Glacier Peak desde Liberty Cap, Northern Cascades
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Las Cascades

El saber popular (el mío propio, hasta hace un tiempo) sobre Norteamérica coloca las montañas Rocosas "al oeste"; más allá, algo indefinido y, por fin, el mar, el océano Pacífico. La simplificación es obvia pero, aparentemente, no muy drástica. A fin de cuentas, si uno mira Norteamérica desde las páginas de un atlas, esa gran mancha marrón que señala las Rocosas parece llegar casi hasta la costa...

Esta simplificación oculta la existencia de algunas de las más bellas, más altas y más remotas montañas de América del Norte: la Sierra Nevada y las Cascades. Si bien en el atlas puedan aparecer como una pincelada marrón ínfima, apenas apreciable, comparada con las Rocosas, estas dos cordilleras contiguas son, y merecen, un capítulo aparte en la historia mundial de las montañas.

Las Cascades son las montañas del noroeste. Allí donde el Pacífico ya no es tan pacífico, lejos de la soleada y "mediterránea" California, las Cascades fueron secretamente introducidas en la cultura popular en aquella célebre escena inicial de la película "El resplandor". Las Cascades recorren de norte a sur los estados de Oregon y Washington (nada que ver con la capital federal; estamos en el oeste), en la esquina noroeste de los Estados Unidos. Cerca de la costa y a muchos cientos de kms. de las Rocosas. Es una cordillera de origen volcánico y, de hecho, muchos de sus picos más relevantes son volcanes, algunos de ellos en activo (monte St. Helens, otoño de 2004).

No son unas montañas pequeñas, ni siquiera a escala americana, ni están a la sombra de rocosas hermanas mayores. De hecho, algunos de los picos más altos de toda Norteamérica están allí: Mount Rainier, Mount Baker, Glacier Peak.... Sí están entre las montañas que mayor cantidad de precipitaciones reciben a nivel mundial y, a causa de ello, entre otras cosas, concentran la mayor parte de la superficie glacial de Estados Unidos (Alaska aparte). Más aún: consideremos que Norteamérica se fue "llenando" (de gente, se entiende) de, permítaseme la licencia, derecha a izquierda y de abajo a arriba; esto es, geográficamente, de este a oeste y de sur a norte. Consecuencia: la esquina noroeste fue lo que más tarde (y menos) se "llenó". Y así siguie siendo en nuestros días. Es lo que hace de las Cascades, probablemente, la cadena montañosa más remota de los Unidos.

Un verano de 2001, conduciendo desde las Rocosas hacia Seattle, sabiendo que ahí había "algo" más (día y medio de conducción; debía haber algo más) pero sin saber muy bien qué. Las montañas dan paso a una interminable y pelada llanura. Al poco, un cartel da la bienvenida a Washington, "the evergreen state"... seguro, todos sabemos que Nirvana y compañía llevaban siempre esas caras tan largas porque en Washington llueve todo el rato, así que debe estar siempre verde... pues pasan y pasan los kilómetros, a cientos, y aquello sigue siendo una llanura pelada, bajo un sol de justicia y con un calor a tono con la película. Varios eones más tarde, se rompe la monotonía, aparecen colinas, luego bosques, ¡nubes! y, al rato, nos encontramos rodeados de paredones coronados por nieblas oscuras. Son las Cascades. Algo pasó aquel día. Ver más adelante.

Planteamiento

Tras las experiencias de años anteriores, para este 2004 buscábamos algo que se ajustara a tres premisas básicas:

  1. Una ruta continua, ininterrumpida y que nos mantuviera en el sendero por tanto tiempo como pudiéramos disponer. Queríamos llevar lo más lejos posible la experiencia que significa vivir en el sendero.
  2. Una ruta que nos permitiera ser libres de planificaciones estrictas y restricciones de paso o pernocta; huír de reservas con meses de antelación y poder ajustar nuestra ruta sobre la marcha.
  3. Un sendero estable por el que caminar, donde pudiéramos despreocuparnos de elegir el camino y la orientación no fuera un factor crucial pero que, a la vez, nos mantuviera apartados de la civilización por periodos extendidos

