde luego no es ya necesario obtener un permiso ni los rangers hacen labor alguna de monitorizar la vuelta. Tampoco creo que haya servicio de barco en Western Brook pond.
Sentido de marcha
No hay mucho que rascar aquí; si bien es posible, en teoría, realizar la travesía en cualquier sentido, lo único práctico es hacerla de norte a sur. Esto es así porque, si bien en el acceso por el sur uno depende sólo de uno mismo, en el extremo norte no es así: nuestras piernas nos llevarían hasta las orillas de Western Brook pond pero, desde ahí, imposible continuar si no es sobre el lago; es necesario tomar el barco y, desafortunadamente, uno no puede contar con encontrar espacio en él sin haberlo reservado previamente. Esto es fácil de hacer si el barco se utiliza como medio de entrada pero no tanto si se usa para salir. En una ruta convencional es perfectamente posible planificar el día de llegada pero la travesía Long Range no es una ruta convencional: la falta de senderos o guía alguna unido a lo expuesto del lugar y al clima variable e impredecible aconsejan ser flexible y no estar atado a un horario estricto.
En la práctica, en definitiva, la mayoría de senderistas hacen el recorrido de norte a sur.
Registro
Este es un tema especialmente importante en la travesía Long Range. Dado que no hay senderos ni marcas, el senderista debe ser autosuficiente y capaz de encontrar la ruta. Para ayudar a resolver contingencias, sean a causa de pérdida o por cualquier tipo de accidente, en Gros Morne, además del habitual registro de partida y llegada, se entrega a cada grupo un localizador que ayudará a los grupos de rescate. Lo mejor es que no haga falta.
Es necesario obtener el permiso para una fecha concreta de inicio pero, una vez en ruta, uno es libre de elegir su camino y su ritmo. Sí se requiere especificar, antes de partir, una fecha esperada de retorno y es necesario registrar dicho retorno, pasando por la oficina (y, de paso, devolver el localizador). Según nos comentaron los rangers, se monitoriza la vuelta de cada grupo de forma que, si alguno no vuelve en la fecha esperada, se espera un día y, pasado este, se comienza una búsqueda. Depende también de la situación climática (si hay niebla, se puede interpretar que el grupo o individuo está esperando a que se despeje para continuar). Por suerte, los rangers son profesionales de esto, más adecuados para la tarea que algún familiar nervioso.
Acampar
La acampada durante la ruta está, aparentemente, restringida a las zonas establecidas. Digo "aparentemente" porque, en realidad, en ninguna parte he llegado a ver prohibición alguna de acampar en otro sitio, ni me puedo imaginar a nadie controlando esto. Tampoco hace falta, en realidad. Las montañas Long Range son un lugar escasamente visitado y ni siquiera en la relativamente popular travesía Long Range hay problemas de saturación o de impacto ambiental (al menos, así era en 2003).
De todas formas, en la práctica, a lo largo de la travesía lo habitual es acampar en las zonas de acampada. Hay seis, de las que nosotros utilizamos cuatro. Las zonas de acampada, aparte de concentrar a la gente en puntos concretos, aportan un par de elementos: por un lado, plataformas de madera sobre las que colocar la tienda; su razón de ser está en el alto grado de humedad y esponjosidad del suelo en las mesetas. Con las plataformas, se intenta evitar el proceso de compactación y se procura ahorrar al senderista un poco de humedad extra. Puede ser un poco problemático colocar una tienda o refugio que no sea capaz de sostenerse sin piquetas y, de hecho, nuestros compañeros de ruta, con una tienda de estas, nunca usaron las plataformas. Tuvimos buen tiempo y el suelo estaba bastante seco.

