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Blow-me-down Mountains

Si Gros Morne resultaba un nombre significativo, por lo tenebroso y el miedo que infunde, las montañas Blow-me-down, ya, se llevan la palma: como parte de la cordillera Long Range, son similares al entorno del parque Gros Morne... sin el parque. Soledad absoluta garantizada. Sólo un puñado de personas las visitan cada año y, en el verano de 2003, tuvimos el inmenso honor de formar parte de él. Aún nos tiemblan las piernas de emoción al recordar sus profundos cañones, las irreales llanuras de sus mesetas y la sensación de aislamiento y evocador desamparo más grandes que jamás hayamos vivido.

Agua omnipresente en las montañas Blow-me-down. Al fondo, el golfo de San Lorenzo

La travesía, tal como estaba planeada, iba a ser aún más épica y larga, unos 60 kms., casi todos sin senderos y por una de las zonas más remotas de la cordillera Long Range. La verdad es que todas las zonas de esta cordillera son remotas pero el trozo que pensábamos recorrer tenía la particularidad de que atravesaba las partes más altas de toda la cadena, con lo que la vegetación era menos densa. Se trataba de cruzar dos grupos montañosos y el valle que los separa: las montañas Blow-me-down, las Lewis Hills y el valle Serpentine, entre ambos. Finalmente, no fue posible completarla. Cruzamos Blow-me-down y llegamos al Serpentine pero allí la previsión de mal tiempo y la evidencia de lo que se nos venía encima desde el oeste nos hizo desistir. Eso y la providencia de encontrarnos a unos pescadores que navegaban por el río Serpentine porque, de otra forma, salir de allí por nuestros propios medios hubiera sido tan complicado que probablemente hubieramos decidido seguir hacia las Lewis Hills y esperar poder encontrar nuestra ruta en medio de la tormenta...

Ray Humber y su padre estaban pescando en el río Serpentine, única vía de comunicación de la zona. Sólo por el río se puede progresar con cierta solvencia; el resto, el consabido y caótico bosque boreal. Tuvimos que atravesar la maraña al salir de Blow-me-down hasta llegar al Serpentine y casi nos dejamos la moral y la sanidad mental por el camino. Más sobre Mr. Humber más tarde. Hasta el río, llegamos nosotros; luego, él nos sacó de allí en su barca.

Ese mismo día, nos preguntábamos si el pronóstico y nuestras observaciones habían fallado, porque lucía el sol aún... al día siguiente, un inmenso nubarrón color gris oscuro cubría las Lewis Hills y, entonces, nos alegramos de no estar allí.

Con todo esto, nuestra épica Terranovense quedó en 3 días de los que sólo dos fueron empleados en el recorrido planeado (el tercero fue para la evacuación, aunque eso también tuvo su miga). Dos días puede parecer poco pero lo que vimos allí fue tan absolutamente apabullante que aún hoy consideramos aquella travesía como una de las rutas más bellas, más emocionantes y más gloriosas que hayamos hecho jamás.

Planteamiento

La idea consiste en una ruta de unos 60 kms., casi toda ella (toda, salvo cortos trozos al principio y al final) monte a través, cruzando de norte a sur dos macizos contiguos de la cordillera Long Range: las montañas Blow-me-down y las Lewis Hills. Ambos macizos están separados por el río Serpentine y su amplio valle. La idea, por supuesto, no es original nuestra. Dejamos la labor de investigación sobre sus montañas a los newfoundlanders (¿cómo se dice esto en castellano??? ¿Terranovenses? ¿Terranovos? ¿lo dejo estar?). Nuestra labor de investigación internética en busca de la ruta perfecta nos dio alguna que otra vaga referencia a esta travesía, más como una línea de deseo que otra cosa, salvo por la información encontrada en el espacio web de un senderista local, Clarence Pelley. Este señor ha compilado datos detallados sobre varias rutas en las montañas Long Range en torno a Stephenville, donde él vive, y fue nuestro apoyo para darnos la idea y hacerla realidad.

La web de C. Pelley (Newfoundland Backcountry) es bastante simple y básica (como Viajar a Pie, vamos...) pero resultó todo un hallazgo porque fue prácticamente el único sitio (junto, quizá, a Newfound Adventures) con información de primera mano en rutas como esta. Parece mentira, en unos tiempos en los que uno puede esperar, y espera, encontrar en internet casi cualquier cosa que busque pero esto no hace sino dar una idea de lo poco frecuentado de este territorio. Terranova, en su conjunto, resulta una pequeña joya medio escondida, ahí, en medio del mundo occidental; poco habitada, poco visitada, llena de la naturaleza más inalterada que podemos esperar encontrar en las latitudes medias.

Pelley esboza varias rutas en su espacio web y la que nos llamaba era esa épica travesía por las montañas que no visita nadie. Adicionalmente, vende una descripción detallada de cada ruta y esa fue la base de nuestra planificación.

Planificación

La descripción de que disponemos divide la travesía en 4 días, a unos 15 km. por día. No parece mucho pero en un terreno sin senderos nos parece más que razonable.

Por supuesto, huelga decir que dado que la ruta transita íntegramente por terreno virgen, no hay posibilidades de reaprovisionamiento. Eso no es problema, 4 no son muchos días, aunque será necesario prever contingencias. Cuando no hay sendas ni marcas, no es infrecuente que se den circunstancias que retrasen la progresión. No conocemos el terreno, sólo tenemos una leve idea de lo que vamos a encontrar pero nunca lo conoces de verdad hasta pisarlo. La falta de visibilidad puede complicar mucho la orientación hasta aconsejar esperar.