Con todo esto, nuestras miradas fueron rápidamente hacia Norteamérica, una vez más y, en esta ocasión, a sus senderos de largo recorrido. En Norteamérica, nos enfrentamos a una realidad social similar a la nuestra y esto simplifica mucho la logística del viaje. Somos conscientes de que eso limita la experiencia cultural, que el propio choque cultural y los problemas logísticos que ello pueda acarrear son también parte del viaje y, tomados como tal, pueden convertirse en una parte muy importante y enriquecedora pero, sencillamente, no esta vez. Queremos que nuestra experiencia sea con y en la naturaleza y preferimos dejar la parte humano-cultural para otras ocasiones. Es por esto que, deliberadamente, preferimos mantenernos en terreno conocido en lo que a lo social respecta, sin barreras linguísticas importantes, sabiendo qué podemos esperar en las contadas ocasiones en que pisemos civilización. Para nosotros es importante también ser autónomos y construir nuestro propio camino, ser los responsables únicos de nuestros aciertos y errores y no depender de ningún elemento externo. Esto no es siempre posible o compatible con todo lo demás.

América aporta el hecho de que todo esto es factible sin renunciar a un contacto íntimo con la naturaleza. Sus espacios naturales son tan grandes que puedes caminar por ellos durante días sin tocar la civilización y, lo que es más importante: sin que la civilización te toque, sin que pueda siquiera hacerlo, porque estará demasiado lejos. Esto es muy importante y da toda una dimensión diferente al viaje en la naturaleza. Ya no hay posibilidad de retirada y huída a una cama caliente si el tiempo se pone feo, ya no hay techo ni mesa puesta al final de cada jornada; eres tú y el mundo y esa traza en el terreno que vas siguiendo es casi tu única conexión (junto con lo que lleves a tu espalda) con algo que no sea estrictamente natural. De repente, tus decisiones y tus actos cobran un sentido diferente y te das cuenta, más que nunca, que eres un invitado allí. El darte cuenta de que resultas aceptado como invitado y que tu paso será un hecho insignificante más en la historia del lugar es una de las sensaciones más bellas, puras y extremas que haya tenido ocasión de sentir.

La búsqueda del lugar "perfecto" tampoco fue sencilla. Barajamos muchas opciones pero a todas parecía fallarle algo. Necesitábamos también, dado nuestro limitado tiempo, que el acceso fuera lo más sencillo posible y no se comiera una parte significativa de nuestras vacaciones y, dado que pensábamos exprimir al máximo nuestro tiempo en el sendero (como siempre hacemos, en realidad), era importante que el regreso fuera sencillo, para no correr riesgos de perder vuelos transoceánicos.

El este no terminaba de atraernos. Ya en 2003 le dedicamos atención y nos costó encontrar ese equilibrio naturaleza pura y accesibilidad senderista. El oeste era nuestra baza. Para bien o para mal, habíamos jugado ya una de las mejores cartas de la baraja, la Sierra Nevada de California, allá por 2001, y no nos apetecía repetir, a pesar de que parecía el lugar ideal. Nos quedaban las Rocosas... y las Cascades.

Dura pugna. En las rocosas hay territorios sublimes. A lo largo de Montana, Idaho o Wyoming se encuentran algunos de los paisajes de montaña más hermosos y, sin duda, los más remotos de EE.UU., en Colorado están las montañas más altas... pero aún queda la logística del sendero y eso se ve ampliamente facilitado si en lugar de construírse uno mismo su propia ruta, a través de diversas zonas con diferentes status de protección y disponibilidad de senderos; a veces, sin una buena conexión entre unas y otras, la ruta es ya un ente con identidad propia. Es por ello que nuestros ojos recorrieron las líneas que, en los mapas, representaban los grandes senderos, buscando la combinación perfecta: clásicos como Pacific Crest Trail, Continental Divide Trail, Colorado Trail... o alternativos como el Pacific Northwest Trail. Hasta que, de repente, surgió: el Pacific Crest Trail (PCT) recorre, en su extremo norte, la región más remota de las Cascades septentrionales, con etapas de más de 100 kms. ininterrumpidos sin contacto civilizado pero con un acceso intercontinental relativamente sencillo dado que Seattle, la megalópolis del noroeste, está relativamente cerca. Es sencillo volar hasta allí desde Europa y, una vez ahí, el acceso a las montañas no debería suponer gran problema. Seattle y las Cascades son, además, cuna del senderismo de largo recorrido (entre otras muchas actividades en naturaleza) y es algo muy respetado, practicado y valorado, con lo que intuíamos que el ambiente nos iba a agradar. Por si fuera poco, las tres primeras etapas del PCT cubren, aproximadamente, una distancia similar a la que estamos dispuestos a recorrer y nos llevaría a lo largo de lo más profundo de las Cascades en lo que está considerado como uno de los puntos culminantes de todo el sendero. Parecía perfecto.