Nuestra plataforma junto a Hardings pond
El otro elemento, habitual en estos casos, es una letrina, que contribuye a concentrar los restos humanos. Se trata de ponérselo fácil al senderista como forma de fomentar el evitar que cague fuera del tiesto. La letrina consta de la habitual fosa común, un gran hoyo que los empleados del parque cavan al principio de la temporada, con un cajón de madera que hace de taza y está provisto de tapa. A lo largo de la temporada, el hoyo, obviamente, se va llenando y, al final de la misma, lo tapan. La naturaleza hace el resto. Así, se evita que heces y orina contaminen los cursos de agua, tan abundantes aquí, además.
Por lo demás, las zonas de acampada, obviamente, no incluyen ningún servicio, como no puede ser de otra forma: esto es naturaleza prácticamente inalterada y ese es el gran valor. Sólo una de dichas zonas, la de Ferry Gulch, al pie de la montaña Gros Morne, dispone de un poste para colgar la comida a salvo de osos y otros animales. No es este un gran problema en las montañas Long Range, donde la presión humana es escasa y los animales no están acostumbrados a robar emparedados a los excursionistas.
Hay, como decía, seis zonas de acampada a lo largo de la travesía Long Range: dos de ellas, en los valles de los extremos, en Western Brook pond y Ferry gulch; y las otras cuatro en las tierras altas, junto a los lagos Little Island, Marks, Hardings y cerca del Green Island. Nosotros utilizamos las de Little Island, Hardings, Green Island y Ferry Gulch. La de Western Brook pond, cerca del embarcadero, está pensada para aquellos que tomen el barco de acceso al fiordo por la tarde (hay un viaje por la mañana y otro por la tarde) a los que no daría tiempo a llegar a las mesetas, a no ser que se dieran mucha prisa.
Fauna
Las montañas Long Range son un gran territorio virgen. Y, cuando digo "virgen", lo digo con todas las letras, esto es, no en la acepción que podemos tener en Europa, donde ya es virgen casi cualquier cosa que no esté urbanizada... Aquí no hay nada humano. Ni gente, salvo por excepciones como esta travesía donde, durante unos meses al año, se pueden encontrar algunos bípedos con mochila transitando. Hay muchos factores: Terranova tiene muy poca densidad de población, las montañas, pequeñas como son, tienen unas condiciones climáticas muy extremas y los accesos son escasos; y prácticamente imposibles donde no hay un sendero ex-profeso (y hay muy pocos). Las montañas Long Range son un gran territorio virgen.
Entre otras cosas, esto significa una abundante presencia de fauna que vive sin ingerencias en un ambiente inalterado. Podemos sentirnos afortunados de que aún queden sitios así y, más aún, de poder verlos y caminar por ellos.
De entre los bichos más espectaculares que uno puede esperar encontrarse en las montañas, destacan los alces, osos y caribús. Los osos son sólo de la variedad americana y son muy esquivos; al contrario que en otras regiones de América, no suelen suponer problema alguno ni para los senderistas ni para su comida, no están acostumbrados al contacto con el ser humano y cuentan con abundante comida en su entorno natural.
Los alces no son nativos de la isla pero han florecido en ella desde que fueron introducidos. Les ha gustado el clima. Son animales tímidos pero hay tantos que suele ser fácil ver alguno. Son *muy* grandes y aunque en principio nunca van a suponer ningún peligro conviene darles espacio si tenemos la suerte de encontrarnos uno de cerca.
Los caribús son quizá los menos vistosos del elenco pero probablemente, al mismo tiempo, los más bienvenidos, cuando uno se los encuentra, seguramente por el hecho de ser animales propios de latitudes mucho más altas pero el microclima de Terranova y, sobre todo, de sus montañas, les permite vivir cómodos aquí. Creo que en verano van buscando los neveros para no pasar calor, nada menos... Son como ciervos raros, muy bonitos, no excesivamente grandes. Viven en manadas y, para verles, uno depende de la suerte de que su camino cruce por el terreno que estén ocupando en un cierto momento. Cuando nosotros tuvimos la suerte y el placer de encontrarles, se mostraron cautos pero no excesivamente tímidos y pudimos contemplarles desde muy cerca. Preciosos.

Caribús en las montañas Long Range
Insectos
En un ambiente sub-polar como el de las montañas Long Range, los insectos merecen su capítulo aparte: pueden llegar a ser la tumba de cualquier intención de disfrutar del viaje. En los meses cálidos y en estos parajes llenos de agua, los días sin viento pueden dar lugar a que auténticos ejércitos de chupa-sangres no nos dejen vivir.
Terranova dispone de su versión local de las infames blackflies, esas moscas en miniatura capaces de volver loco al más templado. Al parecer, la abundancia o no de estos y otros insectos depende mucho de las condiciones de la temporada, tanto como de las circunstancias locales de cada momento: si llueve o hace viento, no hay insectos (o hay menos); un día caluroso y sin aire es ideal para ellos. Puedes acabar rezando por lluvia.
En nuestro caso, afortunadamente, no hubo gran problema insectil (no siempre hemos podido cantar victoria tan fácil), lo cual fue un gran hallazgo. No vimos apenas blackflies y el único insecto que nos molestó de verdad fue esa mosca gorda cuyo nombre ignoramos: la muy cabrona usa una técnica depurada para picar; como es muy grande y debe necesitar su rato para la extracción (y no tendría ocasión de huír sin ser aplastada), lo que hace es posarse discretamente en un lugar donde no se la vea (la parte de atrás del cuello es su preferida) e inyectar una sustancia anestesiante... así de sofisticado, anestesia local para picotazos libres de sensaciones... hasta que, por la razón que sea, te pasas la mano por ahí, notas un bulto gordo y, cuando miras la mano, encuentras un manchón de sangre. No tuvimos muchos picotazos de estos pero acabamos volviéndonos un poco paranoicos, pasando la mano periódicamente por el cuello para espantar moscas gordas anestesiantes imaginarias... hasta que, en una de estas, encontrabas otro mordisco más...
Huelga decir que un refugio a prueba de insectos es fundamental para poder dormir por las noches en las montañas Long Range.
La travesía
Día 1: Western Brook pond & gulch - Little Island pond
Llegado el dia D, salimos del albergue camino del hotel de Rocky Harbour que regenta el tema del barco; como Western Brook pond está un buen trecho hacia el norte, proveen también un minibús para llevar a la gente hasta allí.
En el minibús, como en el barco, la mayoría de clientes son turistas, con lo que es fácil distinguir a los senderistas, basta con mirar la mochila. ¿Habrá alguien más que empiece la travesía al mismo tiempo que nosotros? Por el momento, en el bus, no.
Tras el corto y espectacular viaje, junto a la costa del golfo de San Lorenzo, hay que bajarse y recorrer un par de kms. tierra adentro hasta el embarcadero. Al fondo, la silueta de las montañas Long Range, en cuya pared frontal se intuye la estrecha muesca que significa la entrada a Western Brook pond.