Los planes de contingencia, de hecho, son una de las grandes dificultades potenciales; al menos, en el aspecto de eventuales vías de retirada: no hay. Arriba, en las mesetas, la vegetación es mayormente herbosa, a causa de la altitud pero, más abajo, la maraña vegetal hace la retirada inviable. Aprovecharemos dos accesos para entrar y salir de las montañas: al inicio, la roca tóxica del cañón Blow-me-down nos deja el terreno despejado; al final, tenemos que emplear el tiempo que haga falta en encontrar uno de los escasos senderos que bajan de estas montañas. Prácticamente, nos podemos olvidar de entrar o salir por otro sitio.

La única excepción (entre bastantes comillas) es el valle Serpentine, a mitad de ruta, al que llegaremos y del que deberemos salir a través de sendos cañones desprovistos de vegetación. Varios kms. valle arriba, hay una pista que llega a las orillas del lago Serpentine. La pista es sólo un leve vínculo con la civilización porque muere ahí y tiene más de 40 kms., hasta que desemboca en una carretera de verdad, pero en caso de emergencia podemos esperar (que no contar con) encontrar algún vehículo. Nos dicen que el lago Serpentine es relativamente popular para pescar. No suena muy alentador; esperamos no tener que depender de esto.

Se suele decir, con razón, que siempre debes dejar detalle de tus planes a alguien de confianza para que en caso de problemas, alguien sepa dónde buscarte. Habiendo siempre recorrido rutas establecidas más o menos concurridas (siempre te cruzabas a alguien al cabo del día; aunque fuera una sola persona), nunca habíamos tenido que recurrir a nada que sonara alarmista. En esta ruta tenía que ser diferente: caminaremos en situación de relativo aislamiento, tanto porque no esperábamos encontrar a nadie como porque no tendríamos vías de escape en caso de problemas, así que nos vimos obligados a aleccionar debidamente a gente de confianza... que, no siendo habituales de la montaña, no supieron encajar bien su papel de ángeles de la guarda. Eso de “si no hemos aparecido en 6 días, debéis avisar” no les sonó nada bien y ya no volvieron a dormir tranquilos. Preferíamos a los rangers de Gros Morne. En fin...

La ruta consistía en cruzar los dos grandes macizos montañoso-mesetarios entre Corner Brook y Stephenville. Partiríamos de Corner Brook, a donde habríamos llegado tras la visita a Gros Morne, y llegaríamos a Stephenville, atravesando primero las montañas Blow-me-down y luego las Lewis Hills, habiendo de cruzar el valle Serpentine entre ambos grupos. Esta es la parte más consistentemente elevada de la cordillera Long Range y, por tanto, probablemente, la más adecuada para una travesía porque, según mi limitado conocimiento de la orografía ternuense, cuanto más baja altitud, más tuckamore, más problemas. No es la zona más remota de la cordillera (en la zona de la península septentrional vive poquísima gente) pero eso no evita la situación de relativo aislamiento: en la cara costera, no hay carretera; en la cara interior, sí la hay (es *la* carretera) pero está relativamente lejos de las montañas.

Más concretamente, nuestros puntos de origen y destino serán French Cove y Point au Mal, pequeñas (diminutas) localidades costeras, la primera cercana a Corner Brook y la otra en la órbita de Stephenville. Igualmente diminutas carreteras llegan hasta estos dos pueblos. La de Point au Mal muere allí.

Inciso para comentar esos curiosos nombres: uno, con referencia francesa y el otro directamente en francés.

Idealmente, y según el plan descrito por Clarence Pelley, deberíamos emplear el primer día en cruzar las montañas Blow-me-down; el segundo, en cruzar el valle Serpentine; el tercero, en ascender y atravesar aproximadamente la mitad de la longitud de las Lewis Hills y, finalmente, el cuarto en completar la travesía, bajar al valle y llegar a Point au Mal.

El documento elaborado por Pelley, cuatro páginas en Word, incluye una descripción detallada de la ruta que él había recorrido (una vez o dos; que no es que el hombre se pase la vida haciendo esta travesía. Recordad, esto es Terranova, tierra indómita, ¡nadie camina por estas montañas!), con consejos sobre los lugares problemáticos y coordenadas UTM para los puntos clave. Con eso y con mucho miedo escénico (pero mucha ilusión también) partimos una mañana de mediado agosto desde Corner Brook.

Día 1: Corner Brook – Frenchman’s Cove – montañas Blow-me-down

Para llegar al comienzo de la ruta, tenemos que tomar la carretera que bordea la orilla sur de la bahía de Corner Brook, una de esas minúsculas carreteras de Terranova que se dirige a las pequeñas comunidades dispersas por la costa. No hay transporte público así que decidimos coger un taxi. Podríamos haber hecho dedo y seguro que funcionaba pero casi vale más la seguridad que de saber que llegaremos pronto al inicio que el dinero gastado. Terranova tampoco es un sitio muy caro y las carreteras estas tienen muy poco tráfico.

El inicio nos resulta extraño. Estamos acostumbrados a caminar por senderos establecidos, rutas con un nombre, siguiendo un cierto concepto. Esta vez, si bien el concepto está ahí (en nuestra cabeza, al menos), no hay ruta establecida que seguir, registro que firmar ni banda de música de despedida. Nos bajamos del destartalado taxi y tenemos que empezar a caminar.