Los problemas surgieron casi antes de empezar. En noviembre de 2003, un periodo prolongado de lluvias inusualmente fuertes provocó inundaciones y riadas sin precedentes en las Cascades septentrionales. Laderas enteras se vinieron abajo, arrastrando todo lo que había a su paso. La naturaleza aún es poderosa en el noroeste. El PCT resultó gravemente afectado, con varios puentes (algunos, realmente grandes) sobre ríos importantes desaparecidos sin dejar rastro y varios kms. de sendero literalmente borrados del mapa a causa de los corrimientos de tierra. Las autoridades estimaban varios años para reconstruírlo todo y lo peor es que la zona afectada era absolutamente central a nuestros, por entonces, ya perfilados planes. ¡No podíamos prescindir de ella!.

Tanto era así que, momentáneamente, el PCT quedó descartado en favor de las ideas que habían quedado en la reserva... hasta que la voluntad propia y los flujos de información internética rescataron al PCT y las Cascades de las profundidades y la luz volvió a brillar sobre el plan. Aún no sabíamos muy bien cómo, pero iríamos a las Cascades.

Planificación

Supongo que nos habíamos identificado tanto con la zona y la idea que nos era difícil volver atrás. Era complicado porque la zona cerrada del PCT, varias decenas de kms. en torno a Glacier Peak, estaban situadas en la parte media de la que iba a ser nuestra segunda etapa, de unos 150 kms., en una zona bastante inaccesible salvo a través del ahora defenestrado PCT, con lo que muchos kms. más de PCT quedaban virtualmente inutilizados... estaban ahí y en correcto estado pero no había forma de llegar, a no ser que fuera a base de ida y vuelta por el propio PCT, algo absolutamente descartado en nuestra idea de recorrido lineal. Además, esa zona caía justo en medio de nuestra ruta; a mitad de mes. Esto implicaba que no podíamos prescindir de ella; nos obligaría a olvidarnos de todo lo que quedaba hacia el norte (entre ello, algunas de las áreas más remotas y escarpadas de las Cascades, donde el sendero transita por la misma cresta durante muchos tramos, ofreciendo panoramas inolvidables) y, más aún, de todo lo que quedara al norte del acceso más próximo... aproximadamente, 3/4 de nuestro plan, nada menos. Por si fuera poco, hacia el sur hubiéramos tenido que tragarnos algunas zonas menos atractivas que no hubiéramos alcanzado en nuestro plan inicial...

No way. Teníamos que conseguir pasar por allí, de alguna forma. La opinión generalizada de la comunidad senderista que gira en torno al PCT es que alguna alternativa habría de cara al verano pero nada estaba claro. Como digo, la zona de Glacier Peak está muy aislada, muy lejos de cualquier carretera o vía de comunicación, no digo ya poblaciones; hay pocos senderos y los que hay, al recibir poco tráfico, reciben también escaso mantenimiento. Merece mencionar que Glacier Peak es una enorme montaña de más de 3000 m. y, como su nombre indica, cubierto de glaciares. El PCT lo bordea por el oeste, la zona húmeda, donde descargan la mayor parte de las lluvias. Surgió, de parte de los conocedores de la zona, una alternativa oficiosa utilizando senderos ya existentes en la vertiente este, más seca, a causa del efecto barrera de las montañas y que se salvó, así, de las tormentas del otoño de 2003. El problema era el antes apuntado: en la vertiente este, las Cascades están, si cabe, más aisladas del mundo que en la oeste y los escasos senderos suelen presentar un estado de mantenimiento muy pobre. Muchos están semiabandonados y recorrerlos se asemeja más a un monte a través entre vegetación densa. Peor aún: era difícil encontrar información fidedigna sobre esta zona. Poca gente la recorre.