La puerta a Western Brook pond
En un lugar como este más que nunca se tiene constancia de estar caminando por el antiguo fondo del mar; hecho evidente porque la franja de tierra que ahora separa el lago de la actual línea de costa emergió para convertir el fiordo en lago. Cosas del peso del hielo... la tierra se levantó al fundirse aquel.
En el embarcadero, nos encontramos con otra pareja con mochilas grandes e inmediatamente les identificamos: estuvieron ayer en la entrevista con los rangers, justo después que nosotros. Por las pintas y la edad, deben ser padre e hijo.

El embarcadero. Al fondo, la entrada a Western Brook pond
Por el momento, nos dejamos llevar y nos dedicamos a disfrutar del viaje, que es espectacular. Además, para nosotros, resulta muy emocionante, como comienzo de nuestro viaje. El barco se dirige a ese hueco abierto en medio de las paredes y, una vez dentro, nos encontramos rodeados por paisajes y panoramas que nos recuerdan mucho aquellos fiordos de Nueva Zelanda, cuánto tiempo hace ya... aparte de las paredes verticales, impresionan las aguas oscuras e inmóviles. Algo nos cuentan por la megafonía sobre cómo Western Brook pond es una cuenca cerrada, sin desagües y que sólo recibe agua de lo que le cae desde las mesetas. Curioso.
El fiordo se va retorciendo y enseguida perdemos de vista la salida. Al cabo de un buen rato, avistamos el final y nos dirigimos hacia el diminuto embarcadero que hay en el mismo fondo, donde acaba el agua. Allí nos vamos a bajar y seremos cuatro.
Hasta ahora, no habíamos contactado con los que iban a ser nuestros compañeros de desembarco pero, cuando nos bajamos (el barco amarra sólo para ello), no nos queda más remedio que vernos los caretos. Es más, la situación nos une, inevitablemente. Nada más bajar, el barco zarpa y nos quedamos allí, diciendo adiós con la mano y pensando que, a partir de ese momento, estamos solos y la responsabilidad de salir de allí es sólo nuestra. Glups.

Ahí se va nuestra última conexión con la civilización
Es el padre el que rompe el hielo y se presenta: Loren, de Maine y su hijo Michael, también de Maine, y no se anda con rodeos: nos dice que se sentirían más tranquilos si camináramos juntos, si no nos importa. Es curioso, nunca habíamos caminado con otras personas y, además, siempre hemos valorado mucho nuestra independencia y libertad para elegir nuestro camino, nuestro ritmo... pero, dadas las circunstancias, en parte nos alegra contar con compañía, será un apoyo moral, al menos. Dado que nuestro plan es muy relajado, dudamos mucho que alguien pueda ir más lento y un rapido chequeo por encima nos dice que nuestros planes son prácticamente calcados así que no hay problema, caminaremos juntos... y empezamos ¡ya!.
En lo que a caminar se refiere, el grueso de la jornada consiste en la ascensión a las tierras altas. Para ello, hay que recorrer el fondo del valle glacial del Western Brook, a través de densa vegetación y aprovechando los restos de una antigua senda de cazadores para, finalmente, llegar al final del valle y ascender por una de las paredes frontales.
Según las referencias que tenemos, la senda no es muy clara pero esperamos que no haya problema para seguirla. Aquí abajo, la orientación no es problema (imposible perderse, estamos encerrados entre paredes verticales) pero el bosque es muy denso y tememos que si perdemos el camino vamos a pasar un mal rato.