Por suerte, y para facilitar la transición y allanar el comienzo, no hay que empezar por sacar la brújula y pelearse con el tuckamore ya que los primeros kms. discurren por un sendero, utilizado para excursiones locales. A nosotros nos servirá para acceder al cañón de Blow-me-down brook y, de ahí, a lo más profundo de las montañas.

Esta zona de las montañas Blow-me-down y, en particular, el citado cañón, constituyen el otro (además de las Tablelands de Gros Morne) gran afloramiento de peridotita, la roca tóxica de las profundidades. Las implicaciones de esto, aparte de lo espectacular del paisaje, son que al no poder crecer la vegetación constituye el sitio perfecto para acceder a las montañas: no hay bosque en valle, no hay tuck en las laderas, sólo roca pelada; basta con buscar la pared menos empinada del cañón y subir por ahí.

A los pocos kms., el sendero se termina y no podemos evitar sentirnos un poco desamparados pero hay que continuar. Un excursionista que nos había adelantado hace un rato nos advierte, en su camino de vuelta, que tengamos cuidado más adelante, que el terreno es inestable... pues lo que nos faltaba, para intranquilizarnos aún más...

Resultó un exagerado. Había que encaramarse por la ladera de entrada al cañón pero buscando las zonas menos empinadas no tenía ningún peligro. Bordeamos la cresta y, poco más adelante, entramos ya en el cañón, todo él de esa roca herrumbrosa y casi desprovisto de vegetación aunque, de alguna forma, un poco de hierba y algunos árboles bonsái se las han arreglado para crecer aquí y allá.

A la vuelta de la esquina, la puerta a las montañas Blow-me-down

El cañón es de paredes empinadas pero no verticales. Desde la entrada, intuimos también la ladera del fondo por la que tendemos que subir, de acuerdo a la descripción de la ruta que llevamos.

Descendemos al fondo del cañón y avanzamos por él. Ya no hay sendero ni nada que se le parezca pero es muy fácil caminar por aquí, vamos por el lecho del cauce de Blow-me-down brook, que se ramifica en el fondo plano. Ahora, en verano, sólo algunas ramas llevan agua.

Blow-me-down Brook y su cañón

Poco antes del final del cañón, llegamos a la altura de la pared por la que tendremos que subir, a la izquierda. Toda ella es de peridotita y no hay vegetación, en contraste con la pared de enfrente, de una roca color gris oscuro y que sí tiene vegetación, además de ser mucho más vertical. La subida es empinada pero fácil y la vista sobre el cañón es más y más espectacular según subimos.

Blow-me-down Brook Canyon

Tras un buen rato, la pendiente se empieza a tumbar y ya nos podemos considerar arriba. Esto empieza a ser mágico. Según terminamos el último trozo de cuesta, se empiezan a revelar las extensas mesetas de las montañas Blow-me-down, una llanura colgada en las alturas (modestas, pero alturas), sorprendentemente plana y aparentemente infinita... lógico, no hay nada más alto. Vemos, al fondo, a nuestras espaldas, el golfo de San Lorenzo.

Pisamos peridotita aún, con el curioso y fuerte contraste de la meseta del otro lado del cañón, que presenta el más típico panorama de vegetación verde y lagos azules. Transición que vivimos bajo nuestros pies según terminamos de subir: cruzamos una pequeña vaguada tras la cual el suelo se convierte en un inmenso manto verde salpicado de infinitos charcos azul oscuro. El propio suelo (donde no es charco) está muy húmedo o incluso anegado y nos hundimos un poco en cada paso. Terreno para unas buenas botas.
Este es un terreno sin apenas referencias visuales así que hay que estar atento a la brújula y al mapa.

La sensación es casi irreal. Nunca habíamos visto nada como esto. La travesía por esta zona es una de esas imágenes que tenemos grabadas muy profundo. Más que imágenes se trata de sensaciones. Es como estar paseando por la superficie de un planeta muy pequeñito y sentir su curvatura, percibir cómo se inclina hacia el horizonte, suavemente, en todas direcciones. Los colores intensos, el verde de la hierba, el azul del agua, repartiéndose el terreno casi al 50%. Es difícil de explicar pero es uno de esos momentos en los que uno no se siente capaz de decir nada, abrumado por algo tan hermoso y tan especial que resulta inabarcable. Nos sentimos muy felices de poder estar caminando por aquí.

Sublime panorama desde lo alto de Blow-me-down

Al rato, comenzamos un ligero descenso y cambia un poco el panorama: vemos, enfrente, aún a lo lejos, la profunda muesca del cañón de Simms brook, el suelo comienza a ser más pedregoso y menos húmedo, la peridotita vuelve a aparecer. Nuestra intención era bajar a Simms brook y acampar allí pero se nos ha hecho muy tarde y aún queda mucho camino para eso; no hay problema, acampar en lo alto de la meseta será mucho más bonito. Muy expuesto pero hoy, aún, el tiempo es bueno y tranquilo. Podremos estar a menos de 800 m. pero, por lo que a nosotros respecta, estamos en la cima del mundo. No podríamos haber imaginado un campamento mejor.

Atardecer en las montañas Blow-me-down

 

Día 2. Mesetas Blow-me-down - Simms Brook Canyon - Valle Serpentine

Cuando salimos de la tienda, comprobamos que todo sigue siendo tan bonito como nos pareció ayer. La única novedad es que se está empezando a nublar. Los colores ya no son tan intensos pero, sobre todo, es un mal augurio.

Partimos y, según avanzamos, la peridotita va ganando terreno y cada vez hay menos vegetación. No sabemos si el manto verde se debía a la presencia de alguna otra roca o a simple adaptación masiva pero aquí vuelve a estar todo pelado.