También había quien defendía que el PCT oficial podría ser transitable, a pesar del cierre... al tiempo que muchos afirmaban que al menos uno de los ríos que había que cruzar era absolutamente impasable sin puente. Montones de informaciones contradictorias, como suele suceder en la red, pero ya daba igual... si había senderos alternativos dibujados en algún mapa, decidimos ser optimistas y esperar que, de alguna forma, todo saliera bien, llegado el momento.

Unos meses más tarde, el servicio forestal declaró la ruta por la vertiente este como alternativa oficial y anunció trabajos de mantenimiento urgentes para hacer los senderos de esa zona transitables.

Atendiendo a una de las premisas antes listadas, no necesitaremos planificar las pernoctas: el Pacific Crest Trail, a lo largo de la casi totalidad de su recorrido por las Cascades, es de pernocta y acampada libre. En nuestro recorrido, sólo durante un corto tramo atravesaremos una zona declarada parque nacional (el de Northern Cascades), donde la acampada está restringida a áreas concretas, pero sólo esperamos pasar una noche dentro de los límites de dicho parque. Ningún problema por este lado. Las cuestiones a resolver en la fase de planificación son otras:

  1. acceso al principio del sendero y regreso desde el punto donde lo abandonemos
  2. permisos
  3. reaprovisionamiento
  4. cuestiones fronterizas

Acceso

Las Cascades septentrionales cuentan con dos centros urbanos importantes cercanos: Seattle y Vancouver. Ambas ciudades cuentan con amplia conexión aérea con Europa, existe transporte público entre ambas y, al tiempo de planificar nuestro viaje, ambas tenían conexión por autobús con las montañas. Desgraciadamente, un cambio de estrategia por parte de la compañia (los famosos y/o infames Greyhound) dejó a Seattle sin dicha conexión literalmente días antes de que nosotros la pudiéramos haber necesitado, pero eso es otra historia.

Dado que vamos a caminar de norte a sur y eso implica alejarnos de Vancouver y acercarnos paulatinamente a Seattle, parece obvio que esta última sea el origen del vuelo de vuelta. Minimizamos riesgos. Y complicamos menos la cosa si aterrizamos allí también; se pueden comprar billetes con destino y origen distintos, yo lo he hecho en el pasado, pero bastante difícil es ya hoy día conseguir una tarifa razonable como para complicar las cosas más. Conclusión: volaríamos a y desde Seattle. El extremo norte del sendero, en el parque provincial Manning, está mucho más cerca de Vancouver pero, consultando horarios, vimos que podíamos hacer el viaje Seattle - Vancouver - Manning en un sólo día. Más aún: Vancouver y Manning están en Canadá. El cruce fronterizo planteaba problemas e incógnitas que aconsejaban entrar en Estados Unidos primero (más sobre esto luego; tiene su miga...).

Empezábamos a caminar en Manning. Este es un parque provincial (lo que equivaldría, en España, a un parque regional; una zona protegida pero con una figura de protección no tan estricta como un parque nacional) y cuenta con una pequeña zona de servicios con restaurantes, tiendas y alojamiento. Un pequeño emporio urbano entre las montañas, junto a la carretera que atraviesa el parque. Nos alojaríamos allí en la noche previa al comienzo de la ruta. También se puede acampar. Un hermoso sitio para despedirse de la civilización. Si todo iba según lo previsto, alcanzaríamos Snoqualmie Pass, en la autovía que se dirige a Seattle, 27 días y 450 kms. después, justo un día (más bien, una noche) antes de nuestro vuelo de vuelta. Apretado, ¿eh?. Como he mencionado, Greyhound tenía una parada en Snoqualmie Pass y varios servicios diarios, cualquiera de los cuales nos hubiera dejado en Seattle en menos de una hora... pero la parada fue eliminada a principios de agosto. Tendríamos que buscarnos la vida para volver a Seattle. Esto será una pequeña historia en sí misma y tendrá, cómo no, su hueco.