Western Brook Gulch, un claro en el bosque
El ambiente aquí abajo es oscuro y opresivo, tanto por el calor húmedo como por la claustrofóbica sensación que crean las altas paredes, la estrechez del valle y la vegetación tan cerrada. No es que haga mucho calor pero sí hay mucha humedad, resulta lévemente incómodo. Comprobamos, eso sí, con alivio que no hay apenas insectos, a pesar de que las condiciones parecen ideales para ellos. Esperamos que sea ya demasiado tarde en la temporada y no nos den mucho la lata en los días que vienen a continuación.
Los rangers nos han advertido de un desprendimiento de rocas a mitad de camino. Cuando llegamos allí, vemos cómo, efectivamente, parte de la pared izquierda se ha desplomado y grandes bloques cubren el fondo, por donde va el sendero. Tenemos dos opciones: evitar las rocas, metiéndonos en el bosque por la ladera de la derecha; o subirnos a ellas y pasar recto. Intentamos lo primero pero no duramos ni dos metros: el bosque es mayormente impenetrable y, además, en plena ladera empinada es muy complicado moverse. Vamos a las rocas.
Empieza fácil pero los bloques se van haciendo cada vez más grandes y acabamos atascados sin saber muy bien dónde agarrarnos para pasar los pedrolos más grandes, de más de 3 m. de altura. Acabamos convencidos de habernos equivocado. El único consuelo es que, si hubiéramos elegido el bosque, habríamos, probablemente, acabado con la misma sensación.
Es curioso el efecto que esto tiene sobre el recién estrenado grupo. Al parecer, y según nos confiesa Loren a continuación, comenzaban el viaje con reservas (y se alegraron por ello de encontrar compañía) debido, sobre todo, a que Michael, el chaval (muy jovencito; no tendrá ni 15 años) no estaba del todo convencido de que quisiera embarcarse en aquello... pero llegados a terreno difícil de verdad (el desprendimiento), resulta que él es, con diferencia, el que mejor y más ágilmente se mueve (a ver...) y eso parece que le da la confianza que le faltaba. A partir de ahí, se le nota más contento.
Pasado el desprendimiento, nuestra preocupación es volver a encontrar la senda pero aparece enseguida. A ratos, caminamos por el cauce seco del arroyo, esto es, por el mismo fondo del valle, sin tener muy claro si esto es parte de la senda o si ésta discurre paralela entre la maraña vegetal pero el cauce es amplio y de fondo plano así que es perfecto. Según nos acercamos al final del valle, avistamos la pequeña cascada que baja de las alturas. "Keep to the right of the waterfall" fue el aviso del ranger que nos entrevistó, alertándonos de que era importante encontrar la senda en ese punto, era la única forma de subir por la empinada pared. Empinada y cubierta de enmarañada vegetación, imposible pasar sin un camino. Vamos atentos al lugar donde abandonar el cauce seco para empezar a subir y, por suerte, lo encontramos sin problema.
El sendero era bastante pobre y muy empinado pero no habría nada que hacer sin él. Subimos sin prisa y se nos hace largo pero, por fin, emergemos por encima de la cascada, la pendiente se suaviza y una emocionada mirada atrás confirma que ya estamos a punto de llegar al punto desde donde podremos contemplar la vista más famosa de Gros Morne. Y, por supuesto, sacarnos la más famosa foto:

Western Brook Pond
Nos pasamos un buen rato admirando el lugar, auténticamente espectacular, contentos por haber llegado hasta aquí sin mayores problemas y confiados en que todo va a ir bien: moral alta. El tiempo, por el momento, acompaña. Un vistazo al reloj nos saca del trance: se hace tarde y ahora debemos enfrentarnos a lo desconocido, por fin, a esas mesetas donde deberemos encontrar nuestro camino sorteando lagos, tuckamore y quién sabe qué.
Reemprendemos la marcha, terminando el ascenso, ahora ya en pendiente suave, hacia un pequeño collado a nuestra derecha. La reclusión del profundo valle a dado paso a un ambiente radicalmente diferente, luminoso y amplio, cálido pero sin tanta humedad y el cambio es bienvenido. Al llegar al mencionado collado, damos por concluída la subida y tenemos delante, por fin, las montañas Long Range:

Primera vista de las tierras altas
Y lo que vemos nos gusta: una enorme extensión verde, salpicada de las manchas azules de multitud de lagos y charcos varios, pequeños trozos de bosque y algún nevero de blanco brillante. Aún no vemos Little Island pond, el lago junto al que pensamos acampar pero no parece que el terreno ofrezca ninguna dificultad. Los lagos, aunque suponen un cierto obstáculo, colaboran en la tarea de orientación, sirviendo de referencia, aunque es una referencia a tomar con cuidado pero, por el momento, los mapas del IGN canadiense parecen muy precisos. Por el momento, pisamos mayormente hierba; no hay sendero pero la progresión es sencilla.
El ambiente es precioso, casi irreal, con las luces del atardecer dando ese toque especial al verde y azul dominantes y recordándonos que mejor no demorarse. Caminamos extasiados, o como se diga... es uno de esos momentos de sensaciones intensas difíciles de describir. El lugar es muy bello pero, además, se percibe ese aura de pureza de un sitio inalterado.
Sin más dificultad, llegamos a Little Island pond y localizamos la zona de acampada, identificada por las plataformas de madera para las tiendas, como objeto raro en medio de donde uno no espera encontrar tal artefacto. Hemos ido descendiendo y la vegetación ha aumentado en tamaño y densidad pero, por el momento, no hemos tenido problemas para avanzar. Little Island pond es ya un lago en toda regla, bastante grande (para nuestros estándares, al menos), precioso, en su enclave. Inmejorable lugar para nuestra primera noche en las montañas Long Range que, por el momento, son buenas con nostros y nos muestran su cara más amable.