El pequeño arroyo junto al que habíamos pasado la noche (y que nos sirvió de agua corriente) ha ido excavando y ha formado un pequeño cañón, antes de precipitarse por las paredes casi verticales que le llevarán a Simms brook. Nosotros intentaremos bajar por un sitio más fácil. Antes, hay que cruzar este obstáculo que, pensamos ahora, quizá hubiera sido más fácil evitar a base de cruzarlo cuando la vaguada era de 2 m. de profundidad pero la ruta de Mr. Pelley, que tenemos marcada sobre el mapa, nos lleva por aquí, queremos pensar que por algo será...

Ominous Gulch

Una última subidita a la siguiente sección de meseta antes de afrontar el descenso a Simms brook. El cañón de Simms brook es similar al que utilizamos ayer para entrar en el macizo, una profunda muesca de paredes muy verticales y fondo plano, esa forma de U que denota su origen glaciar. Llegados al borde, nos volvemos a encontrar con la curiosa visión de la diversidad geológica: mientras nuestro lado del monte es de peridotita, herrumbroso y pelado, las paredes del otro lado del cañón son de roca oscura y la meseta correspondiente está poblada por cubierta vegetal. Es como si el gigante que fabricó esto hubiera pintado cada ladera de un color.

Simms Brook Canyon

Simms brook viene del corazón del macizo, a nuestra derecha (norte) y se dirige al sur, hacia el valle Serpentine, que aún no vemos porque, hacia nuestra izquierda, el cañón se estrecha y se torna en garganta, justo antes de su final. El valle Serpentine separa las montañas Blow-me-down del macizo de las Lewis Hills. Nuestro objetivo final es cruzar el valle y alcanzar las dichas Lewis Hills (que, a pesar del nombre, son las montañas más altas de Terranova) para allí repetir la jugada: entrar por un cañón, ascender a las mesetas, atravesarlas hacia el sur y bajar por el otro lado. Fin de aventura. Pero aún falta mucho para eso.

De momento, tenemos que bajar al fondo del cañón. Pelley nos da alguna pista de por dónde bajar pero, al final, se trata de asomarse y ver por dónde puede ser más sencillo. Todo es bastante empinado. Padecemos de un poco de prisa (este tramo lo teníamos que haber hecho ayer) y eso nos lleva a cometer un error: no dedicarle el suficiente tiempo a estudiar bien la ruta de bajada. Consecuencia (típica, en estas situaciones): acabamos bajando por un sitio no óptimo y con cierto riesgo. La roca está muy descompuesta y, en el momento en que se pone vertical, tenemos que pasar por un punto muy delicado pero ya da mucha pereza (que no, vamos...) retroceder para buscar un camino mejor.

Descendiendo hacia Simms Brook Canyon

Afortunadamente, tras un par de pasos tensos donde esperas que el terreno no ceda (cosa que acabaría con desastre), la pendiente se suaviza. Terminamos el descenso en una colada de grava que hace de amortiguador perfecto y donde podemos dar pasos de 7 leguas, como el gato con botas.

La imagen del cañón de Simms brook es espectacular; especialmente, aguas arriba. Llegados abajo, torcemos a izquierda y avanzamos por el fondo del cañón, hacia el estrechamiento. El progreso es relativamente sencillo. Lo difícil está por llegar pero, por desgracia (o por suerte, quién sabe...) aún no somos conscientes.

Parte alta de Simms Brook Canyon

Avanzamos por la estrecha garganta hasta que esta emerge en el amplio valle Serpentine. Uno esperaría ver el río (Serpentine) ahí abajo pero todo lo que vemos es el bosque, que comienza unos metros más adelante y tapa todo lo demás. Bueno, menos la silueta de las Lewis Hills, visibles al fondo, muy lejos aún.

Cauce de Simms Brook, emergiendo en el valle Serpentine

La descripción de Pelley sólo esboza, a grandes rasgos, la ruta hacia el río. Básicamente, hay que abandonar el cauce de Simms brook, meterse en el bosque y progresar en una línea más o menos recta.

Ninguna mención especial más. Sólo cuando entramos en el bosque empezamos a darnos cuenta del lío en el que nos estamos metiendo. Ese bosque abigarrado, denso, caótico y casi apocalíptico que hasta ahora habíamos evitado... la progresión empieza a ser penosa, por lo lento y por lo difícil. El bosque en Terranova es, generalmente, de árboles no muy altos, con ramas a todo lo largo del tronco, hasta abajo, y meterse ahí es como estar permanentemente atrapado en una telaraña. No hay fotos de las próximas ene horas, estábamos demasiado ocupados avanzando a medio metro por minuto.

Vamos avanzando (es un decir) esperando que, en cualquier momento, la cosa mejore, que se tratara sólo de un trozo malo (y que por eso no mereció mención en la descripción de Pelley), a la vez que preguntándonos si no será que hemos ido por un sitio equivocado... pero tampoco parece que a uno u otro lado la cosa sea diferente. Seguimos con cuidado el rumbo de la brújula. Dentro del bosque, no tenemos referencia visual alguna y hay que confiar en los instrumentos.

De momento, el terreno es llano. Pronto sabremos la bendición que esto supone, a pesar de todas las demás dificultades. Nuestra próxima referencia es una pareja de colinas, entre las cuales deberíamos pasar (si hemos acertado con la dirección) para afrontar el descenso final hacia el Serpentine. Llegamos a un claro (¡por fin!) y la alegría es doble: durante unos metros, al menos, podremos caminar sin engancharnos en nada y, además, dos pequeñas colinas aparecen delante, al otro lado del claro: bingo, vamos bien.