Permisos

Prácticamente todas las zonas de montaña que vamos a recorrer cuentan con alguna figura de protección medioambiental. En este rincón de América, las regulaciones de acceso son muy poco estrictas dado que la presión humana no es excesiva: hay muchas montañas y poca gente. Aún así, se hace necesario contar con un permiso para cualquier actividad de más de un día. Los permisos, en general, son de obtención inmediata e incondicional, basta con solicitarlos en la oficina de rangers más próxima en el mismo momento de iniciar la actividad, no hay cuotas ni límites. También se pueden tramitar con antelación, si se prefiere; y, en muchas áreas, basta con registrarse en el librito al efecto que estará situado en su pequeño atril de madera en el punto de inicio del sendero de turno. Desde luego, nada que ver con las mucho más estrictas regulaciones que hemos encontrado en visitas previas, tanto en Estados Unidos como en Canadá.

El PCT es muy largo y transita por muchas zonas diferentes. La ortodoxia consiste en solicitar un permiso para el conjunto del viaje previsto, sea este de decenas, cientos o miles de kms. (y no es broma: el sendero tiene, aprox. 4200 kms. y varias decenas de personas lo completan cada año) en el punto de inicio. También, en atención a la popularidad del sendero y a que mucha gente recorre trozos importantes, se puede solicitar un permiso específico para el PCT, que tramita la Pacific Crest Trail Association. Está limitado a aquellos viajes superiores a 500 millas (aprox., 800 kms.), casi el doble de lo que nosotros vamos a hacer... pero la Asociación en cuestión resulta mucho más accesible (e-mail o web) que alguna oficina perdida de los rangers (que no sabemos muy bien ni siquiera a cuál deberíamos acudir), con lo que nos resulta más fácil solicitar dicho permiso. Preguntamos, por si acaso, y la respuesta: es una trampita legal muy poco seria; a nadie le va a importar.

Los permisos son gratuitos. La Pacific Crest Trail Association cobra una cantidad testimonial (sugieren $5) por la tramitación. La asociación trabaja por el mantenimiento y mejora del sendero y podemos decir que merecen toda la ayuda que puedan recibir. Mantener un sendero de más de 4000 kms. es una tarea titánica.

Reaprovisionamiento

En 27 días previstos, sólo pasaremos por civilización dos veces. Son las ocasiones que deberemos aprovechar para recargar las mochilas pero no es tan fácil: en ambas ocasiones, llegaremos (y ni siquiera directamente sino tras algún tipo de transporte que tendremos que apañar) a pequeñas poblaciones con servicios muy básicos. En nuestra primera parada, encontraremos una tienda testimonial con unos pocos snacks; claramente insuficiente. En la segunda, algo un poco mejor: la tienda de la gasolinera del pueblo; sólo vagamente suficiente.

Ante este panorama, muy habitual a lo largo de los senderos de largo recorrido en EE.UU, la solución suele ser echar mano del servicio de correos. Puede no haber ni tienda pero casi todas las localidades tienen oficina de correos. La idea es enviar un paquete con provisiones a cada uno de los puntos del camino donde se espere necesitarlo, con destinatario... uno mismo. Esto, que puede sonar muy marciano en Europa, funciona muy bien. La oficina de correos guardará el paquete hasta que el destinatario (el senderista), se presente allí a recogerlo. Se consigue, así, una gran autonomía e independencia; no hace falta alejarse del sendero para buscar localidades más grandes con más servicios.