Campamento junto a Little Island Pond
Día 2: Hardings Pond
Asomamos la nariz para comprobar, aliviados, que sigue el buen tiempo. Estamos más pendientes de él que nunca. Necesitamos visibilidad. Por el momento, los dioses están con nosotros y la mañana es tan espléndida como pueda ser: cielo azul, temperatura agradable. Para nuestra sorpresa, durante la noche no ha hecho frío en absoluto.
Tomamos el día con tranquilidad. Creo que ambos grupos de dos estamos especialmente pendientes de no ser una carga para los demás y, de alguna forma, eso nos mantiene un poco tensos al principio pero el hecho de que tengamos por delante jornadas relativamente cortas ayuda a que todo sea fácil. Por el momento, todo fluye de forma natural y nos alegramos de que así sea.
Hoy miramos con cierto temor al terreno. Tenemos una larga travesía por debajo de los fatídicos 600 m., altitud bajo la cual parece que empieza a crecer el bosque, a grandes rasgos. Aún no sabemos si esas manchas verdes en el mapa serán bosque o tuckamore, en realidad. Por el momento, y a la vista de lo que tenemos delante, no parece haber gran problema: hay grupos de árboles aquí y allá pero es fácil evitarlos y el tuckamore aparece también en superficies reducidas que parece sencillo rodear. El resto, hierba. Comenzamos a caminar hacia Marks pond, primer objetivo y referencia importante del día.
Nos sorprende encontrar sendas de aparente buena calidad. Sabemos de la existencia de caminos que, según la información que hemos ido consultando, están originados en el tránsito de los animales (de los grandes: osos, alces, caribús...) que podemos, ocasionalmente, aprovechar pero con mucho cuidado ya que no tienen por qué ir en nuestra dirección. Por el momento, a mí me da que pensar que esta traza perfecta que estamos pisando no sea obra humana pero, en cualquier caso, efectivamente, al rato comprobamos que nuestra dirección se separa de ella. Habrá más.

Aprovechando los senderos de los animales en las tierras altas
Los pequeños lagos que nos vamos encontrando por el camino nos sirven de referencia válida para verificar que vamos bien. Los relieves son suaves y no hay grandes hitos que tomar como base pero con buena visibilidad todo es sencillo. El paisaje es muy hermoso, intensamente verde, bosquetes de árboles de reducido tamaño, un ambiente propio de las altas latitudes.

Todo es verde en las mesetas Long Range
Nuestra primera parada es en Marks pond, donde hay consenso no escrito para descansar un poco. Aprovechamos para rellenar botellas. Me siento casi un poco impuro (por no decir ridículo) filtrando el agua de un sitio donde todo es tan prístino pero, claro, en un viaje de estos uno se juega mucho... mal momento para ponerse malo.

No, no es hora de rezar. Estamos filtrando agua
Afrontamos ahora la zona que más temíamos, a priori, donde esperamos poder encontrar problemas para progresar pero, por el momento, nada de eso, falsa alarma. Desde Marks pond, un punto bajo, tenemos que subir hacia un collado a través de lo que en el mapa viene señalado como bosque pero, como mucho, hay grupos aislados de árboles y algo de tuck pero tenemos mayormente una línea franca y prácticamente recta. Esto está chupado.

Loren y Michael, dejando atrás Marks pond
En el collado, paramos a comer. Michael avisa: ¡hay algo en la ladera de enfrente! Un poco lejos pero, entusiasmados, contemplamos nuestro primer alce de la travesía. Nos ve, a su vez, y desaparece discretamente ladera arriba.

La mancha justo en medio de la foto es un alce, creedme
Aprovecho el rato de descanso que sigue (nos lo tomamos con calma, ya lo sé... ¿quién tiene prisa?) para darme un paseo ladera arriba, a ver qué se ve... en esto, tengo mi primer encuentro serio con el tuck. Adivino que, al otro lado de esa masa vegetal (serán 15 m., no más), está la cima de la colina que busco pero, literalmente, no hay forma de pasar. Intento rodear pero parece que la cosa se prolonga demasiado. Estoy a punto de dejarlo estar y darme la vuelta (quién me ha llamado a mí aquí, de todas formas...) cuando veo lo que parece una pequeña vía a través del tuckamore. Me meto con cuidado y, efectivamente, unos metros más allá, emerjo al otro lado. ¡Esto sí que era un sendero de los animales! Hecho fácil de adivinar especialmente después de haber visto al alce y haberle visto moverse en su retirada. Claramente, alces y compañía tienen sus "pasos" a través del tuckamore en puntos concretos como este. Siento que he aprendido algo, qué bien.
Y, efectivamente bis, al otro lado está la redondeada cima de la colina que busco. Es el punto más alto de la zona y las vistas son muy extensas. Todo el relieve es muy suave, es como una gran llanura y no se tiene la impresión de que esto sea lo alto de unas montañas. Al fondo, veo una que, redondeada también, destaca ligeramente de la tónica general. Hacia donde está, no puede ser otra que la montaña Gros Morne.
Vuelvo al collado antes de que nadie se me enfade y anuncio contento que ya no nos queda nada, que la montaña Gros Morne está ahí mismo, ji, ji...
El descenso está marcado también como boscoso y, encima, hacia el final esperamos encontrar un tramo empinado pero nada de ello supone problema. Llegamos a Hardings pond a buena hora. Este es un sitio curioso: hacia la izquierda (este), el mapa nos anuncia (no lo vemos en directo) una larguísima sucesión de lagos en la cuenca del recién nacido río Humber, uno de los más importantes de la región; mañana esperamos verlo, cuando subamos alguna colina. Hacia la derecha (oeste), y tras la minúscula elevación que tenemos detrás, el terreno empieza a caer hacia Bakers Brook pond, otro de los fiordos frustrados. Esto es, estamos casi en la mini-divisoria de aguas de la cordillera Long Range.
Tras un día entero en las mesetas, nos sentimos pletóricos. Ha sido fácil, ha sido hermoso; nos hemos llevado muy bien con nuestros compañeros improvisados y todos estamos muy contentos. El tiempo acompaña, los paisajes son preciosos, el lugar es tan puro como nada que hayamos visto antes. Inmejorable.