A través del claro, incluso, seguimos lo que parece una leve traza, lo que nos hace pensar que quizá había alguna especie de senderito para llegar hasta aquí (quizá usado por los animales) y nos lamentamos por no haberlo encontrado antes pero nos alegramos pensando en que ahora ya bastará con seguirlo y todo será más fácil...

Al fondo del claro y al pie de las colinas, tenemos que volver a entrar en el bosque y la traza desaparece. Mal asunto. Avanzamos un poco más pero esto está tan enmarañado que parece imposible moverse a través de tanta rama, por mucha moral que le echemos, y decidimos ser más cautos esta vez y volver atrás a buscar el sendero perdido. Volvemos al claro y peinamos la zona en busca de algo que parezca un camino pero, definitivamente, no hay nada. Muy mal asunto. Estudiando el mapa, parece claro que estamos entre las dos colinas, sus perfiles coinciden perfectamente. No hay error posible y las instrucciones son claras: pasar entre las dos y descender al valle. Lo que no mencionan las instrucciones es que haga falta un machete.

Se nos hace tarde y hay que hacer algo. Después de lo que ya hemos pasado, uno diría que adelante y todo se andará pero, de verdad, lo que tenemos delante es tan denso y está tan cerrado que parece imposible pasar por ahí. Rosa rompe el bloqueo y dice que adelante. Tengo que aceptar que es la única opción.

El avance, por llamarlo de alguna forma, es más penoso que nunca, especialmente cuando llegamos a una zona de empinado descenso. Las ramas se entrecruzan en todas direcciones. Cada paso es seguido, inevitablemente, por un rato de contorsiones y forcejeos hasta que el cuerpo consigue ponerse a la altura de su pie. Y vuelta a empezar. Es desesperante pero, efectivamente, no nos queda otra. Intentamos aprovechar el mínimo hueco creado por el cauce del agua que baja por aquí cuando llueve (ahora no hay) pero sólo ayuda de las rodillas para abajo.

La cosa mejora un poco cuando terminamos el descenso. El bosque sigue siendo un caos pero al menos podemos pisar en plano, no estamos en una pared resbaladiza. El mapa señala un claro en el bosque, un poco más adelante y, además de servirnos de confirmación de que llevamos la línea correcta (seguimos sin referencias visuales), esperamos que nos dé un poco de alivio. Al rato, llegamos al claro. Sé que no es momento, pero no puedo evitar estar pelín orgulloso del éxito de la tarea de orientación.

El claro tiene los metros contados; está totalmente rodeado de bosque, nos sentimos casi como enjaulados por él. Al otro lado, unos 200 m., hay que volver a meterse en el infierno de ramas pero, por el momento, afrontamos unos minutos de tregua. Se trata de una espléndida praderita de hierba larga (se nota que hace tiempo que no la siegan...) y, nada más posar el pie, comprendemos el porqué de su existencia: es un fangal.

No se ve el agua, está debajo de las hierbas, pero posar el pie implica hundir la bota. Afortunadamente, no más allá del tobillo. Da un poco de grima caminar así pero pronto vemos la ventaja sobre la situación anterior así que no nos vamos a quejar y nos dedicamos a “disfrutar” del paseo, intentando pisar donde parece que el racimo herboso está más gordo, a ver si aguanta el peso.

Ciénagas en el valle Serpentine. Al fondo, las Lewis Hills, máximas alturas de la cordillera Long Range y de Terranova

Entiendo que no es casualidad lo del agua en el claro; suponemos que, precisamente, ahí no hay árboles porque se ha acumulado el agua, una leve depresión sin drenaje, y hay demasiada humedad para ellos. Pues bienvenido sea.

Llegamos al final del claro y suspiramos hondo antes de volver a entrar en la tela de araña tridimensional. Al menos, ahora el terreno es llano y, será por eso o porque nos hemos acostumbrado ya, este tramo nos resulta mucho más llevadero. Aún hay que saltar por encima de troncos y zacadze ramaz deg la bodca de cuando en cuando pero casi se puede decir que andamos.

Esperamos llegar al río Serpentine en cualquier momento pero seguimos a ciegas, los árboles no nos dejan ver ni el bosque ni nada de nada. De repente, ahí está; y qué mala pinta tiene...

Yo no sé si por las fotos que había visto o por mi propia imagen mental que me había creado del lugar pero imaginaba el valle del Serpentine como un lugar amplio, abierto... en el mapa se le ve ancho, desde luego... pero todo esto era desde casa, cuando aún no sabía cómo es esa parte que en el mapa aparece pintada de verde. El bosque crea una atmósfera cerrada, enclaustrada, casi claustrofóbica. Esperábamos llegar al río y encontrarnos un cauce amplio (sabemos que el Serpentine es un río grande) pero con su franja de orilla abierta, herbosa, pedregosa o lo que sea, pero nos hemos encontrado con que el maldito bosque sigue cumpliendo su misión de carcelero: llega hasta el mismo borde del agua, en ambas orillas, sin tregua. Nos hemos dado cuenta de que estamos llegando al río cuando quedaban dos metros.