Las desventajas de este sistema son la limitación a los horarios de las oficinas de correos y la posibilidad de pérdida o retraso de los paquetes. Lo segundo no debiera ser importante: simplemente, no debiera suceder (y no suele suceder; más o menos, como en España). El tema del horario es más peliagudo: como llegues al lugar en cuestión en fin de semana, no hay más remedio que esperar hasta el lunes por la mañana. Bueno... ¡sí hay solución!...

... y, de hecho, nosotros tuvimos que aplicarla, ya que preveíamos llegar un viernes por la tarde a Skykomish, nuestra segunda estación. Finalmente, llegamos a media mañana y hubiéramos encontrado la oficina abierta pero, en previsión del desastre que hubiera supuesto encontrarla cerrada, pedimos, con antelación, al alojamiento que pensábamos utilizar allí, que recibieran nuestro paquete y lo guardaran hasta nuestra llegada. Esto es relativamente habitual a lo largo del PCT y nadie se va a sorprender por tal petición. en Cascadia Inn de Skykomish fueron muy amables y lo hicieron, incluso aunque no teníamos una reserva en firme (no sabíamos seguro qué día íbamos a llegar...).

En los paquetes, incluímos comida y combustible, es decir, aquello que íbamos a necesitar reponer y no esperábamos encontrar por el camino. La logística para los envíos fue un poco particular pero razonable desde el punto de vista de optimizar nuestro tiempo en América, siendo este limitado. Lo más fácil hubiera sido hacer nuestros envíos desde Seattle, antes de salir, pero eso nos hubiera obligado a consumir un día o dos. En lugar de eso, hicimos los envíos desde casa... aunque no exactamente. Más precisamente, gestionamos nuestros envíos desde casa pero los envíos físicos nunca salieron del estado de Washington. Me explico: el grueso del envío era comida liofilizada, cuya oferta en América es mucho mayor que en Europa (y su precio, más bajo) y era un poco ridículo remover cielo y tierra para encontrar comida liofilizada en cantidades industriales en España para luego enviarla allí... probablemente, habríamos acabado comprándosela a algún distribuidor americano, con lo que la estupidez de la operación habría sido ya mayúscula. ¿Todo eso para ahorrarnos un día de gestiones? Mucho más fácil: hicimos los pedidos desde casa a un distribuidor local (americano) e indicamos las correspondientes oficinas postales (o alojamientos, según el caso) como dirección destino. Y allí encontramos nuestros paquetes al llegar. Un total de tres: uno en cada una de nuestras dos paradas y otro en el albergue de Seattle (llegábamos en sábado así que recurrimos también al truco del alojamiento enrollado). La jugada es perfecta porque, de un plumazo, nos quitamos de encima también el problema del combustible que, al no poderse transportar en avión, es imprescindible comprar en destino.

Problemas transfronterizos

Los humanos a veces se tropiezan con la estupidez de sus propias leyes y eso les suele provocar un cierto bloqueo mental. Este fue un asunto complicado que nos tuvo en vilo más tiempo del debido. Oficiosamente, fuimos unos inmigrantes ilegales en territorio estadounidense (procedentes de Canadá, cruzando las montañas) pero... nadie lo sabe. Que no salga de aquí.

El asunto es como sigue: el PCT comienza, o termina, oficialmente, en el punto fronterizo entre EE.UU. y Canadá. Allí, en medio de las montañas, sólo una modesta estructura de madera, Monument 78, simboliza el punto culminante del PCT; la existencia de una frontera sólo es evidente por el cortafuegos practicado a lo largo de la imaginaria línea. Lo que nos afecta (a nosotros y a todo el que recorra este tramo del PCT): no hay otra forma de llegar hasta allí que el propio sendero.

En atención a esto y dado que, en el lado canadiense, hay una carretera a tan sólo 12 kms. de allí, los canadienses construyeron un sendero que cubría esa distancia. Parece evidente pero el problema que se genera está en la necesidad de cruzar la frontera entre ambos países a través del sendero.

La gestión de fronteras no es tan relajada como entre los países vecinos en Europa. Sus razones históricas tendrán (tampoco es que haya tensiones fronterizas ni flujos migratorios entre ambos) pero lo cierto es que, según las respectivas leyes, la entrada en EE.UU. y Canadá debe hacerse, obligatoriamente, por un puesto fronterizo oficial. Sin excepciones... o casi.