Campamento junto a Hardings pond. He ahí la plataforma de madera
Día 3: Green Island Pond
A partir de Hardings pond, queda poca mancha verde (en el mapa, se entiende), aunque la orografía, por contra, aparece más atormentada. De momento, sigue el buen tiempo y estamos tranquilos respecto a nuestro progreso, no prevemos ningún problema.
Comenzamos con un suave ascenso, según dejamos atrás el incipiente valle del río Humber, donde hemos pasado la noche. El un poco atrevido hablar de valle a estas alturas (valga el doble sentido) pero resulta curioso observar la muesca que ha ido horadando el río en la meseta y la fila de lagos que se han formado. Hardings era el primero de la serie.
Terminado el ascenso, atravesamos otra de estas irreales llanuras-cima, con esa extraña sensación de estar en un sitio plano pero por encima de todo el terreno alrededor. Es muy curioso. Y muy bonito, debo añadir.
Llegados al borde de la meseta, debemos descender y aquí todo se hace un poco confuso. A la vista del mapa, uno pensaría que es fácil situarse, a base de identificar los lagos pero el problema es que ¡hay tantos...! que nos tenemos que pasar un rato haciendo el cada-oveja-con-su-pareja, comparando perfiles y aprovechando que estamos en alto y tenemos visibilidad. Es importante acertar con la ruta de descenso porque el relieve aquí es escarpado. 17 lagos llegué a contar a la vista desde este punto. Se dice pronto (pero se tarda en contarlos).

Lagos en las montañas Long Range. Mundo verde con perlas azules
Quedamos contentos con nuestra elección de ruta cuando por fin aparecen los dos laguitos alargados entre los que supuestamente teníamos que pasar. Ahora hay que subir otra vez, hacia otra meseta más. Hace calor y el día está bastante bochornoso y lo peor es que en esta zona sufrimos varios ataques de las mega-moscas anestesiantes... qué mala idea tienen...

Pues... más lagos (en las montañas Long Range)
El caso es que, entre la sudada y los picotazos, llegamos a nuestro campamento de hoy con más ganas que nunca de un chapuzón que nos haga sentirnos limpios y, desde luego, por agua no será... ¿en cuál de los trescientosmilmillones de lagos te quieres bañar? en el de al lado de "casa", gracias.

Campamento junto a laguito sin nombre
Otra tarde-noche plácida, dedicada a contemplar y disfrutar de estos sitios tan bonitos y tan puros. Salvo por el detalle de las moscas gordas esas (más por la paranoia que nos crean que por los propios picotazos), todo es lo más plácido que hayamos encontrado nunca... si es que no hace ni frío... ni siquiera por la noche, y nos podemos apalancar tranquilamente a ver aparecer las estrellas antes de ir al saco.
Día 4: Ferry Gulch
Esto... ¿quién hablaba de placidez, buen tiempo, bla, bla, bla...? Pues hoy nos levantamos para encontrarnos envueltos por una niebla densa. ¿Se puede saber de dónde ha salido esto? El caso es que esperamos que no dure mucho porque no se ve un carajo. Eso que tanto temíamos ha llegado, el momento en que tengamos que caminar a ciegas por un mundo sin senderos...
... o no; consultamos con Loren y acordamos esperar, a ver qué pasa. Aún es pronto y, hoy, una vez más, el camino es corto, no tenemos prisa.
Y debíamos estar cansados porque, sin querer ni nada, nos volvemos a dormir. A mal tiempo, buen saco.
Un par de horas después, aquello sigue parecido y nos empezamos a preguntar qué hacer... Loren y Michael tienen un calendario algo menos flexible que el nuestro, tienen que volverse a casa en cuestión de unos pocos días, y Loren opina que quizá convenga partir... el caso es que justo entonces la niebla se empieza a aclarar, no mucho aún pero es un buen augurio. Recogemos y salimos.
Efectivamente, la nube que nos cubría se ha levantado un poco y ahora la tenemos justo encima de la cabeza pero el terreno está prácticamente despejado. Puntualmente, nos vuelve a cubrir pero dura sólo unos minutos y, por el momento, no tenemos problemas para seguir rumbo.
Lo peor es que pasamos por delante de la vista a Ten Mile pond sin ver nada. Ten Mile pond es otro de los fiordos encerrados y es famoso en la travesía porque, al igual que Western Brook pond (y al contrario que Bakers Brook pond), es visible desde un cierto punto de la ruta. Cuando pasamos por ahí, la niebla tapa todo. Esta vez, nos perdemos la foto típica.
Pero no hay que desesperarse: el día nos va a compensar con creces, a nosotros y a nuestras cámaras. La nube se va aclarando y, en medio de una parada para descansar y en un momento de fugaz claridad, vemos a lo lejos lo que parecen animales cornudos... ¿alces? ¿caribús??? No está claro porque la niebla aún viene y va pero parece claro que está remitiendo y, además, nos debemos dirigir hacia allí así que, si el bicho no huye, ya veremos qué es...