El río Serpentine. Bucólica imagen pero... había que cruzarlo

Además, Pelley advierte que, en circunstancias normales, es seguro vadear el río cuando no está crecido y, en ese caso, barras pedregosas deberían ser visibles en la parte interior de los meandros... pues no vemos nada de eso. Muy al contrario, el Serpentine se presenta como una masa compacta de agua, moviéndose (aparentemente) despacio y en bloque, sin fisuras y sin orillas, con el agua llegando hasta el mismo borde de los árboles. Desde el último tronco, un pequeño talud de medio metro y debajo ya está el agua. Es ancho y parece profundo.

El caso es que, si los pronósticos se cumplen y mañana viene mal tiempo, deberíamos cruzarlo hoy... esa era la idea. Se nos hace tarde pero tampoco es cuestión de acampar a este lado (no hay dónde... no tenemos hamaca...). Al otro lado no tiene mejor pinta pero, por lo menos, habremos cruzado el río y un problema menos (en caso de que llegara a llover). Pero da miedo meterse ahí.

Una vez más, la premura de tiempo ayuda a tomar la decisión. Pruebo sin mochila y, a pesar de que hace fresco y el agua está fría (y de lo poco que me gustan los remojones repentinos en agua fría), de nuevo la urgencia ayuda a meterse sin rechistar. Bueno, rechistando, pero sin parar.

El río gana profundidad enseguida pero la corriente no parece muy fuerte. De hecho, no lo es. Menos mal, porque me va cubriendo: piernas, cintura, barriga... pecho... al siguiente paso, empiezo a emerger. El veredicto es que, técnicamente, es posible vadear por aquí, aunque, con las mochilas puestas, habrá que tener cuidado. A la vuelta, pruebo por otro sitio y el agua apenas me alcanza el pecho, con lo que está claro ya, será por ahí. No sé qué haremos o a dónde iremos cuando lleguemos al otro lado pero, al menos, tendremos un problema menos.

Pelley mencionaba que, si el río estaba crecido, una opción era remontarlo durante varios kms., hasta el lugar donde el río surge del lago Serpentine, donde a veces es posible encontrar barcas de pescadores. Hay una pista de tierra que llega hasta el lago y parece ser que es un sitio popular para pescar. Aparentemente, uno puede vocear a algún pescador para que acuda con su barca en ayuda. Hidro-stop. No me cabe duda, con lo amable que es la gente aquí, que se enrollarían. Lo que no nos seduce, desde luego, es tragarnos más bosque (mucho más) pero menciono esto no porque lo consideráramos una opción (estábamos ya preparando el vadeo) sino porque parece ser que también a veces los pescadores recorren el río... ¡de ahí debía venir el ruido que acabábamos de empezar a oír!

Nos sonaba tan marciano como una orquesta de violines. El ruido de un motor, aquí, en medio de la nada, en lo que a civilización respecta... obviamente, el río funciona de autovía en medio del bosque impenetrable este.

Mientras me vuelvo a vestir, aparece la barca y les echamos el lazo. “Esto... no es que nos haga falta... si ya lo hacemos nosotros solos, pero... ¿os costaría mucho llevarnos al otro lado?...”

La barca iba llena, 6 personas, y aunque parecía que habían dicho que sí, parecía también que se estaban pirando río abajo... pero no, se acercaron a un punto accesible de la orilla, se bajaron 4, que se quedaron allí a esperar, y los otros dos volvieron a por nosotros. No esperábamos menos de la hospitalidad ternuense.

Son Ray Humber y su padre, el sr. Humber. Nos montan y nos llevan al otro lado sequitos. Aprovechamos para comentar nuestros planes y pedir consejo, dado que es ya bastante tarde y ni estamos muy bien de moral ni vemos claro qué hacer a continuación: se supone que deberíamos acampar pero no vemos dónde... nos comentan que, cerca de allí, río arriba, hay una zona despejada (más o menos; al menos, no hay árboles) junto a una casita de madera que es de un familiar suyo y nos indican que acampemos allí. Pues gracias. Ya nos sentimos más tranquilos y vemos las cosas de otro color. No así el tiempo que, mirando hacia el oeste, se ve negro, negro... y también les preguntamos por eso. Nos confirman que viene mal tiempo. Preguntamos qué nos podemos encontrar en las Lewis Hills con mal tiempo; ¿tendremos visibilidad?: “mapa y brújula”, es la respuesta, acompañada de un gesto de circunstancias. Nos informan de que, mañana, ellos se vuelven a la civilización y que, si queremos, nos pueden sacar de allí. Están pasando el fin de semana (era fin de semana...) con unos amigos (los que se han bajado de la barca) en una casita de madera que tienen (aún más) río arriba y tienen un vehículo esperando al final de la pista, junto al lago. Y, de repente, me acuerdo: ¡yo te conozco! Mejor dicho, conozco tu web... y así era: Ray Humber se dedica, entre otras cosas, a ejercer de guía local y su web, Newfound Adventures, fue mi mejor fuente de información junto con la de C. Pelley. Qué pequeño es Terranova. Mejor dicho, qué poca gente hay en Terranova.

Les agradecemos todo, tanto la ayuda como la oferta, que aún no hemos decidido si aceptar. Nos indican que, si queremos escapar, nos acerquemos mañana a su casa antes de media tarde. De momento, nos concentramos en lo inmediato: montar campamento y descansar, que buena falta nos hace. Mañana será otro día y, según lo veamos, proseguiremos camino o pediremos sopitas.