Sería un poco estúpido mantener un sendero transfronterizo por el que estuviera oficialmente prohibido cruzar la frontera y el gobierno canadiense hizo algo al respecto: crear una excepción a la norma. En esto, probablemente, influyó el que la gran mayoría del tráfico senderista en este punto lleva dirección norte pero, sea como sea, la consecuencia es que se puede cruzar de EE.UU. a Canadá a través del PCT de forma legal. Basta con solicitar un permiso especial al gobierno canadiense. Suena muy complejo pero es muy sencillo. Basta con rellenar un sencillo formulario, disponible en internet, donde se hacen constar los datos básicos de cada persona y contestar algunas preguntas sobre el propósito del viaje. El gobierno canadiense remite el papelote en cuestión por correo en un cierto plazo y eso es (casi) todo. Oficialmente, es necesario reportar la entrada en el país en el puesto fronterizo más cercano en el plazo más breve posible pero si no vas a permanecer en Canadá más tiempo del imprescindible para volver a EE.UU., nadie lo hace (y no parece que a nadie le importe). Que yo sepa, este permiso de es de obtención automática. No conozco ningún caso, de entre los habituales, en que haya sido denegado. Nosotros lo solicitamos, por si acaso cambiábamos de planes y decidíamos hacer la ruta en sentido contrario al previsto, y ahora lo guardamos como recuerdo.

Ahora bien: nosotros, en principio, caminábamos hacia el sur y cruzaríamos de Canadá a EE.UU. Por desgracia, el gobierno estadounidense no ha contemplado esta posibilidad y, a falta de ninguna regla específica, rige la regla general: toda entrada en territorio del país debe realizarse por un puesto fronterizo oficial.

Huelga decir que, desde que existe el sendero, la gente cruza la frontera por él y no suele pasar nada... allí, efectivamente, no hay ningún agente de la autoridad para hacer efectiva la norma. Tampoco se trata de ninguna frontera conflictiva.

No obstante, y habida cuenta de la creciente situación de tensión fronteriza a nivel internacional, y especialmente en EE.UU., preferimos informarnos bien antes de hacer nada que pudiera tener consecuencias negativas; la respuesta a nuestras indagaciones: no sólo está absolutamente prohibido entrar en territorio estadounidense por ahí sino que, a momento actual (final de 2003 - principio de 2004), las consecuencias de ser detectado pueden ser graves: deportación e incluso prohibición de volver a entrar al país. Decisiones, además, dependientes de oficiales de baja graduación y tomadas de forma inmediata. Mal asunto...

Pero ¿qué posibilidades reales había de que esto nos diera problemas? Las fuentes consultadas (foros de internet, básicamente) nos daban información contradictoria (como no puede ser menos en internet). Básicamente, había dos bandos: quienes opinaban que, con las nuevas medidas de control de fronteras, era muy arriesgado; eran, sobre todo, residentes estadounidenses quienes opinaban esto. Y, por otro lado, quienes pensaban que no debiera haber problema (principalmente, de parte de otros extranjeros que habían hecho la misma operación en años anteriores).

Ante esto, nuestra mayor duda estribaba en que quizá, efectivamente, la mejora del control de fronteras ya en marcha (que incluye informatización completa de los datos de visitantes y obligatoriedad del uso de un pasaporte asimismo informatizado) hubiera cambiado las cosas.

Salvo el altamente improbable caso de que fuéramos interceptados en la misma frontera, nuestro viaje estaba prácticamente a salvo; pero no nuestra vuelta a casa. Si nuestra situación irregular estaba registrada de alguna forma seríamos detectados, como muy tarde, en el momento en que intentáramos abandonar el país. Parecía claro, y eso nos recomendó todo el mundo, que debíamos contar con un registro de entrada en EE.UU. Esto implicaba que era crucial volar a EE.UU. para así contar con dicho registro (y la tarjetita que lo acompaña, grapada al pasaporte, que sólo se entrega de vuelta al abandonar el país). De esa forma, y en teoría, podíamos salir de EE.UU. por tierra dirección Canadá y luego volver a entrar de forma “ilegal” pero nadie se daría cuenta... para el gobierno estadounidense, nunca habríamos salido de su país. Así ha funcionado la cosa durante años para otros senderistas de diversos países pero ¿seguiría siendo así?