Caribús
Resultó tratarse de una manada de Caribús. Según nos acercábamos, la niebla terminó de levantarse y les vimos claramente. Eran muchos y estaban extrañamente juntos en una pequeña cima. Pasamos discretamente cerca y no parecieron inmutarse demasiado. Miraban, y eso, pero no se movieron de sitio.
Estábamos muy impresionados. Quizá no sean unos animales tan espectaculares como alces u osos pero tienen ese aura de las altas latitudes que les hace muy especiales a nuestros ojos. De hecho, el que aquí, en Terranova, haya caribús es una pequeña anomalía porque normalmente viven mucho más al norte pero parece que las montañas Long Range les sirven bien.
Pasado el lugar donde están aposentados, paramos para observarles con atención. Son como un clan: hay machos y hembras, de edades diversas. Los pequeñitos, como suele ser, son los más adorables. Los machos de grandes cornamentas son los más espléndidos. En esto que uno de los jóvenes, haciendo esas cosas que suelen hacer los jóvenes de todas las especies, aparece por un costado, acercándose a donde estábamos:

El individuo curioso del grupo se acercó a ver qué éramos
Trotaba con elegancia y se paseó por delante de nuestras narices, mientras casi aguantábamos la respiración pero por emoción, no por no asustarle, que no parecía nada asustado. Iba con cautela pero decididamente se había acercado hasta allí a propósito, por curiosidad.
Especulábamos sobre la razón de que estuvieran agrupados en lo alto de la colina. Tras finalizar la ruta, nos comentó un ranger que lo hacen porque es el lugar con más brisa y, por tanto, menos insectos. Y que los machos dominantes se cogen el mejor sitio; por eso había tanta cornamenta en el horizonte.
Nos cuesta irnos de allí (los caribús no se van) pero alguna vez hay que continuar. El día se ha despejado definitivamente y vuelve a la tónica de buen tiempo con la que jugamos mucho más a gusto. Ya es complicado perderse, de todas formas, porque circulamos cerca del borde de la meseta, con una profunda muesca a nuestra derecha que significa Ferry gulch; enfrente, al otro lado, la montaña Gros Morne, que tiene la pinta de una meseta más, sólo ligeramente más alta que la que ahora recorremos... lo que es, en realidad. Pero hace ilusión tenerla delante.

Por fin, la montaña Gros Morne en el horizonte
Ahora, se trata ya simplemente de buscar el sendero por el que bajar a Ferry gulch. No debería ser difícil de encontrar pero es un asunto serio: la pared es empinada y está cubierta de tuckamore, lo que la convierte en virtualmente impasable. Afinamos el ojo y, prácticamente, acertamos a la primera: ahí donde esperábamos encontrarla, aparece una pequeña trocha que se introduce entre el tuck y por ahí nos metemos.

Descenso hacia Ferry gulch
Podemos considerar la travesía Long Range por superada. Una vez llegados a Ferry gulch, enlazamos con el ya bien mantenido sendero de la montaña Gros Morne (incluso llegamos a avistar a algunos excursionistas que descienden). Por la hora que es, podríamos seguir bajando y llegaríamos a la carretera aún de día pero ¿quién quiere terminar tan pronto? Desde luego, nosotros no, y Loren y Michael tampoco. Hay consenso, acampamos juntos una noche más junto al lago ese de la foto de arriba (demasiado pequeño para tener nombre). Donde ya no hay tanto consenso es en el plan para el resto de la tarde: yo tengo claro que quiero subir la montaña (ya que estamos aquí...) pero Loren y el chaval prefieren descansar. Rosa duda y al final se viene conmigo. Hela aquí:

La "cima" de la montaña Gros Morne
Efectivamente, una meseta más, mundo plano en las altura. Las nubes y la niebla volvieron y todavía nos dieron un poco de susto escénico pero el sendero estaba lo suficientemente bien marcado, incluso a través de la larga y pedregosa meseta, como para no perderlo. Conseguimos avistar el perdido Ten Mile pond entre jirones de niebla y nos cruzamos con un ptarmigan, una especie de perdiz de las montañas. La subida terminaba mucho antes de llegar a la cumbre y el último e interminable trozo era prácticamente llano. Porque hay un cartel que, si no, sería realmente difícil decir dónde está la cumbre. Nos asomamos al borde occidental, a ver si vislumbramos Rocky Harbour o algo conocido pero está demasiado nublado para distinguir nada... aunque la vista es hermosa, con el sol filtrándose a través de capas de nubes a varias alturas y reflejándose en las aguas del golfo de San Lorenzo; del mar, esto es.
Volvemos para abajo y nos reunimos con el clan yankee para una última cena. Hoy tenemos entretenimiento de sobremesa en forma de método inédito (para nosotros, al menos) para colgar la comida fuera del alcance de los osos: en lugar del habitual larguero elevado y la cuerda o polea para izar el bulto, aquí hay un poste con ganchos y el izado se hace mediante un mástil. Mal método, y eso que los bultos ya pesan poco... pero nos las vemos y deseamos para levantar aquello (a más de 3 m. de altura, la inercia era brutal) y acertar a engancharlo en alguno de los ganchos. Buscábamos ya la cámara oculta cuando por fin conseguimos acertar, preguntándonos si íbamos a ser capaces de bajarlo...
Día 5: The Viking Trail
A pesar del nombre, "The Viking Trail" es una carretera (ya explicado en su momento el porqué) y es el lugar donde emergeremos de las montañas para dar por finalizada la travesía Long Range. Sólo nos queda un largo descenso.
El mal tiempo ha llegado justo a tiempo, valga la rimbombancia, de caernos encima sin estropearnos el viaje. Sabemos que nos vamos a mojar pero hoy ya no tenemos tareas de orientación ni miedo a la falta de visibilidad: desde Ferry gulch, un bien trazado camino nos lleva y no hay que pensar nada. Además, qué más da mojarse: esta tarde estaremos bajo techo en algún lugar de Rocky Harbour.
Loren y Michael madrugan más que nosotros y se van bajando pero nos esperarán para llevarnos a Rocky Harbour. Ellos tienen un coche aparcado junto a la carretera. Así que al final vamos a caminar solos, aunque sólo sea un rato.
El día está desapacible, lluvioso y frío, pero como nada de esto importa mucho ya, nos dedicamos a caminar tranquilos y disfrutar del entorno, que es muy bonito y, además, distinto de la tónica de los últimos días, ahora tenemos a ambos lados paredes que nos cierran el horizonte.

Descendiendo hacia la civilización, lluvia, por fin. Mirando atrás en Ferry gulch
El camino se nos acaba haciendo un poco largo, quizá porque lo esperábamos breve, quizá por la creciente incomodidad de estar cada vez más mojados. Al principio, además, el paisaje era interesante, muy mágico, pero una vez entramos en el bosque todo se convierte ya en una especie de rutina. Estamos deseando llegar. Pues sea:

Mojados pero contentos. Fin de la Long Range Traverse
Loren y Michael estaban esperando y nos alegramos de poder entrar en el entorno seco y cálido del coche. Mal rayo me parta por decir tal blasfemia pero cuando uno está mojado y frío, se perdona lo que sea.
Empezamos por pasarnos por la oficina de los rangers para des-registrarnos y devolver el localizador. Me pregunto si tendrán que subir a buscar a mucha gente...
L&M se vuelven a casa inmediatamente, aunque les llevará casi dos días llegar: tienen que conducir hasta Port aux Basques, coger el ferry y seguir conduciendo a través de Nueva Escocia y Nueva Brumswick para finalmente llegar a Maine. Antes, nos acercan a Rocky Harbour y allí nos despedimos. Ha sido curioso compartir ruta con ellos pero ha resultado agradable y nos alegramos de lo bien que ha ido todo. Es raro despedirse de alguien a quien seguramente no volverás a ver. Aunque, quién sabe...
Nosotros pasaremos la tarde en Rocky Harbour y mañana cogeremos el furgo-bus que nos llevará a Corner Brook. Como tenemos muchas cosas mojadas y recordamos que el albergue Juniper era bastante minúsculo, pensamos que igual era mejor idea ir a una casa de huéspedes donde, probablemente, tengamos más ocasión de poner a secar cosas tan grandes como la tienda. La primera en la que preguntamos está completa pero nos tratan tan bien que casi no importa: allí estábamos nosotros, mojados, sucios y cargados con el mochilón, llamando a la puerta de aquella casa tan bonita que casi nos daba reparo... y la señora que nos abre casi se disculpa por no tener sitio pero nos hace pasar y nos dice que va a hacer alguna llamada de teléfono, a ver si nos encuentra sitio... son geniales, estos terranovos...
El caso es que todos los sitios donde llama están llenos también. Le decimos que no se preocupe, que ya encontraremos algo. Siempre nos queda el albergue. El caso es que salimos a la calle y mientras caminamos pasamos por delante de una casa anunciada como albergue: ¡este no lo conocíamos! Majors hostel. Pues vamos para allá...
La señora que nos recibe esta vez no parece tan amable y nos trata un poco a lo bruto pero parece ser que es su carácter. Hay por allí una simpática pareja de Toronto, huéspedes también, que nos cuentan sobre la especial idiosincrasia de esta mujer. Nosotros la apodamos "la bruji". Un poco bruji sí que es... pero nos habilita una habitación para poner todo a secar. Los de Toronto están igual, y allí nos repartimos las puertas, los pomos y cualquier otra cosa que sirva para colgar algo para hacer sitio para todo lo mojado.
El tiempo ha mejorado un poco, ya no llueve y podemos dedicar la tarde a descansar, pasear por el bucólico Rocky Harbour y disfrutar de esa cena que tanto nos hemos ganado. Pescado rico y fresco, como en casa.

Post-ruta: tarde libre en Rocky Harbour