Nos despedimos, mientras ellos vuelven para recoger a los pasajeros. Con susto, nos volvemos a enfrentar al bosque este, pero ya con algo más de moral; al menos, tenemos un objetivo inmediato. Vamos siguiendo una especie de sendita que, por momentos, pierde el derecho a ser llamada así pero que no llega al nivel de infierno que nos temíamos. Vamos muy cerca de la orilla del río y, a ratos, en lugar de con árboles, luchamos con plantas herbosas que nos cubren más allá de la cabeza pero que, al menos, tienen tallos blandos. Por fin, llegamos a una especie de claro junto a una laguna. Hemos perdido de vista el río, que no debe estar lejos. Un poco más adelante está la casa que nos habían anunciado y, delante de ésta, hay un trozo donde las hierbas no pasan del medio metro, así que, aplastándolas un poco, digamos que nos queda un trozo plano.

Oímos un chapoteo en la laguna y miramos para allá: hay una nariz, seguida de un trozo de cabeza, que avanza en el agua... ¡castores!!! ¡nunca habíamos visto castores! Aquí deben ser bichos de lo más habitual pero para nosotros son algo totalmente exótico y nuevo. Esto sí que es un subidón de moral: tenemos un sitio bonito donde pasar la noche y podemos hacer la cena mientras vemos nadar a los castores. Así sí que mola.

Campamento en el valle Serpentine, junto a la laguna de los castores

Esa noche tuvimos un animal grandote (¿oso, alce...?) rondando por allí y haciendo sus cosas al otro lado de la laguna. Daba mucho respeto, por no decir miedo, pensar que pudiera ser un oso, ya que dormíamos con toda nuestra comida en la tienda y sabemos, de hecho, que en el valle Serpentine los osos son abundantes pero, por otro lado, confiamos en el otro hecho conocido, que los osos en Terranova no están acostumbrados al ser humano y tienen fuentes naturales de comida abundantes. Pero estuve un rato sin dormir. Probablemente, era un alce. A toro pasado (o alce pasado...), es hermoso pensar que uno está pasando la noche entre animales tan bonitos y tan espléndidos, siendo un invitado en su casa.

Día 3. la huída

Amanecemos con la incertidumbre por sombrero. Casi desearíamos que hiciera malo para no tener duda sobre qué hacer. Nos amedrenta mucho la posibilidad de subir a las Lewis Hills y encontrarnos allí con un buen marrón (más bien, gris). Si al menos tuviéramos la posibilidad de esperar a que el tiempo mejore y continuar después... pero es que, encima, con el límite de 6 días que nos hemos impuesto y el retraso que ya llevamos, no podríamos, seguramente, asumir más de una jornada de parón. ¿Y si el mal tiempo dura más?

El caso es que, por el momento, el tiempo sigue siendo bueno. Siguen viéndose nubes hacia el oeste pero encima nuestro y de las Lewis Hills hace un día espléndido. Tenemos que decidir entre ser valientes o cobardes.

Desayunamos y recogemos despacito, para darnos tiempo, como cuando apurabas el bocadillo para retrasar el momento de ponerte a hacer los deberes (tiempo ha, de esto...). Otro factor que nos pesa es tener que atravesar el infierno vegetal hasta la boca del cañón que nos permitiría entrar en el macizo. No hemos olvidado lo de ayer.

Finalmente, decidimos ser cobardes y aprovechar la oportunidad de escapar que nos ofrecieron ayer. Nos pesa no completar esa travesía que tanta ilusión nos hacía pero, por otro lado, nos sentimos satisfechos de lo que hemos hecho. Nos hemos demostrado a nosotros mismos que podíamos hacerlo (pequeña concesión al ego, punto de confianza para guardar de cara al futuro) y hemos recorrido parajes memorables, más allá, incluso, de lo que habíamos imaginado. Las sensaciones han sido muy intensas. Estropeamos un poco el concepto del viaje a pie porque, muy probablemente, acabaremos el día de vuelta en Corner Brook, perdiendo esa sensación del viaje sin retorno pero, de verdad, tenemos miedo de vernos ahí arriba con una combinación de mal tiempo y prisa por acabar (por el tema ya comentado de que hemos dejado instrucciones de dar alarma si tardamos más de 6 días... no había más remedio que hacerlo así).

Y ¿cuál es el plan? Pues no lo tenemos muy claro. Ahora lamentamos no haber aclarado mejor los planes de los Humber ayer por la tarde pero estábamos un poco impacientes por encontrar un sitio para pasar la noche y supongo que no era momento. Si no entendimos mal, ellos pensaban navegar río abajo, desde su cabaña y pasado el lugar de nuestro campamento, para pasar el día pescando y volver por la tarde. Con esto, recogemos y nos acercamos a la orilla del Serpentine y... nos quedamos allí, esperando. Si no han madrugado, les veremos pasar río abajo; si han pasado ya, les placaremos en su camino de retorno.

Es curioso estar aquí, quietos, simplemente esperando. No estamos acostumbrados a esto y, de hecho, probablemente, es la primera vez en toda nuestra historia senderista que nos pasamos un día sin caminar. El lugar es muy bonito. En esta zona, el bosque no es tan insidioso y parte de las orillas y algo de sus alrededores están cubiertos de vegetación algo más modesta, no arbórea. Sigue siendo una pequeña selva pero al menos los panoramas en lontananza no son tan cerrados. Nos aposentamos en una minúscula playita de 2 x 2 y dejamos pasar el día a la sombra mientras charlamos, nos damos algún que otro baño en el río, espantamos mosquitos tamaño XL y nos preguntamos si algún día pasará alguien por aquí... Sigue haciendo bueno.