Merece mencionar que los residentes canadienses o estadounidenses sí transitan por aquí sin mayor problema (los estadounidenses deben aún pedir el permiso mencionado si cruzan hacia Canadá); hacia EE.UU., se supone que lo hacen de forma ilegal pero es algo teóricamente tolerado y no conozco ningún caso en el que haya habido problema alguno.

Nuestra duda radicaba en qué pasaba al cruzar por tierra a Canadá (en autobús y por puesto oficial). Nos constaba que era una frontera relajada y los residentes de ambos países la cruzan ida y vuelta sin más requisito que portar documentación identificativa pero ¿quedaría registrado en algún sitio que habíamos entrado en Canadá? Probablemente, sí (luego nos confirmarían que sí y así fue, a la postre). Y, más importante, ¿quedaría registrado que habíamos salido de EE.UU.? Si la respuesta era “no”, ningún problema pero, si era “sí”... y lo peor es que nadie nos supo decir esto a ciencia cierta.

Huelga decir que la aparentemente obvia solución de evitar este cruce fronterizo no nos servía: no había forma razonable de llegar al principio del PCT si no era por ahí. No necesitábamos empezar desde el mismo principio pero sí nos dolía perdernos la enorme sección (unos 60 kms.) hasta el siguiente acceso motorizado que, por otra parte, era una pista sin asfaltar que partía desde un lugar ya de por sí poco accesible, sin transporte público alguno y lejano (al otro lado de las montañas) de Seattle. Esos 60 kms. eran, además, en opinión de muchos senderistas, de lo más espectacular y remoto del PCT y no recorrerlos, además, destruía nuestros milagrosamente perfectamente cuadrados planes. Caminar de sur a norte sí era más factible pero nos colocaba en la delicada situación de estar recorriendo la parte más aislada de aquellas montañas en los días previos a nuestra vuelta a casa, amén de devolvernos a la civilización a cientos de kms. y todo un día de viaje de Seattle, en lugar de a poco más de una hora... hacer de Vancouver nuestra base aérea hubiera sido un compromiso aceptable pero esto complicaba algunos otros aspectos y no nos hacía sentir cómodos en un viaje que se iba a desarollar casi en su totalidad por territorio estadounidense. Caminar de norte a sur nos suponía hacer primero las etapas más largas, más remotas, más complicadas, y dejar para el final una más corta y sencilla, incluso con algún que otro punto de escape, si hacía falta.

Hacía falta tomar una decisión y optamos por correr el riesgo. Nos pareció razonablemente bajo. Entramos legalmente en EE.UU. vía aérea, y asímismo en Canadá, por carretera y, eso sí, cuando cruzamos de vuelta a EE.UU. en el PCT; estuvimos poco tiempo en el punto fronterizo, el justo para sacar la foto de rigor. Nuestra conciencia estaba tranquila desde que habíamos hecho todo lo posible por hacer aquello legalmente pero, por desgracia, no hubo manera. Debo decir que, entre los propios estadounidenses involucrados en recorrer el sendero, poca gente parece consciente de esta limitación legal. Cuando, durante nuestra ruta, parábamos a conversar con alguien, comúnmente nos preguntaban desde dónde veníamos; nunca ocultamos nada y a nadie le importó. Sí hubo quien, más informado, nos consultó si habíamos encontrado algún problema al respecto y se lamentó de que las cosas fueran tan complicadas. Como ya he apuntado en algún otro momento, el ambiente en el sendero era excepcional y no hubiéramos esperado otra cosa, en realidad.

Sólo esperamos que recorridos como el nuestro, que tan felices nos hizo, sigan siendo posibles y que, en definitva, las normas no se vuelvan contra la gente a la que supuestamente sirven.

Pacific Crest Trail, Washington Cascades