El río Serpentine, desde nuestro aposento

Algo así como a mediodía aparecen, como inventados de la nada, un par de pescadores, pero no son los nuestros y ni siquiera tienen barca. Van caminando cerca de la orilla del río, metidos en el agua con megabotas de estas que usan los pescadores. Ni idea de dónde han salido o dónde han aparcado la barca pero está claro que no nos pueden llevar. Curioso encuentro... ¡hola!

Esto nos da una idea: podemos salir de aquí a base de ir caminando junto al río... ¡dentro del río! Ni en el más húmedo de nuestros sueños se nos ocurriría intentar llegar a la cabaña de los Humber a través del bosque pero si podemos hacer como los pescadores (eso sí, sin las megabotas) y caminar por el agua, lo más cerca posible de la orilla, quizá sea fácil...

Pues eso hacemos. No sabemos a qué distancia está la cabaña pero esperamos que sea visible y no nos la pasemos. Si llegamos al lago es que nos hemos pasado. Y como lo que sí sabemos es que la cabaña está en la orilla opuesta, comenzamos por cruzar. Hoy ya no parece tan difícil como ayer. Está claro que las circunstancias son diferentes, ahora estamos tranquilos y vamos a cruzar un río en el que nos hemos pasado unas horitas chapoteando y, de hecho, cruzando (a nado) y nos lo tomamos casi como un juego: a ver por dónde me mojo menos. Protegemos bien todo lo de dentro porque las mochilas se van a mojar. Acabamos pasando por un sitio por donde nos cubre sólo poco más allá del ombligo y sólo se moja el fondo de los macutos.

Como no tenemos botas de pescador, caminamos con las sandalias. Vamos por el agua y, normalmente, conseguimos que no nos cubra más allá de las rodillas. A ratos, cuando la vegetación lo permite, tomamos algún trozo de tierra firme que, en varios casos, acaba por no ser tan firme y se convierte en una especie de barro traga-pies. Es divertido, como niños en los charcos. No pasa nada, momentos después volveremos al agua y pies limpios otra vez.

Y ¿por qué todo este rollo para contar el día de la huída? Pues porque ¡el paseo resulta muy bonito! El río es precioso y, a ratos, tenemos vistas espectaculares tanto de las Lewis Hills como de la cara sur de las montañas Blow-me-down. Especialmente las Lewis Hills aparecen imponentes. Nos da pena no haber subido pero ya no vamos a volvernos atrás. El caso es que, por lo que a nosotros respecta, hoy estamos caminando también y esto cuenta. Que conste en acta.

Llegamos por fin a la cabaña que, efectivamente, es claramente visible desde la orilla, está cerca. Menos mal porque el bosque sigue siendo tupido. Nos acercamos y está allí todo el mundo menos los Humber, que aún no han vuelto de pescar. Como esta gente no está en su casa (están invitados), no queremos incordiar y esperamos por los alrededores. Al rato, llegan Ray Humber y su padre. "...que hemos hecho el cobarde y necesitamos que nos saquéis de aquí...". No hay problema.

Serpentine cottage, un hogar en medio de la nada

El lugar es muy bonito y lo recuerdo de las fotos de la web de Newfound Adventures, curiosa sensación de deja vu. Comentamos a Ray el infierno que nos resultó el bosque ayer. Me consta que esta ruta en la que estábamos metidos es una de las que ofrece en su web y, claro, me pregunto yo con qué cara mira a los clientes después de meterles por ahí... nos dice que hay un sendero que parte de detrás de la casa y llega al cañón de Simms Brook pero que, aparentemente, Clarence Pelley no conoce. Mecaguentó...

La evacuación tiene que ser en dos fases, no hay sitio para ocho en la barca. Se llevan primero a sus amigotes y prometen volver a buscarnos.

La barca de los Humber

El caso es que no es que dudemos pero dijeron diez minutos y pasa el tiempo pero no aparecen... qué raro. Y el río, de repente, se ha puesto barroso. Ahora es marrón en lugar de oscuro.

Casi una hora después, aparecen los Humber. Había una relación entre la tardanza y el color del agua; al parecer, están haciendo movimientos de tierras en la zona del lago (no conseguimos entender para qué) y se les ha ido la mano. En fin...

El resto ya es historia. Navegamos hasta el lago Serpentine, fantástico, en su valle, rodeado del onmipresente bosque pero con un ambiente más abierto, aunque sólo sea por la propia presencia del lago. En una de las orillas hay un minúsculo embarcadero y, al lado, una pequeña explanada despejada de vegetación donde los Humber tienen su vehículo. Al rato, estamos dando tumbos por la pista.

Hubiera sido curioso salir por aquí por nuestros propios medios... la pista se hace interminable, incluso en coche. Son más de 40 kms. La primera parte está en muy mal estado. A partir de un cruce, está mucho mejor; al parecer, en esta zona es usada aún para explotación forestal, de ahí que esté más cuidada. De hecho, nos cruzamos con un camión. Finalmente, llegamos a la carretera.

Los Humber son de French Cove, el pueblito junto al que comenzamos nuestra ruta hace un par de días. En su camino, pasan por Corner Brook y se desvían para dejarnos en el centro. Allí nos despedimos y les damos las gracias. Ellos siguen tan joviales y sonrientes como siempre y nosotros, encantados con toda la dosis de amabilidad y buen rollo que nos llevamos cada vez que nos cruzamos con alguien. Terranova mola.

Esta vez pasamos de lujos, no estamos tan seguros de si nos los hemos ganado o no (que yo creo que sí pero bueno...) y acabamos el día en el campus de la universidad, aún en misión de albergue. Mañana tomaremos el bus a Stephenville.